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	<title>Espacio Devenir &#187; Psicoanalisis</title>
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	<description>Acompañamiento Terapéutico y Asistencia Clínica</description>
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		<title>Soledad: común</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Mar 2014 13:45:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Jorge Alemán ¿En dónde convergemos los analistas para encontrar un sentido de comunidad? Esta pregunta atraviesa el escrito de Jorge Alemán, que no teme arriesgar su indagación donde muchos trabajos psicoanalíticos lo rehúyen: política e ideología. A través de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Jorge Alemán<img class="alignright size-thumbnail wp-image-1191" title="jorge aleman" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2014/03/jorge-aleman-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></h4>
<h6>¿En dónde convergemos los analistas para encontrar un sentido de comunidad? Esta pregunta atraviesa el escrito de Jorge Alemán, que no teme arriesgar su indagación donde muchos trabajos psicoanalíticos lo rehúyen: política e ideología.</h6>
<h6>A través de algunos signos entrevistos en la obra de Marx y Heidegger, Jorge Alemán va a tensionar el discurso psicoanalítico a partir de establecer lo común en nuestra práctica: Lalengua y la imposibilidad de inscribir la relación sexual. Él nos indica que los analistas soportamos esta soledad de fundamentos ausentes, mientras que nuestra comunidad -marcada por la causa perdida- debe resistir a los mandatos universalizantes del mercado y del capitalismo salvaje.</h6>
<p><span class="m" id="more-1190"></span><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
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<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div></p>
<p style="text-align: left;" align="center">Soledad: Común</p>
<p style="text-align: left;" align="right">del libro <em>Lacan, la política en cuestión</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<h6 style="text-align: right;">           “Lo que habla solo tiene que ver con la soledad”</h6>
<h4 style="text-align: right;"><em>Aún</em>, Jaques Lacan</h4>
<p>&nbsp;</p>
<h6 style="text-align: right;">        “Algo mucho más concreto que tenemos a nuestro alcance es lo que se llama subdesarrollo. Pero el subdesarrollo no es arcaico, se produce como todos saben, por la extensión del poderío capitalista. Diré incluso más, percibimos y percibiremos cada vez más que el subdesarrollo es precisamente la condición del progreso capitalista. Desde cierto ángulo, la Revolución de Octubre misma es una prueba de ello.”</h6>
<p style="text-align: right;"><em>De un discurso que no fuera del semblante</em>, Jaques Lacan</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lacan no puede ser más contundente. En el seminario <em>Aún</em>, una vez establecida la imposibilidad lógica de la relación sexual, afirma que lo único que sí “se escribe” en aquél que habla es la Soledad. Tal vez por eso en su día manifestó que no le faltaban motivos para la risa y sí con quienes compartirla. Cierto es, que la propuesta de hablar de la soledad del analista llega en una encrucijada especial. Hace poco, he publicado en Argentina un librito titulado “Para una izquierda lacaniana&#8230;”, aunque de entrada hago la salvedad, y así lo indican los puntos suspensivos del título, de que se trata de una conjetura que no intenta fundar ningún punto de identificación en su consistencia, que no hay escuela, ni institución, ni sujeto, ni siquiera Jorge Alemán que en principio pueda pertenecer a algo que se llama la “izquierda lacaniana”. Sin embargo, las palabras izquierda y lacaniana no están hechas para ir juntas, pues proceden de campos que guardan entre sí una distancia insalvable, seguramente por esto la expresión inevitablemente promueve distinto tipo de malentendidos los cuales tal vez ahora alcancen una mayor intensidad, cuando intente vincular la palabra Soledad con la palabra Izquierda. Para aún subrayar más el carácter conjetural de la expresión izquierda lacaniana, tal vez convenga tener en cuenta que su antecedente, como lo supo indicar mi amigo Freda en Buenos Aires, y luego Javier Garmendia en Madrid, es mi libro de poemas “No Saber”. La soledad de la izquierda lacaniana, esa sería la expresión más apropiada a las suspicacias que la misma puede suscitar. Una que ya me han presentado es la siguiente: que llamo a la construcción de la izquierda lacaniana o que soy “progresista”, palabra que nunca despertó mi simpatía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">Desestabilización de los fundamentos de la izquierda</span></p>
<p>Pero si en ningún momento he deseado fundar algún agrupamiento o corriente, ni he pretendido ignorar todo aquello que en la enseñanza de Lacan le hace obstáculo a los espejismos y a las promesas de la izquierda, en cambio sí he tratado de proponer una nueva puntuación, una disponibilidad y apertura que juegue alternativamente en distintos sentidos. Por un lado que violente las posiciones teóricas habituales de la izquierda desestabilizando su semántica aún dominada por el progresismo, la utopía y la revolución. Por otro, he intentado abrir una interrogación desde y hacia el discurso analítico y su experiencia con lo Real sobre la experiencia de lo Común, de lo que hay en común como algo previo y anterior a todas las diferencias generadas por las tradiciones y las identidades culturales. En otros términos, he intentado radicalizar una pregunta: qué es ser de izquierda si se aceptan razones tales como que la división del sujeto es incurable, que el plus de goce no es cancelable históricamente por ninguna dialéctica de superación, que la labor de repetición de la pulsión de muerte horada los espejismos de progreso de cualquier civilización, que la política y el discurso del Amo mantienen la voluntad de que la cosa marche, que la Revolución es el retorno de lo mismo al mismo lugar y, a veces con consecuencias más mortíferas, que la singularidad del goce y el deseo no es subsumible en el “para todos lo mismo” de la cosa política. Podría seguir sumando razones, desde distintos lugares de la obra de Freud, la enseñanza de Lacan y la orientación de Miller, que de manera rotunda nos muestran cómo los llamados fundamentos de la izquierda quedan perforados en su suelo ontológico más seguro cuando se confrontan a la lógica del discurso analítico. Además, tal vez son precisamente este tipo de razones las que han provocado que muchos lacanianos se hayan apartado de los caminos trazados históricamente por la izquierda.</p>
<p>Si esto es así, ¿por qué he preferido la fórmula izquierda lacaniana que vuelve a interrogarse por lo Común, en vez de permanecer en la indagación de la soledad del analista en cualquiera de sus ángulos habituales. La primera razón personal es que sigo siendo de izquierda, y extrañamente no a pesar de la enseñanza de Lacan, sino por la enseñanza de Lacan. No afirmo que los caminos de esa enseñanza conduzcan necesariamente a una posición de izquierda. De hecho, veo a muchos colegas que con los argumentos lacanianos han sabido construir una sabiduría escéptica en materia política o un conservadurismo lúcido, o una lectura irónica y en diagonal. Escucho, respeto y aprendo mucho de ello, pero mi posición es que se puede con la enseñanza de Lacan, y éste ha sido mi propósito a partir de los trabajos iniciados junto a Sergio Larriera en <em>Lacan: Heidegger</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">La izquierda con Lacan: ¿puede ser posible?</span></p>
<p>Primero, dar cuenta de la derrota de la izquierda a escala mundial a partir de los setenta, indagarla en la fantasmática que la dominaba, incluso, después de que la derrota se hubiera consumado.</p>
<p>Segundo, ofrecer al marxismo un lugar para hacer su duelo obviamente, considero que ese lugar es la enseñanza de Lacan, teniendo en cuenta que en donde verdaderamente se hace el duelo, es fuera del hogar y que ése hogar sólo puede ser la única teoría materialista del siglo XXI que sigue proponiéndose pensar una práctica que opere sobre lo real imposible.</p>
<p>Tercero, estos propósitos se sostienen sin ningún fundamento, Lacan no puede ser un nuevo fundamento para la izquierda, es su “desfundamentación”, la demostración de que sólo la causa ausente es realmente operativa, por lo tanto se trata de una apuesta sin Otro y sin garantías. No obstante, es una apuesta que considera que el capitalismo, a pesar de su movimiento circular y sin corte, aunque no se pueda deducir el lugar de su salida, a pesar de que no se pueda nombrar el ámbito en donde dicha salida se pueda realizar, a pesar incluso de que no dispone del nombre de aquello que viene después, a pesar de que no existe ningún punto en el que se pueda designar en qué consiste una lucha anticapitalista, sin embargo el capitalismo no es una realidad eterna, necesaria, cuasi natural, donde la condición humana se realiza en su último escalón. Por el contrario, se trata una vez más de afirmar su carácter contingente y por lo tanto, el advenimiento siempre posible de otra manera de “ser con los otros” distinta a como se la conoce en el capitalismo.</p>
<p>Por último, me gustaría recordar que ser de izquierda es considerar que la explotación de la fuerza de trabajo realizada en la forma de la mercancía es un insulto a la “Diferencia Absoluta”. Una cosa es aceptar la inquietante homología entre el plus de gozar y la plusvalía, homología que en su extremo nos lleva a pensar la posibilidad de que “el sujeto es siempre feliz”, y otra es aceptar la explotación como si en sí misma fuera un rasgo más de la condición humana necesaria y eterna, y en la actualidad a un paso de ser “fundamentada” por alguna disposición cerebral. La jerarquía del mercado no es la diferencia sino su tergiversación numérica y equivalencial.</p>
<p>Por todo esto hablar de la soledad en esta ocasión sirve para recordar que si bien el discurso del Amo, ese discurso donde todos tienen que marchar al mismo paso, no alumbra mucho sobre la singularidad del sujeto, en cambio el sujeto en la radical soledad del sinthoma en la cura, sí puede inventar otra manera de leer e interpretar el “para todos” que sostiene el mundo. Y a esto mismo, lo considero un hecho político en el sentido más radical del término.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">Lo Común como diferencia absoluta</span></p>
<p>¿Qué es lo Común?, si el punto de partida no es el “para todos” que marcha hacia un punto ideal, un punto final, utópico sin fracturas ni antagonismos, un orden de la sociedad reconciliada consigo misma, como lo ha creído históricamente la izquierda. ¿Qué es lo Común?, si se lo entiende como aquello que brota de la no relación sexual, lo Común surgiendo de la soledad sinthomática en relación al inconsciente, sin dialéctica ni superación alguna. O dicho de otro modo, lo Común como el verdadero término donde la Diferencia Absoluta, o el “amor sin límites” fuera de la Ley pueden jugar su partida.</p>
<p>Desde esta pendiente, los nombres de lo Común surgen del “No Hay”; no hay relación sexual, no hay metalenguaje, no hay Otro del Otro. A su vez, estos tres “No Hay” indican que una determinada civilización, la capitalista en este caso, no se sostiene sólo por una opresión violenta y exterior sino por la complicidad constitutiva del sujeto en su respuesta fantasmática e ideológica a los distintos “No Hay”. Agregaría que la ideología es el fantasma fuera de la experiencia analítica. La vida social está dominada por la respuesta fantasmática a estos tres “No Hay” que tienen en común los seres parlantes. Propongo pensar lo Común desde la lógica del “No Hay” para inaugurar una nueva posibilidad acerca del enigmático “ser con los otros” que en su día abandonó Heidegger reemplazándolo por la confusa expresión Pueblo, expresión romántica que pretende siempre presentarse como una identidad fija y estable. En cierto modo, el propio Marx tampoco quiso pensar lo Común ya que daba por  supuesto de entrada que había comunidad. Es en la enseñanza de Lacan, a partir de la soledad sinthomática como aquello que se escribe frente a la no relación, que tenemos la oportunidad de entender lo Común en un nueva perspectiva. Lo Común, sin fundamento identitario, distinto de las propiedades homogeneizantes del capitalismo, anterior a toda división del trabajo o jerarquía burguesa, irreductible a todo cálculo utilitario de los semblantes. Pero plantear a lo Común en estos nuevos términos exige algunas precisiones:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>a. </strong>Si Freud ha visto siempre a la “psicología de las masas” como un prolegómeno del totalitarismo, en cambio en Lacan existen serias razones para aislar una perspectiva de lo Común que se pueda diferenciar del “para todos” capitalista o totalitario. Un estar juntos, un ser con los otros en un proyecto sin garantías, donde lo Común no está dado de antemano sino que es la contingencia que se puede encontrar en el arte, en el amor, en la amistad y en el orden específicamente político, done la experiencia analítica es el “estudio” de la contingencia en la propia vida. Pero para esto hay que admitir, que la única constancia material de esa matriz de lo Común con la que han tenido que ver los seres parlantes, es el encuentro real con Lalengua. No hay otra matriz de lo Común que dicho encuentro, que dicho evento. Antes de que se instalen las diferencias entre los que enseñan y los que aprenden, entre los que trabajan y los que mandan, antes de que se aprenda la gramática y se ingrese a las buenas o malas escuelas. El solitario encuentro con lo real de Lalengua, el primer traumatismo es paradójicamente el único punto que demuestra la existencia de lo Común como aquello diferente al “para todos” homogeneizante de la “psicología de las masas”. Por lo mismo, este encuentro solitario con lo Común de Lalengua no puede tampoco ser subsumido en el individualismo o en el denominado ámbito de lo privado. Más bien constituye el punto de fuga de dichos ámbitos, el punto de Deconstrucción de los mismos. Tal vez por estas razones los lingüistas y los lógicos que tuvieron la valentía de vislumbrar lo que se pone en juego en el encuentro primero con Lalengua nunca han deseado dimitir del proyecto de Emancipación, aún cuando éste se presente agujereado en sus fundamentos y sostenido sólo por su causa ausente. El parlêtre pertenece al No Todo de lo Común y no al Universal que siempre se sostiene en una excepción. Ser africano, ser árabe, ser latinoamericanos pertenecen al Universal, que siempre es ya una deriva segunda con respecto a la primera pertenencia del parlêtre a lo Común de Lalengua. Es lo que Lacan, a mi juicio, intuyó claramente, de lo que se despoja a las multitudes excluidas es de la posibilidad de hacer del encuentro traumático y solitario con Lalengua, un lazo social que implique la defensa inconsciente con respecto al goce. En su lugar, cada vez más proliferan pseudos semblantes en los que el individualismo y el utilitarismo se dan la mano en su política cada vez más confirmada como ejercicio de un miedo a la desintegración. Hasta tal punto que como Lacan ya lo profetiza en su seminario 19, no hace falta ninguna ideología explícita para ser racista y para el aumento masivo de dicho fenómeno. Ahora ya se ha vuelto suficiente con considerar al “Tú” como la señal de un plus de gozar subdesarrollado en el Otro. Tampoco hay que olvidar que en ese mismo seminario Lacan afirma que el verdadero poderío del discurso capitalista es extender ese subdesarrollo de manera ilimitada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>b. </strong>Como habrán apreciado hasta aquí, he trasladado la temática de la Soledad y de la “no Relación” al campo de lo Común, para así poder sugerir las siguientes cuestiones:</p>
<p><strong>- </strong>Que el discurso del Amo contemporáneo nutre al “para todos” con un individualismo mercantil que impregna al propio Estado y sólo deja un “subdesarrollo” amontonado en su plus de gozar para los excluidos. Por lo mismo, ese Para Todos no está libre de ser pensado en su fractura, el discurso del Amo aunque se proponga que la “cosa marche”, no puede liberarse de los antagonismos constitutivos de lo Político en la perspectiva que hemos trazado hasta aquí, considero que lo Político surge del encuentro real con Lalengua, mientras que la política es un “saber hacer” con ese encuentro.</p>
<p><strong>- </strong>Que la miseria no es sólo la privación de las necesidades materiales, como lo que pensó Marx, sino estar a solas con el plus de gozar frente al eclipse de lo Simbólico. Si antes la pobreza era un signo menos, una falta, actualmente desde la perspectiva del plus de gozar y sus objetos, la pobreza es un lugar de exceso y de condensación de goce: se llame a esto droga, armas, juego, gadget… también el pobre, en el discurso capitalista es finalmente un consumidor.</p>
<p><strong>- </strong>Pretender naturalizar la explotación con el pretexto de que no hay “justicia distributiva” es, como dijimos antes, un rechazo de la Diferencia Absoluta. Que no haya justicia distributiva, tal como lo formula Lacan, implica más bien que en lo Común siempre existirá una dimensión que es irreductible para el cálculo del valor. Es tal vez, un deber del psicoanálisis proteger ese lugar, pues común aquello que no puede ser intercambiado como Valor.</p>
<p><strong>- </strong>Las “regulaciones” del Estado no son ya “sociales” ni de “izquierda”, se enmarcan en la estrategia neoliberal donde el Estado es ya un instrumento de la mutación de la Ciencia en Técnica, entendiendo por Técnica aquello que pone a todos los parlêtres a disposición de una Voluntad circular, acéfala e ilimitada, lo que vuelve homólogo al discurso capitalista elaborado por Lacan y lo que Heidegger designa con la palabra Técnica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">La soledad del analista</span></p>
<p>Por todo esto, siempre se me podrá sugerir que el analista debe cuidarse de proferir su ideología política o social, en definitiva, no pavonearse de sus significantes Amos, y esto es así y pertenece a la lógica de la Dirección de la Cura. Sin embargo, la “Ideología” retorna en todos, muchas veces incluso a través del uso de fórmulas lacanianas que, como dije antes, van dejando como sedimento un tipo de argumentación inspirada en un nuevo estilo de conservadurismo laico o en una adopción irónica de los semblantes de la tradición. Pero si se si se trata de operar sobre lo real en la Cura, una vez más se debe plantear el problema acerca de cómo el “Fundamento ausente”, se vuelve Causa. Asumir como Causa el “Fundamento ausente” de la No relación, puede ser la condición para que una Escuela sea una base de operaciones del Malestar en la civilización, cuestión formulada por Lacan, si se quiere bastante más atrevida, que la expresión-oxímoron “izquierda lacaniana”.</p>
<p>Frente a la propuesta de pensar la Soledad del Analista es que intento afirmar que la Soledad puede ser el mejor camino para pensar lo Común. Después del discurso analítico no hay Común sin Soledad. Después del discurso analítico, la izquierda no puede seguir capturada en un fantasma de oblatividad. Después del discurso analítico, la izquierda no puede ser utópica: pues nunca existirá una sociedad reconciliada consigo misma y sin fractura. No puede ser revolucionaria: pues no hay un corte que permita que empiece todo de nuevo, y si hay un acontecimiento semejante, es el signo más logrado de la pulsión de muerte, y no puede ser progresista, su tiempo será el del “Futuro anterior”: lo que habré sido, para lo que estoy llegando a ser. Tratar al retorno del pasado, sin nostalgia y con la energía de lo venidero. ¿No es ésta la guerra aplicada del deseo?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sé que muchos estarán pensando que éste es un desvío irrelevante para nuestra experiencia, y que la encrucijada que me permito describir puede ser un mero error de perspectiva con respecto a nuestra práctica. Pero es en mi propio análisis donde supe del peso de determinadas herencias y legados y lo que tenía que intentar hacer con ellos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Las Claves del Psicoanalisis (Entrevista a J. Lacan 1957)</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Jun 2013 23:38:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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		<description><![CDATA[Acercamos, en esta ocasión, una entrevista realizada en 1957 a Lacan por Madeleine Chapsal. « volver al listado de textos &#8220;Les clefs de la psychanalyse&#8221; Entrevista a Jaques Lacan por Madeleine Chapsal &#160; Esta entrevista que le hace Madeleine Chapsal fue [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acercamos, en esta ocasión, una entrevista realizada en 1957 a Lacan por Madeleine Chapsal.</p>
<p><span class="m" id="more-1078"></span><a href="http://www.facebook.com/plugins/like.php?href=http://www.facebook.com/EspacioDevenir" target="_blank"><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
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<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div></p>
<p><strong><strong>&#8220;Les clefs de la psychanalyse&#8221;</strong></strong></p>
<p><strong><strong></strong>Entrevista</strong><strong> a Jaques Lacan</strong></p>
<p><strong> por Madeleine Chapsal</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="right">Esta entrevista que le hace Madeleine Chapsal fue publicada originalmente el 31-5-1957 en L&#8217;Express.<br />
<em>En esta entrevista, Jacques Lacan, dirigiéndose al gran público, explicita qué surco ha sido abierto por el genio de Freud, y a qué exigencias debe responder la formación de los analistas para recuperar el retraso que su disciplina tiene en relación a los avances de su fundador. Jacques Lacan no cesará de trabajar en retomar este proyecto freudiano, asegurando así las bases de la reconquista del campo freudiano y el porvenir del nuevo racionalismo que él implica</em>.</p>
<p><em><strong>Clefs pour la psychanalyse</strong></em></p>
<p><em><strong>- [Madeleine Chapsal] Un psicoanalista es muy intimidante. Se tiene el sentimiento de que él podría maniobrarlo a usted a su antojo&#8230;, que él sabe más que usted mismo sobre el motivo de sus actos.</strong></em></p>
<p>- [Jaques Lacan] Usted no exagera. ¿Cree usted que este efecto es particular al psicoanálisis?. Un economista, para muchos, es tan misterioso como un analista. En nuestro tiempo, es el personaje del experto quien intimida.</p>
<p>Para la psicología, aunque ella fuera una ciencia, cada uno creía tener su entrada en ella por el interior.<br />
Pero he aquí que con el psicoanálisis se tiene el sentimiento de perder ese privilegio, el analista sería capaz de ver alguna cosa más secreta en lo que, a usted, le parece lo más claro. Ahí está usted desnudo, al descubierto, bajo un ojo advertido, y sin saber bien lo que usted le muestra.</p>
<p><strong>El otro sujeto</strong></p>
<p><em><strong>- Hay aquí una especie de terrorismo, uno se siente violentamente arrancado de sí mismo&#8230;</strong></em></p>
<p>- El psicoanálisis, en el orden del hombre, tiene en efecto todos los caracteres de subversión y de escándalo que pudo tener, en el orden cósmico, el descubrimiento copernicano del mundo: ¡la tierra, lugar de habitación del hombre, no es más el centro del mundo!</p>
<p>¡Y bien! El psicoanálisis le anuncia que usted no es más el centro de usted mismo, ya que había allí un otro sujeto, el inconsciente.</p>
<p>Es una novedad que no ha sido de entrada bien aceptada. ¡Ese supuesto irracionalismo del cual se ha pretendido disfrazar a Freud!</p>
<p>Pero es exactamente lo contrario: no solamente Freud racionalizó lo que hasta entonces había resistido a la racionalización, sino que incluso él mostró en acción una razón razonante como tal, quiero decir en acto de razonar y de funcionar como lógica, sin que el sujeto lo sepa; esto en el campo mismo clásicamente reservado a la sin-razón, digamos el campo de la pasión.</p>
<p>Es esto lo que no se le perdonó. Se habría admitido aún que introdujera la noción de fuerzas sexuales que se apoderan bruscamente del sujeto sin prevenir y fuera de toda lógica; pero que la sexualidad sea el lugar de una palabra, que la neurosis sea una enfermedad que hable, he aquí una cosa bizarra y hasta algunos discípulos prefieren que se hable de otra cosa.</p>
<p>No hay que ver en el analista un &#8220;ingeniero de las almas&#8221;; no es un físico, no procede estableciendo relaciones de causa a efecto: su ciencia es una lectura, una lectura del sentido.</p>
<p>Sin duda es por ello que, sin saber bien lo que se oculta detrás de las puertas de su consultorio, se tiene la tendencia a tomarlo por un brujo, y aún un poco más grande que los otros.</p>
<p><em>- <strong>Y quién ha descubierto esos secretos terribles&#8230;</strong></em></p>
<p>- Conviene precisar todavía, de qué orden son esos secretos. No son los secretos de la naturaleza tales como las ciencias físicas o biológicas los han podido descubrir. Si el psicoanálisis aclara los hechos de la sexualidad, no es atacándolos en su realidad ni en la experiencia biológica.</p>
<p><strong>Articulado y descifrable</strong></p>
<p><em><strong>-Pero Freud ha descubierto, a la manera en que se descubre un continente desconocido, un nuevo dominio del psiquismo, que se llama &#8220;inconsciente&#8221;, ¿no es cierto? ¡Freud es Cristóbal Colón!</strong></em></p>
<p>- Saber que hay toda una parte de las funciones que no está al alcance de la conciencia ¡no se esperó a Freud para eso! Si usted insiste en una comparación, Freud sería más bien ¡Champollion! La experiencia freudiana no es del nivel de la organización de los instintos o de las fuerzas vitales. Esa experiencia no los descubre sino ejerciéndose, si puedo decirlo, a una segunda potencia.</p>
<p>No es de efectos instintivos a su primera potencia que trata Freud. Lo que es analizable lo es porque ya está articulado en lo que hace la singularidad de la historia del sujeto. Si el sujeto puede reconocerse allí, es en la medida en que el psicoanálisis permite la &#8220;transferencia&#8221; de esta articulación.</p>
<p>Dicho de otra manera, cuando el sujeto &#8220;reprime&#8221;, eso no quiere decir que rehúse tomar conciencia de algo que sería un instinto -pongamos por ejemplo un instinto sexual que quisiera manifestarse bajo forma homosexual- no, el sujeto no reprime su homosexualidad, reprime la palabra donde esta homosexualidad juega un papel de significante.</p>
<p>Usted ve, no es algo vago, confuso, lo que es reprimido; no es una especie de necesidad, de tendencia, que habría de ser articulada (y que no se articularía por estar reprimida), es un discurso ya articulado, ya formulado en un lenguaje.</p>
<p>Todo está allí.</p>
<p><em><strong>- Usted dice que el sujeto reprime un discurso articulado en un lenguaje. Sin embargo no es eso lo que se siente cuando uno se encuentra frente a una persona que tiene dificultades psicológicas, un tímido por ejemplo, o un obsesivo. Su conducta parece sobre todo absurda, incoherente; y si se adivina que en rigor ella puede significar algo, sería algo impreciso, bien por debajo del nivel del lenguaje. ¡Y uno mismo, en la medida en que se siente conducido por fuerzas oscuras, que se adivina &#8220;neuróticas&#8221;, ellas se manifiestan justamente por movimientos irracionales, acompañadas de confusión, de angustia!.</strong></em></p>
<p>- Síntomas, cuando usted cree reconocerlos, no le parecen irracionales más que porque usted los toma aislados, y usted quiere interpretarlos directamente.</p>
<p>Vea los jeroglíficos egipcios: mientras se buscó cuál era el sentido directo de los buitres, de los pollos, de los hombres de pie, sentados, o moviéndose, la escritura permaneció indescifrable. Es que por sólo el pequeño signo &#8220;buitre&#8221; no quiere decir nada; él no encuentra su valor significante más que tomado en el conjunto del sistema al cual pertenece.</p>
<p>¡Y bien! los fenómenos con los que nos vemos en el análisis son de ese orden, son de un orden lenguajero.<br />
El psicoanalista no es un explorador de continentes desconocidos o de grandes fondos, es un lingüista: él aprende a descifrar la escritura que está allí, bajo sus ojos, ofrecida a la mirada de todos. Pero que permanece indescifrable mientras que de ella no se conocen las leyes, la clave.</p>
<p><strong>La represión de una verdad</strong></p>
<p><em><strong>- usted dice que esta escritura está &#8220;ofrecida a la mirada de todos&#8221;. Sin embargo, si Freud ha dicho algo nuevo, es que en el dominio psíquico se está enfermo porque se disimula, se esconde una parte de sí mismo, se &#8220;reprime&#8221;. Pero los jeroglíficos no estaban reprimidos, estaban inscriptos sobre la piedra. ¿Su comparación no puede, por lo tanto, ser total?</strong></em></p>
<p>- Al contrario, hay que tomarla literalmente: eso que, en el análisis del psiquismo, hay que descifrar, está todo el tiempo allí, presente desde el comienzo. usted habla de la represión olvidando una cosa, es que, para Freud, y tal como él lo formuló, la represión era inseparable de un fenómeno llamado &#8220;el retorno de lo reprimido&#8221;. Allí donde eso ha sido reprimido, algo continúa funcionando, algo continúa hablando, gracias a lo cual el resto puede centrarse, designar el lugar de la represión y de la enfermedad, decir &#8220;está ahí&#8221;. Esta noción es difícil de comprender porque cuando se habla de &#8220;represión&#8221; se imagina inmediatamente una presión &#8211; una presión vesical por ejemplo- es decir una masa vaga, indefinible, que apoya todo su peso contra una puerta que rehúsa abrirse.</p>
<p>Pero en psicoanálisis la represión no es la represión de una cosa, es la represión de una verdad.<br />
¿Qué es lo que pasa cuando se quiere reprimir una verdad? Toda la historia de la tiranía está allí para daros la respuesta: ella se expresa en otra parte, en otro registro, en lenguaje cifrado, clandestino.<br />
¡Y bien!. Eso es exactamente lo que no se produce con la conciencia: la verdad, persistirá pero traspuesta a otro lenguaje, en lenguaje neurótico. De tal modo que ya no se es más capaz de decir en ese momento cuál es el sujeto que habla, sino que &#8220;eso&#8221; habla, que &#8220;eso&#8221; continúa hablando; y lo que pasa es descifrable enteramente a la manera en que es descifrable una escritura perdida, es decir no sin dificultad.</p>
<p>La verdad no ha sido anulada, ella no cayó en un abismo, ella está ofrecida, presente, pero vuelta &#8220;inconsciente&#8221;.<br />
El sujeto que ha reprimido la verdad no gobierna más, él no está más en el centro de su discurso: las cosas continúan funcionando solas y el discurso continúa articulándose, pero más allá del sujeto. Y este lugar, este más allá del sujeto, es estrictamente lo que se llama el inconsciente.</p>
<p>Usted ve bien que lo que se ha perdido no es la verdad, es la clave del nuevo lenguaje en el cual ella se expresa en lo sucesivo. Es allí donde interviene el psicoanálisis.</p>
<p><strong>La hamaca</strong></p>
<p><em><strong>- ¿No será esta su interpretación de usted? No parece que sea la interpretación de Freud.</strong></em></p>
<p>- Lea &#8220;La interpretación de los sueños&#8221;, lea la &#8220;Psicopatología de la vida cotidiana&#8221;, lea &#8220;El chiste y su relación con el inconsciente&#8221;, es suficiente con abrir estas obras no importa en qué página para encontrar eso de lo que yo le hablo. El término &#8220;censura&#8221;, por ejemplo, ¿por qué Freud lo eligió inmediatamente, al mismo nivel de la interpretación de los sueños, para designar la instancia refrenante, la fuerza que reprime?. La censura, nosotros sabemos bien lo que es, es Anastasia, es una presión que se ejerce con un par de tijeras. ¿Y sobre qué?. No sobre cualquier cosa que sucede en el aire, sino sobre lo que se imprime, sobre un discurso expresado en un lenguaje. Sí, el método lingüístico está presente en todas las páginas de Freud, todo el tiempo se libra concretamente a referencias, analogías, aproximaciones lingüísticas&#8230;</p>
<p>Y después, al fin y al cabo, en psicoanálisis, usted no pide más que una cosa al paciente, no más que una sola cosa: hablar. Si el psicoanálisis existe, si tiene efectos, ¡es de todos modos en el orden de la declaración de la palabra!. Ahora bien, para Freud, para mí, el lenguaje humano no surge en los seres como resurgiría una fuente. Vea cómo se nos presenta todos los días el aprendizaje por la experiencia en el niño: él pone su dedo sobre la sartén, él se quema. A partir de allí, se pretende, a partir de su encuentro con lo caliente y lo frío, con el peligro, no le queda más que deducir, poner el andamiaje de la totalidad de la civilización. Es un absurdo: a partir del hecho de que él se quema, es puesto frente a algo mucho más importante que el descubrimiento de lo caliente y de lo frío. En efecto, que él se quema, y siempre se encuentra alguien que le hace, sobre eso, todo un discurso. El niño tiene que hacer mucho más esfuerzo para entrar en ese discurso en el cual se lo sumerge, que para habituarse a evitar la sartén.<br />
En otros términos, el hombre que nace a la existencia tiene que vérselas de entrada con el lenguaje: es un hecho. Aún él está tomado allí desde antes de su nacimiento, ¿no tiene un estado civil?</p>
<p>Sí, el niño que ha de nacer, ya está, de cabo a rabo, rodeado por esta hamaca de lenguaje que lo recibe y al mismo tiempo lo aprisiona.</p>
<p><strong>En claro, en cada caso</strong></p>
<p><strong><em>- Lo que hace difícil aceptar la asimilación de los síntomas neuróticos, de la neurosis, a un lenguaje, perfectamente articulado, es que no se ve a quién se dirige. No está hecho para nadie puesto que el enfermo, sobre todo el enfermo, no lo comprende, ¡y hace falta un especialista para descifrarlo!. Los jeroglíficos se volvieron quizás incompresibles, pero en el tiempo en que se los empleaba estaban hechos para comunicar ciertas cosas a alguien. Ahora bien, ¿qué es este lenguaje neurótico que no es sólo una lengua muerta, no sólo una lengua privada, ya que es para él mismo, ininteligible?</em></strong></p>
<p><em><strong>Y después un lenguaje, es alguna cosa de la cual alguno se sirve. Y aquel &#8211; el lenguaje neurótico &#8211; es sufrido. Vea usted el obsesivo, él querría cazar una idea fija, salir del engranaje.</strong></em></p>
<p>- Esas son justamente las paradojas que son el objeto del descubrimiento. Si este lenguaje, sin embargo, no se dirigiera a un Otro, no podría ser entendido gracias a un otro en el psicoanálisis. Para el resto, hace falta reconocer de entrada lo que es y para ello situarlo bien en un caso; eso exigiría un largo desarrollo; de otro modo, es un lío donde no se puede comprender nada. Pero es allí, asimismo, que es eso de lo que yo le hablo puede mostrarse en claro: cómo el discurso reprimido del inconsciente se traduce en el registro del síntoma. Y usted se apercibirá hasta qué punto es preciso. Usted hablaba del obsesivo: vea esta observación de Freud, que se encuentra en los &#8220;Cinco psicoanálisis&#8221;, intitulada &#8220;El hombre de las ratas&#8221;.<br />
El hombre de las ratas era un gran obsesivo. Un hombre todavía joven, de formación universitaria, que va a encontrarse con Freud a Viena, para decirle que sufre de obsesiones: son tanto inquietudes muy vivas por las personas que le son queridas, tanto el deseo de actos impulsivos, como cortarse la garganta, o entonces se forman en él interdicciones que conciernen a cosas insignificantes.</p>
<p><strong>El hombre de las ratas</strong></p>
<p><em><strong>- ¿Y sobre el plano de la sexualidad?</strong></em></p>
<p>- ¡He aquí un error de término!. Obsesión, eso no quiere decir automáticamente obsesión sexual, ni aún obsesión de esto o aquello en particular: estar obsesionado, significa encontrarse tomado en un mecanismo, en un engranaje cada vez más exigente y sin fin.</p>
<p>Ya sea que vaya a realizar un acto, cumplir con un deber, una angustia especial traba al obsesivo: ¿lo logrará?. Enseguida, hecha la cosa, experimenta una necesidad torturante de ir a verificar, pero no se atreve, por temor de pasar por loco, porque al mismo tiempo sabe muy bien que lo ha logrado&#8230;</p>
<p>Helo aquí empeñado en circuitos cada vez más grandes de verificaciones, de precauciones, de justificaciones. Tomado como está en un remolino interior, el estado de apaciguamiento, de satisfacción, se le ha vuelto imposible. Aún el gran obsesivo no tiene, sin embargo, nada de delirante. No hay ninguna convicción en el obsesivo, sino esta especie de necesidad, completamente ambigua, que lo deja tan desgraciado, tan dolorido, tan desamparado, de tener que ceder ante una insistencia que viene de él mismo y que no se explica. La neurosis obsesiva está extendida y puede pasar desapercibida si no se está especialmente advertido de los pequeños signos que siempre la traducen. Estos enfermos se mantienen aún muy bien en su posición social, mientras que su vida está minada, devastada por el sufrimiento y el desarrollo de su neurosis.</p>
<p>Yo conocí personas que tenían funciones importantes, y no solamente honorarias, directoriales, personas que tenían responsabilidades tan vastas y extensas como usted pueda suponerlo, y que las asumían ampliamente, pero que no menos, eran, de la mañana a la noche, presa de sus obsesiones.</p>
<p>Así estaba &#8220;el hombre de las ratas&#8221;, enloquecido, atrapado en un retoño de síntomas que lo lleva a consultar a Freud desde los alrededores de Viena, donde participaba en maniobras como oficial de reserva, y pedirle su consejo en una historia inverosímil de reembolso al correo del envío de un par de anteojos a propósito de la cual se pierde hasta no poder decir más.</p>
<p>Si se sigue literalmente hasta sus dudas el escenario instituido por el síntoma en cuatro personas, se reencuentra rasgo por rasgo, traspuestos en un vasto simulacro, sin que el sujeto lo suponga, las historias que han conducido hasta el matrimonio del cual el sujeto es el fruto.</p>
<p><em><strong>- ¿Qué historias?</strong></em></p>
<p>- Una deuda fraudulenta de su padre que, por añadidura, militar entonces, es degradado de su rango por una felonía, un préstamo que le permite cubrir la deuda, la cuestión que permanece oscura de la restitución al amigo que vino en su ayuda, en fin, un amor traicionado por el casamiento que le dio una &#8220;posición&#8221;.<br />
Durante toda su infancia, el hombre de las ratas había oído hablar de esta historia &#8211; de uno en términos jocosos, de otro con palabras veladas. Lo que es sorprendente, es que no se trata de un acontecimiento particular, o traumático, que haría retorno de lo reprimido; se trata de la constelación dramática que ha presidido a su nacimiento, de la prehistoria, si puede decirse, de su individuo; descendida de un pasado legendario. Esta prehistoria reaparece por medio de síntomas que la han vehiculizado bajo una forma irreconocible, para anudarse finalmente en un mito representado, del cual el sujeto reproduce la figura sin tener la menor idea.</p>
<p>Ya que ella es traspuesta allí como una lengua o una escritura puede ser traspuesta en otra lengua o en otros signos; ella es escrita allí sin que sus enlaces sean modificados; o aún como en geometría una figura es transformada de la esfera en un plano, lo que no quiere evidentemente decir que toda figura se transforme en no importa cuál.</p>
<p><em><strong>- ¿Y una vez que esta historia ha sido puesta a la luz del día?</strong></em></p>
<p>- Entienda bien: yo no he dicho que la cura de la neurosis se cumple sólo después de haber visto eso.<br />
usted piensa bien que en la observación del &#8220;hombre de las ratas&#8221;, hay otra cosa que yo no puedo desarrollar aquí. Si fuera suficiente que hubiera una prehistoria en el origen de una conciencia, todo el mundo sería neurótico. Está ligado a la manera en que el sujeto toma las cosas, las admite o las reprime. ¿Y por qué algunos reprimen determinadas cosas? En fin, tómese usted el trabajo de leer &#8220;el hombre de las ratas&#8221; con esta llave que lo atraviesa de parte a parte: trasposición en otro lenguaje figurativo y completamente inapercibido para el sujeto, de algo que no se comprende más que en términos de discurso.</p>
<p><strong>Saber de eso más y mejor.</strong></p>
<p><em><strong>- Puede ser que la verdad reprimida se articule como usted lo dice, como un discurso con efectos devastadores. </strong></em><strong><em><br />
<em>Sólo que cuando un enfermo viene a usted, no es alguien que está en busca de su verdad. Es alguien que sufre horriblemente y quiere ser aliviado. Si yo recuerdo bien la historia del &#8220;hombre de las ratas&#8221;, había allí también un fantasma de ratas&#8230;</em></em></strong></p>
<p>- Dicho de otra manera, &#8220;mientras usted se ocupa de la verdad, hay allí un hombre que sufre&#8230;&#8221;<br />
¡Con todo, antes de servirse de un instrumento, hace falta saber lo que es, cómo está fabricado!. El psicoanálisis es un instrumento terriblemente eficaz; y como además es un instrumento de gran prestigio, se lo puede comprometer a hacer cosas que de ningún modo está destinado a hacer, y por otra parte, haciéndolo así no pude sino degradárselo.</p>
<p>Hace falta entonces partir de lo esencial: ¿qué es esta técnica, a qué se aplica, de qué orden son sus efectos, los efectos que ella desencadena por su aplicación pura y simple?.</p>
<p>¡Y bien!. Los fenómenos de los que se trata en el análisis, y al nivel propio de los instintos, son los efectos de los registros de un lenguaje: el reconocimiento hablado de elementos mayores de la historia del sujeto, historia que ha sido cortada, interrumpida, que ha caído en los fondos del discurso.</p>
<p>En cuanto a los efectos que deben definirse como perteneciendo al análisis, los efectos analíticos &#8211; como se dice efectos mecánicos o efectos eléctricos &#8211; los efectos analíticos son efectos del orden de ese retorno del discurso reprimido.</p>
<p>Y yo puedo decirle que en el momento en que ha puesto usted al sujeto sobre un diván y aún si usted le ha explicado la regla analítica de la manera más sumaria, el sujeto ya está introducido en la dimensión de buscar su verdad.</p>
<p>Sí, del sólo hecho de tener que hablar como él se encuentra constreñido a hacerlo, frente a un otro, el silencio de un otro &#8211; un silencio que no está hecho ni de aprobación ni de desaprobación, sino de atención &#8211; lo siente como una espera, y que esta espera es la espera de la verdad.</p>
<p>Y también él se siente allí empujado por el prejuicio del que hablábamos hace un momento: por creer que el otro, el experto, el psicoanalista, sabe sobre usted mismo lo que usted mismo no sabe, la presencia de la verdad se encuentra fortificada, ella está ahí en estado de implícita.</p>
<p>El enfermo sufre pero él se da cuenta de que la vía hacia la cual volverse en fin para superar, apaciguar sus dificultades, es del orden de la verdad: saber de eso más y saber mejor.</p>
<p><em><strong>- ¿Entonces el hombre sería un ser de lenguaje? . ¿Sería esta la nueva representación del hombre que se debería a Freud, el hombre es alguien que habla?</strong></em></p>
<p>- El lenguaje ¿es la esencia del hombre?. No es una pregunta de la que yo me desinterese, y tampoco detesto que quienes se interesen en lo que yo digo, se interesen en ella por otra parte, pero es de otro orden, y, como yo lo digo a veces, es la pieza lateral.</p>
<p>Yo no me pregunto &#8220;quién habla&#8221;, yo intento plantear las preguntas de otra manera, de una manera más formulable, yo me pregunto &#8220;de dónde habla eso&#8221;. En otros términos, si yo intenté elaborar algo, no es una metafísica sino una teoría de la intersubjetividad. Desde Freud, el centro del hombre no está más allí donde se lo creía, hace falta reconstruir sobre eso.</p>
<p><em><strong>- Si es hablar lo que es importante, buscar su verdad por la vía de la palabra y de la declaración, ¿el análisis no se sustituye de una cierta manera a la confesión?.</strong></em></p>
<p>- Yo no estoy autorizado para hablarle de las cosas religiosas, pero yo me había dejado decir que la confesión es un sacramento y que no está hecha para satisfacer ninguna especie de necesidad de confidencia&#8230; La respuesta, aún de consuelo, alentadora, incluso directiva del sacerdote no pretende constituir la eficacia de la absolución.</p>
<p><em><strong>- Desde el punto de vista del dogma, usted tiene sin duda razón. Sólo que la confesión se combina, y desde un tiempo que no cubre toda la era cristiana, con lo que se llama la dirección de la conciencia. </strong></em><strong><em><br />
<em>¿Acaso no se cae allí en el dominio del psicoanálisis?. ¿Hacer confesar los actos y las intenciones, guiar un espíritu que busca su verdad?.</em></em></strong></p>
<p>- La dirección de conciencia ha sido, y por espirituales, juzgada muy diversamente, se ha podido ver en ella incluso, en ciertos casos, la fuente de toda clase de prácticas abusivas. En otros términos, es asunto de los religiosos saber cómo ellos mismos la sitúan y cuál es el alcance que le dan.</p>
<p>Pero me parece que ninguna dirección de conciencia puede inquietarse por una técnica que tiene como fin la revelación de la verdad. Me sucedió ver a religiosos que son dignos de ese nombre, tomar partido en asuntos muy espinosos donde se hallaba comprometido lo que se llama el honor de las familias, y los he visto siempre decidir que mantener la verdad bajo la medida es en sí mismo un acto de consecuencias devastadoras.<br />
Y luego todos los directores de conciencia les dirán que la plaga de su existencia son los obsesivos y los escrupulosos, ellos no saben literalmente por qué extremo tomarlos: cuanto más los calman, más eso rebota, cuantas más razones les dan, más la gente vuelve a plantearles preguntas absurdas&#8230;<br />
Entre tanto, la verdad analítica no es algo tan secreto ni tan misterioso que no pueda verse, en personas dotadas para la dirección de conciencia, surgir espontáneamente la percepción de lo que ella es. He conocido entre los religiosos gente que había captado que una penitente que venía a fatigarlos con obsesiones de impureza tenía bruscamente la necesidad de ser llevada a otro nivel: ¿se conducía ella con justicia con su criada o con sus niños?. Y por este recuerdo brutal, obtenían efectos totalmente sorprendentes.</p>
<p>Según mi opinión, los directores de conciencia no pueden llegar a desdecir al psicoanálisis: a lo sumo, pueden obtener de él ciertas apreciaciones que les serán útiles..</p>
<p><strong>Inversión inquietante</strong></p>
<p><em><strong>- Puede ser, pero el psicoanálisis, ¿está suficientemente bien visto?. En los medios religiosos se haría de él más bien una ciencia del diablo.</strong></em></p>
<p>- Yo creo que los tiempos han cambiado. Sin duda después de que Freud hubo inventado el psicoanálisis, éste permaneció durante mucho tiempo como una ciencia escandalosa y subversiva. No se trataba de saber si se creía en ella o no, se la combatía violentamente con el pretexto de que personas psicoanalizadas se desenfrenarían, se abandonarían a todos sus deseos, se entregarían a cualquier cosa&#8230;</p>
<p>Hoy en día, admitido o no en tanto que ciencia, el psicoanálisis entró en nuestras costumbres y las posiciones se han invertido: ¡es cuando alguien no se conduce normalmente, cuando actúa de una manera juzgada &#8220;escandalosa&#8221; por su medio, que se habla de enviarlo al psicoanalista!.</p>
<p>Todo esto entra en lo que yo llamaré, no con el término demasiado técnico de &#8220;resistencia al análisis&#8221;, sino &#8220;objeción masiva&#8221;.</p>
<p>El temor de perder su originalidad, de ser reducido al nivel común, no es menos frecuente. Hace falta decir que sobre esta noción de &#8220;adaptación&#8221; se ha producido en estos últimos tiempos una doctrina cuya naturaleza engendra confusión y, a partir de allí, inquietud.</p>
<p>Se ha escrito que el análisis tiene como finalidad adaptar al sujeto, de ningún modo al medio exterior, digamos a su vida o a sus verdaderas necesidades; eso significa claramente que la sanción de un análisis sería que uno se ha vuelto padre perfecto, esposo modelo, ciudadano ideal, en fin, que uno es alguien que no discute más nada.</p>
<p>Lo que es totalmente falso, tan falso como el primer prejuicio que veía en el psicoanálisis un medio de liberarse de toda sujeción.</p>
<p><em><strong>- ¿No piensa usted que lo que la gente teme más que nada, lo que la hace oponerse al psicoanálisis antes inclusive de saber si cree en él o no en tanto que ciencia, es la idea de que corre el peligro de ser desposeída de una parte de sí misma, modificada?</strong></em></p>
<p>- Esta inquietud es totalmente legítima, en el nivel en donde ella surge. ¡Decir que no habría, después de un análisis, modificación de la personalidad, sería verdaderamente divertido!. Sería difícil sostener al mismo tiempo que se pueden obtener resultados por el análisis y que se puede no obtenerlos, es decir, que la personalidad permanecerá siempre intacta. Sólo que la noción de personalidad merece ser esclarecida, incluso reinterpretada.</p>
<p><strong>Reinstalación del sujeto</strong></p>
<p><em><strong>- En el fondo de la diferencia entre el psicoanálisis y las diversas técnicas psicológicas, es que el psicoanálisis no se contenta con guiar, con intervenir más o menos ciegamente, él cura&#8230;</strong></em></p>
<p>- Se cura lo que es curable. No se va a curar el daltonismo o la idiocia, aunque al fin y al cabo pueda decirse que el daltonismo y la idiocia tienen que ver con lo &#8220;psíquico&#8221;.</p>
<p>¿Conoce usted la fórmula de Freud &#8220;allí donde eso estaba yo debo ser&#8221;?. Hace falta que el sujeto pueda reinstalarse en su lugar, este lugar en donde él no estaba, reemplazado por esta palabra anónima, que se llama ello.</p>
<p><em><strong>- En la perspectiva freudiana, ¿hay que pensar en atender a cantidades de personas que no están consideradas enfermas? . Dicho de otra manera, ¿Habría interés en psicoanalizar a todo el mundo?</strong></em></p>
<p>- Poseer un inconsciente no es un privilegio de los neuróticos. Hay quienes no están manifiestamente abrumados por un excesivo peso de sufrimiento parasitario, que no están demasiado obstruidos por la presencia de otro sujeto, en el interior de sí mismos, que inclusive se las arreglan bastante bien con ese otro sujeto, y que sin embargo no perderían nada con conocerlo.</p>
<p>Porque, en suma, en el hecho de ser psicoanalizado, no se trata de ninguna otra cosa sino de conocer su historia.</p>
<p><em><strong>- ¿Es que esto sigue siendo cierto para los creadores?</strong></em></p>
<p>- Es una cuestión interesante la de saber si hay para ellos interés en cortar camino o en cubrir de un cierto velo esta palabra que los ataca desde afuera (es la misma, al fin y al cabo, la que viene a perturbar al sujeto en la neurosis y en la inspiración creadora).</p>
<p>¿Hay interés de ir muy rápido por la vía del análisis hacia la verdad de la historia del sujeto, o a dejar hacer como Goethe una obra que no es más que un inmenso psicoanálisis?</p>
<p>Ya que en Goethe es manifiesto: su obra toda entera es la revelación de la palabra del otro sujeto. El llevó las cosas tan lejos como se puede hacerlo cuando se es un hombre de genio.</p>
<p>¿Habría él escrito la misma obra si se lo hubiera psicoanalizado?. Según mi opinión la obra hubiera sido seguramente otra, pero yo no creo que se hubiera perdido con ello.</p>
<p><em><strong>- Y para los hombres que no son creadores, pero que tienen pesadas responsabilidades, relaciones con el poder, ¿piensa usted que se debería instituir el psicoanálisis obligatorio?</strong></em></p>
<p>- Se debería, en efecto, no poder dudar un solo instante si un señor es presidente del consejo, es seguramente que se ha hecho analizar a una edad normal, es decir joven&#8230; Pero la juventud se prolonga a veces muy lejos.</p>
<p><strong>Un grito de alarma</strong></p>
<p><em><strong>- ¡Cuidado!. ¿Qué es lo que se podría objetar al señor Guy Mollet si hubiera sido analizado? ¿si él pudiera hacer valer que ha sido inmunizado, cuando sus contradictores no lo han hecho?</strong></em></p>
<p>- ¡Yo no tomaré partido sobre el tema de saber si el Sr. Guy Mollet haría o no la política que él hace, si él fuera analizado! que no se me haga decir que yo pienso que el análisis universal es la fuente de resolución de todas las antinomias, que si se analizara a todos los seres humanos no habría más guerras, más lucha de clases, yo digo formalmente lo contrario. Todo lo que se puede pensar es que los dramas serían quizá menos confusos.</p>
<p>Vea usted el error, es lo que yo le decía hace un momento: querer servirse de un instrumento antes de saber cómo está hecho. Ahora bien, en las actividades que son por el momento comprendidas en el mundo bajo el término &#8220;psicoanálisis&#8221;, se tiende más y más a recubrir, desconocer, enmascarar el orden primero en el que Freud aportó la chispa.</p>
<p>El esfuerzo de la gran masa de la escuela psicoanalítica ha sido lo que yo llamo una tentativa de reducción: ponerse en el bolsillo lo que había de más molesto de la teoría de Freud. De año en año se ve acentuarse esta degradación, hasta llegar a veces, como en los Estados Unidos, a formulaciones en franca contradicción con la inspiración freudiana.</p>
<p>No es porque el psicoanálisis sigue siendo discutido, que el analista debe intentar volver más aceptable su observación, repintándola con colores diversamente abigarrados, de analogías prestadas más o menos legítimamente de dominios científicos vecinos.</p>
<p><em><strong>- Es muy desmoralizador lo que usted dice, para los posibles analizados&#8230;</strong></em></p>
<p>- Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.</p>
<p><strong>Un psicoanalista formado</strong></p>
<p><em><strong>- ¿Es que no es acaso ya una formación muy larga y muy seria?</strong></em></p>
<p>- A la enseñanza del psicoanálisis, tal como ella está hoy constituida -estudios de medicina y después un psicoanálisis, análisis dicho didáctico, hecho por un analista calificado- le falta algo esencial, sin lo cual yo niego que se pueda ser un psicoanalista verdaderamente formado: el aprendizaje de disciplinas lingúísticas e históricas, de la historia de las religiones, etc.. Para cercar su pensamiento en lo concerniente a esta formación, Freud reanima ese viejo término que me complazco en retomar, el de &#8220;universitas literarum&#8221;.</p>
<p>Los estudios médicos son evidentemente insuficientes para entender lo que dice el analizado, es decir por ejemplo para distinguir en su discurso el alcance de los símbolos, la presencia de los mitos, o simplemente para captar el sentido de lo que él dice, como se capta o no se capta el sentido de un texto.</p>
<p>Por lo menos, al presente, un estudio serio de los textos y de la doctrina freudiana se hace posible por el asilo que le da, en la Clínica de las enfermedades mentales y del encéfalo de la Facultad, el profesor Jean Delay.</p>
<p><em><strong>- En las manos de personas insuficientemente competentes, ¿piensa usted que el psicoanálisis tal como fue inventado por Freud corre el peligro de perderse?</strong></em></p>
<p>- Actualmente, el psicoanálisis está por volverse ciertamente una mitología cada vez más confusa. Se pueden mencionar algunos signos &#8211; borramiento del Complejo de Edipo, acento puesto sobre los mecanismos preedípicos, sobre la frustración, sustitución del término angustia por el de miedo. Lo que no quiere decir que el freudismo, la primera luz freudiana, no continúe caminando por todas partes. De ello se ven manifestaciones absolutamente claras en toda clase de ciencias humanas.</p>
<p>Pienso en particular en lo que me decía recientemente mi amigo Claude Lévi-Strauss, del homenaje finalmente rendido por los etnólogos al Complejo de Edipo, como a una profunda creación mítica nacida en nuestra época.</p>
<p>Es algo sorprendente, sobrecogedor, que Sigmund Freud, un hombre completamente solo, haya llegado a librar un cierto número de efectos que no habían sido hasta entonces jamás aislados, y a introducirlos en una red coordenada, inventando así a la vez una ciencia y el dominio de aplicación de esta ciencia.</p>
<p>Pero en relación a esta obra genial que ha sido la de Freud, atravesando su siglo como un trazo de fuego, el trabajo está muy atrasado. Lo digo con toda mi convicción. Y no se comenzará a retomarlo más que cuando haya suficiente gente formada para hacer lo que necesita todo trabajo científico, todo trabajo técnico, todo trabajo donde el genio puede abrir un surco, pero donde enseguida hace falta un ejército de obreros para cosechar</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em><strong>Traducción: Marco Mauas.</strong></em></p>
<p>Fuente (en idioma original): http://www.lexpress.fr/actualite/sciences/sante/les-clefs-de-la-psychanalyse_499017.html</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Lo que debe faltar en un escrito</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Oct 2012 13:09:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<h4><strong>Por Jorge Baños Orellana<img class="alignright size-thumbnail wp-image-1155" title="loquedebefaltar" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2012/10/loquedebefaltar-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></strong></h4>
<h6>En este texto se parte de una referencia personal para pensar la función de lo escrito. El autor traza una analogía en el método estético para lograr una buena fotografía con la posición del autor al realizar un texto. Lo que falta en la foto –la mirada de su autor- es lo que está expuesto de otra manera, el punto decisivo que convierte la fotografía en una obra de arte. En el escrito sucede lo mismo: si el autor reniega de su falta y no la da-a-ver (como lo formula Lacan en el Seminario 11 a propósito de la obra pictórica), las palabras arrojadas no tendrán la función del escrito ya que prescindirán de su causa. Sin embargo, exponer la falta no implica intencionalidad alguna, más bien, implica exponer sin saber las faltas del decir, aquellas escenas removidas de un relato o de un film. Se mantiene la abertura de lo esencial de la obra, que de pretender explicitarlo perdería su potencia como causa.</h6>
<h6>Baños Orellana también nos sugiere plantear un problema al interior de la comunidad analítica: diferenciar “entre escritos regidos por faltas productivas, cualesquiera sean, y escritos cuya única falta es la de la mezquindad del yo o de la educación”. Este punto puede orientar nuestros escritos en función de la ética del deseo y no del discurso universitario aliado de los artículos científicos que forcluyen la falta.</h6>
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<p><strong>Lo que debe faltar en un escrito</strong></p>
<p>Por Jorge Baños Orellana</p>
<p align="right">“Con sordas privaciones y magros vacíos,</p>
<p align="right">me redujo y fui reengendrado con ausencias,</p>
<p align="right">sombras, muerte, cosas que nada son”.</p>
<p align="right">John Donne</p>
<p>Puede que haya dicho: “Todo el arte del encuadre fotográfico está en no confundir el visor con una ventana”. Pero es improbable que, para esa ocasión, él eligiera la brevedad de relámpago de un aforismo. Como mi padre era adepto a la elocuencia de razonamientos pormenorizados, supongo que, apenas desenvolví y colgué al cuello mi primera cámara reflex, se puso a hilar la argumentación que jamás olvidé y que, palabra más, palabra menos, decía lo siguiente: “Cada vez que miramos algo, quedamos prendidos a una parte del gran espectáculo de lo que entra por los ojos. Algo nos atrapa y el resto de lo que se ve permanece en brumas. Sólo eso que la atracción destaca merece permanecer dentro del encuadre. Hay que arreglárselas para prescindir de todo lo demás. Tus fotos serán verdaderas fotografías si registran exclusivamente tu mirada, no el campo ocular de lo que ves. Los aficionados domingueros reservan para lo que miran apenas el centro de la composición. Al hacer un retrato, por ejemplo, sitúan la cara del modelo en el pequeño círculo donde se cruzan las diagonales del visor, cediendo el resto de la superficie a montones de cielo, de árboles o de muebles. Gran derroche, gran error. Confunden el visor con una ventana. Entonces, al recibir las copias, el aficionado se sorprende por la discordancia de lo que esperaba reencontrar y lo que aparece efectivamente; porque eso que, mientras sostenía la cámara, figuraba bajo la bruma impuesta por su indiferencia, resucita en la copia con una nitidez no menos privilegiada que la del resto. Es que el rollo no es alguien sino algo que hace un registro maquinal, impávido: no mira, solamente ve. El arte de corregir el encuadre es el de disponer ausencias y cada fotógrafo es la perseverancia de un modo de quitar. El público estimará, después, si vale o no lo que dejaron permanecer, pero ese es otro tema”.<br />
Atesoré la recomendación presintiéndola como muestra de que, con doce años recién cumplidos, uno accedía a otro modo de ser considerado por los adultos. Ellos me librarían de ser un paria simbólico en un mundo evidentemente hecho de artificios (había admitido, para mis adentros, que sin su ayuda jamás habría adivinado el truco de encuadrar la falta). Pero, es sabido, los educadores rara vez permiten revisar el fondo de la galera del mago. Con el paso del tiempo ni aprendí tanto como esperaba ni me convertí en fotógrafo; sin embargo, al borronear las primeras páginas como psicoanalista, la lejana lección del encuadre vino a extenderse, sin pedir permiso, a los territorios de la lectura y la escritura.<br />
Algo anuda la fábrica de las imágenes, de los textos y de los conceptos; porque cuando se escribe eludiendo la falta, a los escritos les acontece lo mismo que a las fotos del aficionado. También el visor de la máquina de escribir reclama ser despojado de nubes, ramas y decoración de interiores. Siguiendo la distinción de Leonardo rescatada por Freud, escribir resulta menos una tarea<em> per via di porre</em> que<em> per via di levare</em>: menos un acto de agregar lo que nos dictan las musas de la teoría y la clínica, que uno de <em>quitar</em> lo que nos impone la dictadura del sentido común y lo que se nos pega de los abrojos institucionales (dígame a qué escuela pertenece y le diré qué frases hechas se le adherirán este año).<br />
Por eso, cuando entrevemos que falta esa falta en un escrito analítico –y habitualmente son suficientes los tres primeros párrafos para detectarla– es señal para no seguir leyendo ni insistir con otros escritos de la misma firma. (Si esta fórmula le parece despiadada, considere antes de eliminarla la magnitud del daño hecho a la circulación del psicoanálisis por artículos y libros cometidos con el único desvelo de figurar). Además, la atención prestada a lo que debe faltar en los escritos tiene, en contrapartida, un corolario ventajoso: el de descubrir que el designio de un escrito o de un autor meritorios se vuelven mucho más legibles si desentrañamos la lógica y la poética de su encuadre, si tomamos nota de lo que deja de decir y no sólo de lo que dice.<br />
Se trata de anotar cuáles son los casilleros de la gran grilla de la cosa analítica que un escrito dejó en blanco, renunciando a la tentación de imputar esos casilleros mudos a la ignorancia del autor. Debemos dar crédito al supuesto de que son omisiones deliberadas e incluso sacrificadas de una escritura (¡Cómo me gustaría agregar tal cosa, pero aquí no va!); de que son el dibujo de la sombra de una falta propiciatoria. Quien escribe sujeto al juego heurístico de alguna restricción no lo hace por desconocer o necesariamente despreciar lo que deja a un lado. (¿Usted juzga automáticamente como daltónico o enemigo de los colores a un fotógrafo partidario del blanco y negro? No, ni aún en el caso de escucharlo elogiar las imágenes monocromáticas a expensas de las demás, porque usted sabe que todo manifiesto artístico ha de ser algo obcecado). A propósito, los manifiestos son un atajo invalorable en el empeño de descubrir lo que un escrito deja fuera de cuadro: la mayoría de los verdaderos escritos tienen la delicadeza de incluir, más temprano que tarde, la declaración de su falta. Pero basta de remembranzas, abstracciones y tips, concentrémonos en un ejemplo concreto.<br />
<em>El sujeto según Lacan </em>me parece el caso más pertinente. Tiene las siguientes ventajas: (1) se trata de un libro breve y recién distribuido (si usted quiere, podrá convalidar o recusar sin mayor demora lo que diré a continuación); (2) esta firmado por Guy Le Gaufey, cuyos escritos merecen desde hace tiempo un respeto casi unánime de la comunidad lacaniana, aunque, al mismo tiempo, (3) suele ser etiquetado como un autor daltónico a la clínica analítica, aunque quienes así lo sostienen reconocen que Le Gaufey tiene más horas de analista en ejercicio que la mayoría de ellos y una ganada fama de buen practicante; por último, (4) mientras escribía este artículo, él vino a Buenos Aires a presentar<em> El sujeto según Lacan</em> en un seminario que llamó<em> Lacan per via di levare</em>… Por lo que vengo sosteniendo, a todo escrito interesante sobre Lacan le correspondería la marca genérica de Lacan <em>per via di levare</em>, lo que los diferencia es cómo consiguieron merecerla; luego, si Le Gaufey autodenominaba de esa forma la tarea del nuevo libro, su seminario era la oportunidad servida en bandeja para anotar lo que un escrito analítico no dice, solicitar al autor que lo corrobore y preguntarle por qué apostó a esa y no a otra parcialidad del encuadre.<br />
En la página 9 encontré el manifiesto del libro. Viene antecedido por el argumento (el propósito es destilar lo esencial de la expresión canónica “El significante representa al sujeto para otro significante”) y por la indicación de situar las apariciones y variantes de dicha fórmula en el curso de escritos y seminarios de Lacan. Pero, renglón seguido, se levanta una dura objeción: “Esta búsqueda textual no constituye sin embargo, más que un primer despeje. Quedar inmovilizados únicamente en el lugar del hallazgo, y no inspeccionarlo más que en sus meandros internos, es correr el riesgo de quedar en breve plazo destinado al culto del héroe”. Entonces, nada de desempolvar borradores, de un plumazo Le Gaufey tacha (primera exclusión) la vía crucis de la genética textual. ¿La tilda de culto del héroe o del Autor para situar, en la cima, el Parnaso colectivo de los contemporáneos de Lacan? Tampoco. Se deshace, también, (segunda exclusión) del cuento de la producción coral: “No hay ninguna necesidad aquí de suponer que [Lacan] leyó a todos los autores que intervinieron en el campo que opera, o de imaginar no sé qué ósmosis que lo habría alcanzado a través de membranas culturales más o menos porosas”. Así, las dos puertas del contexto de descubrimiento quedan fuera del cuadro.<br />
Buscando ratificarlo, intervengo en el seminario con el siguiente comentario: “Para<em> El sujeto según Lacan</em> no hay contemporáneos. Supongo que fue por eso que cuando se detiene en la decisiva mención que Lacan hace de Maine de Biran [1766-1824], usted resume las ideas de Biran apelando a un libro de 1944 de Raymond Vancourt (personaje ausente en el friso biográfico de Roudinesco), y se desentiende del seminario de 1947-48 de Merleau-Ponty en la<em> École Normale Supérieure</em> <em>[La unión del alma y el cuerpo en Malebranche, Biran y Bergson</em>], que incluye una sesión entera dedicada a las ideas de Biran acerca del esfuerzo del sujeto, precisamente lo subrayado por Lacan. Sobran pruebas de que Lacan mantuvo intercambios estrechos con Merleau-Ponty, etc…”<br />
Primero vino el chiste (“¡Es que no lo tengo en mi biblioteca!”), luego el reconocimiento de que prefirió evitar el embrollo del contexto de descubrimiento. ¿Para qué? Esto lo responde la página 9, es para concentrarse en el contexto de justificación: “La biblioteca del lector, su escritorio, donde los seminarios [de Lacan] se codean con textos muy distintos, he aquí el campo operatorio sobre el que ese hallazgo [la fórmula] encuentra –o no– su racionalidad”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Es decir, Le Gaufey apuesta a que no será en ningún libro de la biblioteca de Lacan (¡fuera la novela del descubrimiento!), sino en alguno de la biblioteca del lector donde se hallará el plan de las razones de “El significante representa al sujeto para otro significante”. Y lo demuestra&#8230; Concretamente, la tesis de <em>El sujeto según Lacan</em> sostiene que focalizándonos en ciertos aspectos del averroísmo del siglo XII, destacados por un libro de Alain de Libera publicado el 2002 (treinta y un años después de la muerte de Lacan), se hace posible elucidar la racionalidad del núcleo duro de la cortejada fórmula.<br />
El proceder no era inédito, en su reciente presentación de la autobiografía de Collingwood admite: “No razoné diferente [en 1997], cuando, queriendo comentar el estadio del espejo tal como Lacan lo inventara y sostuviera a lo largo de su enseñanza, procuré circunscribir un valor para la imagen humana que no fuera el de una ‘representación’ (…) Para lograrlo, convenía remontarse hasta el siglo XVII, en que apareció y expeditamente triunfó el concepto de representación en arte, filosofía, política. Pero el azar de las publicaciones arrojó a mi escritorio una traducción [de 1989] del <em>Discurso contra los iconoclastas</em> [del siglo IX] de Nicéforo (…) mostrando una concepción coherente y ajena a la noción moderna de la imagen asaltada por la representación”. Aún así, <em>El sujeto según Lacan</em> trae de nuevo la claridad de nominar e inscribir, a la vera de Foucault, Collingwood, Agamben y otros, su encuadre; consistente en destacar afinidades inadvertidas, amistades silenciosas entre hombres y mujeres que, sin saberlo y cada tantos siglos, se rompen la cabeza en torno a un dilema lógico común que se hunde y resurge según una arqueología de parsimonia mineral y remociones volcánicas, nunca en el barullo de parentela y de la corta duración de la transmisión genealógica.<br />
¿Y los casos clínicos? Están debidamente omitidos por pertenecer al caserío de los contemporáneos. En el seminario algunos preguntaron por qué el libro desatendía el hecho de que, antes de lanzar la fórmula, Lacan había analizado minuciosamente el “caso” Hamlet. La respuesta estaba prevista en página 14: “Allouch se ocupó suficientemente de eso…”. Otros soslayamos añadir que Lacan también habría llevado antes agua a ese molino comentando largamente el caso de la tosesita de Ella Sharpe; decirlo y que se escuchara como un reproche era un desatino. Lo único atinado sería ponerse a escribir acerca del sujeto según Lacan también desde esta otra perspectiva, confiando que, a su turno, los lectores <em>collingwoodianos</em> no recriminarán las omisiones nuestras. Que la navaja de la gran biblioteca analítica no practique su incisión entre escritos genealógicos y escritos arqueológicos (como los de Le Gaufey), sino entre escritos regidos por faltas productivas, cualesquiera sean, y escritos cuya única falta es la de la mezquindad del yo o de la educación.</p>
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		<title>El maestro, los padres y el médico</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jul 2012 11:51:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Donald Winnicott Les acercamos las lúcidas reflexiones del psicoanalista de niños Donald Winnicott que en esta oportunidad se pregunta por los vínculos entre los maestros, los padres y el médico psicoanalista. ¿En qué punto se relacionan y en qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Donald Winnicott<img class="alignright size-thumbnail wp-image-1012" title="winnicott" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2012/05/winnicott-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></h4>
<h6>Les acercamos las lúcidas reflexiones del psicoanalista de niños Donald Winnicott que en esta oportunidad se pregunta por los vínculos entre los maestros, los padres y el médico psicoanalista. ¿En qué punto se relacionan y en qué se diferencian?, ¿cuál es la función de cada uno respecto de los niños? El lector podrá ver que en 1936 ya existían más o menos los mismos obstáculos que ahora: fracaso escolar, problemas vinculados a la autoridad escolar, denuncias de “maltrato” de parte de los docentes a los niños, entre otros. Pero, ¿qué hacer con todo esto? He aquí las interesantes dilucidaciones de Winnicott: no se trata de inculpar ni a docentes ni a padres, tampoco de identificarse con “el perjudicado”. Se trata de establecer un diálogo entre todos para que cada uno pueda tramitar la ambivalencia estructural y así ejercer la función a la que están convocados.</h6>
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<p align="center"><strong><span style="text-decoration: underline;"> </span></strong></p>
<p align="center"><strong><span style="text-decoration: underline;">El maestro, los padres y el médico (1936)</span></strong></p>
<p align="right">Donald Winnicott</p>
<p>Si se reflexiona un momento sobre este tema, se advertirá que la yuxtaposición de estos tres tipos de seres humanos -el maestro, el padre o la madre y el médico- tiene implicaciones algo siniestras. ¿Qué podría reunir a un maestro, un padre o madre y un médico? O bien, para formular la pregunta de otro modo, ¿por qué tendría que ser necesario que alrededor de un centenar de personas renuncien a su fin de semana para estudiar la relación, evidentemente precaria, existente entre estas clases de adultos? La respuesta es, desde luego, que en el trasfondo, en algún lugar, hay un niño. El niño es el cemento que liga entre sí a estas piedras, y es también el terremoto que las hace pedazos.</p>
<p>La educación de un niño normal (si por un momento se me permite usar la palabra &#8220;normal&#8221;) es comparativamente simple; y el niño normal tiende a unir al maestro y a los padres en una relación feliz, en la que cada uno es una extensión de la personalidad del otro. Además, el niño normal deja tan poco por hacer al médico que éste se convierte en una cifra; tal vez sea el responsable final de los criterios con que se alimenta a los niños en la escuela, la regulación de sus ejercicios físicos, la ventilación de los dormitorios y la prevención de las inevitables enfermedades infecciosas para que no se difundan, pero en cuanto al niño normal, el médico no ingresa mucho en el cuadro como persona.</p>
<p>Ahora bien, ¡qué pocos niños pueden llamarse normales! ¿Y queremos que lo sean? La respuesta dependerá de la forma en que definamos lo normal; pero sean cuales fueren nuestra definición y nuestro deseo, sabemos que los equívocos que surgen entre los padres y toda clase de custodios de sus hijos no son, en modo alguno, debidos en su totalidad a las dificultades personales que pueda haber entre los padres y los custodios. Sabemos bien que con frecuencia se deben a los niños.</p>
<p>El estudio de las dificultades propias del desarrollo emocional de los bebés y de los niños de distintos grupos etarios constituye el mejor fundamento para comprender la interrelación de los padres, los maestros, los médicos y todos los interesados en el cuidado y la educación de los niños.</p>
<p>No es mi tarea analizar aquí y ahora con ustedes el derrotero extremadamente complejo del desarrollo emocional del individuo, pero al abordar este tema no puedo dejar de lado al niño. Debemos ver, por ejemplo, el papel que éste desempeña en el siguiente ejemplo de desconfianza parental.</p>
<p>Un chico de ocho años, muy inteligente e inquieto, permaneció durante el período escolar en la casa de una persona a la que conozco bien y sé que es confiable. Al término de ese período su madre lo fue a buscar. Mientras volvían a la casa, el niño le contó a su mamá que la señora X (mi amiga) se había negado a darle las monedas que necesitaba diariamente para tomar el ómnibus, así que tuvo que ir a la escuela y volver de ella caminando. Esta mezquindad le había impedido tener tiempo suficiente para volver a almorzar a mediodía, aunque de todos modos la comida que le daban era escasa y mala. Y así sucesivamente. Le contó todo esto a la madre de la mejor manera posible, y sería injusto culparla a ella por haberle creído. Ocurre que la madre tenía también grandes dificultades, era muy aprensiva y siempre estaba sintiéndose perseguida o previendo que sucedería alguna catástrofe; me escribió diciéndomelo disgustada que estaba con la señora X y que no volvería a enviarle a su hijo para que lo cuidase.</p>
<p>Sucede que yo conocía bien al niño, porque lo estaba tratando por el método llamado psicoanálisis, y también estaba en estrecho contacto con mi amiga, la señora X. La situación real fue que el niño había disfrutado mucho su estadía en la casa de la señora X, donde conoció una estabilidad y una abundancia que no existían en su hogar. Además, la señora X es un tipo de persona más normal que la madre del niño, feliz y nada nerviosa. Por otra parte, al niño lo impresionó mi confiabilidad (mi trabajo consiste en ser confiable), que comparó abiertamente con los hábitos erráticos de su padre. La escuela a la que lo habían enviado también era buena, y estaba muy contento por el tiempo que había pasado ahí. Además, la firmeza de la señora X para con él era novedosa y le vino bien. Le había dado unas monedas para el ómnibus, y cuando él se las gastó en golosinas le dijo que entonces tendría que ir caminando, lo cual era justo, ya que recibía golosinas y monedas de muchas otras fuentes.</p>
<p>Cuando el niño se reencontró con la madre, se sentía pésimamente por todo esto. El hecho de que hubiese disfrutado de ese ambiente extraño a su hogar implicaba formular una seria crítica a este último. Tal vez no se sintiera culpable de forma consciente, pero fue un profundo sentimiento de culpa el que lo llevó a contarle a la madre que lo habían tratado mal. En un comienzo no tuvo el propósito de enfrentar a su madre con la señora X, pero supongo que cuando se dio cuenta de que lo había hecho y de que su madre le creía todo cuanto le había relatado, pensó que no podía echarse atrás sin sacrificar la lógica, y agregó nuevos pormenores.</p>
<p>¡Con cuánta frecuencia el deseo de un niño de ocultarle a su madre que encontró la dicha fuera del hogar da por resultado un equívoco! Lo que el niño quería decirle era muy complicado, demasiado para un chico de ocho años. Era más o menos esto: &#8220;Yo te quiero, a pesar de que en muchas de las formas en que puede expresarse el amor, la escuela lo hizo mejor que tú; además, mi amor a la escuela no fue tan intenso, ni estuvo ligado a experiencias infantiles, como lo es y será siempre mi amor por ti, así que hubo menos amenazas de codicia, se generó un odio menos intenso, menos ingobernable, más fácilmente transformado en modos de expresión aceptables; hubo menos conflictos, y yo me sentí más contento que en casa&#8221;.</p>
<p>Mi niño de ocho años quería decir todo esto, pero como no pudo, resolvió inventar el cuento sobre la frustración que padeció porque no le dieron las monedas.</p>
<p>El médico en este caso era yo. Mi tarea consistía en permitir a la madre que se quejara como quisiese durante unas semanas, y luego mostrarle la falta de realidad de todo eso; a la vez, tenía que lograr que la señora X pudiese reírse del asunto, para que no se sintiera herida si acaso recibía una carta mortificante de la madre. Por fortuna, como en este caso el chico estaba en análisis, tuve la oportunidad de hacer algo más que señalarle su mentira. No necesité hacer esto último en absoluto. En el curso del análisis, las complicadas motivaciones que describí se le harán claras, y a medida que él se sienta menos culpable (inconscientemente) por criticar a la madre, al padre y el hogar, y más capaz de criticarlos basándose en hechos externamente reales, la necesidad de esta clase de mentiras cesará sin un tratamiento directo.</p>
<p>Más adelante me explayaré en las complicaciones que generan las fantasías persecutorias, pero por el momento quiero llamar la atención de ustedes sobre el tema de los propósitos que se persiguen. ¿Cuáles son nuestros propósitos como médicos y maestros, y como indagadores de la verdad, en una conferencia como ésta?</p>
<p>En verdad, la decisión en cuanto a los propósitos y las motivaciones se toma dentro de cada uno, y depende de las tensiones y las tiranteces profundas de nuestra naturaleza, pero si momentáneamente se me permite fingir que tenemos un poco de control consciente sobre nuestra actitud hacia las cosas y la dirección de nuestros intereses, dedicaré a este tema alguna reflexión.</p>
<p>Yendo directo al grano: ¿vamos a tratar de inculpar a la madre? Me dan tanto trabajo los maestros, los asistentes sociales y los médicos claramente resueltos a &#8220;echarle la culpa a la madre&#8221;, que me veo llevado a hacerles esta pregunta. Si ése es nuestro propósito, tendremos amplia oportunidad para divertirnos. Cualquiera de ustedes podrá levantarse y dar ejemplos de estupidez de los padres, dobles mensajes e inexcusable ignorancia. Yo mismo podría hacerlo. Sin embargo, señalaré que, como base para la discusión, &#8220;inculpar a la madre&#8221; es tierra estéril para el sembrador.</p>
<p>Dicho sea de paso, los maestros y los médicos pueden ser tan estúpidos e ignorantes como cualquiera cuando son padres. La verdad es que están involucrados los sentimientos, y por ende los conflictos, más fuertes de los padres, puesto que éstos son y han sido los padres. Los maestros y los médicos parten con la ventaja de que nunca tuvieron hacia el niño los intensos sentimientos que tuvieron los padres, y sus conflictos inconscientes en relación con el niño son consiguientemente menos fuertes y perturbadores. Sólo el amor más intenso puede alimentar el odio y las sospechas más feroces, y sólo quienes experimentan los más fuertes sentimientos conocen qué hondo calan en la naturaleza humana los sentimientos de culpa, la depresión y las sospechas. De hecho, una de las principales funciones de un maestro es ponerse in loco parentis, o sea sin el lazo emocional de máxima intensidad que el progenitor y el niño reales sienten uno por el otro. Pues ese lazo entre padres e hijo está ahí, ya sea que se manifieste como amor, como odio o como ambas formas, o como indiferencia, y es la fuente de las tensiones emocionales que deforman e inhiben la educación.</p>
<p>El maestro comprensivo, quien pronta e intuitivamente advierte que las actitudes molestas de los padres hacia su hijo son el concomitante ineludible de los lazos emocionales históricos que tienen con él, está en mejores condiciones de afrontar las situaciones de emergencia, que aquel que simplemente cree que los padres forman una categoría aparte en cuanto a su poder de exhibir las más bajas características humanas.</p>
<p>Si un maestro no sabe imputarle más que malas motivaciones a la madre, ésta lo siente en la médula de sus huesos. Puede haber odios despertados en lo profundo de la madre en conexión con el amor a su hijo, y celos frente a cualquiera que se encargue de cuidarlo, y tal vez la principal preocupación de la madre sea que el odio así activado no dañe al niño, cuyo amor por él lo provocó. El maestro o la maestra deben presuponer que de tanto en tanto un poco de ese odio flotante se dirija a él o ella, y tendrá que ser capaz de soportarlo. No es lindo que a uno lo odien, pero tanto los médicos como los maestros deben tolerarlo. Los maestros que gozan de popularidad sólo lo hacen porque algún otro está cargando con el odio, y por lo común los demás los menosprecian, por razones bastante claras. Siempre me ha parecido que un director de escuela que goce de popularidad es una contradicción en los términos. Si él o ella son populares, supongo que todos los demás maestros deben soportar el odio en bloque&#8230; ¡porque el odio flotante está en alguna parte, sin lugar a dudas! Suele ocurrir que los padres piensen que cualquier sentimiento crítico u hostil que tengan puede ser ilógico o subjetivo, el resultado de sus conflictos íntimos, y como consecuencia de ello dejan sin reservas a sus hijos en manos de alguna autoridad escolar, presumiendo que LOS MAESTROS SON PERFECTOS. Esta presunción no se justifica. Los padres que no intervienen porque suponen que todo anda bien no son los padres ideales, aunque desde el punto de vista de la autoridad escolar posean cualidades convenientes.</p>
<p>(Quisiera introducir aquí al médico como la persona capaz de hablar con el padre o la madre, y con el maestro, y que gracias a su comprensión de la naturaleza humana logra que se entiendan entre sí. Por desgracia, esta observación no responde a la realidad. Los médicos (dejando de lado a los especialistas) tienen como regla una buena comprensión intuitiva, que se manifiesta en su trato concreto con los individuos. A menudo se llevan bien con sus pacientes, niños o padres. Pero una cosa es llevarse bien con un paciente, y otra, ser capaz de asesorar a los padres o aclarar un problema entre éstos y el maestro.</p>
<p>La razón radica, como en tantas cosas, en el método empleado por el médico. Fácilmente se sitúa en el lugar del paciente. Si se lleva bien con el niño es porque, en ese momento, comparte los intereses de éste, pero sobre todo porque comparte sus antagonismos, y así permite que las fantasías persecutorias del niño tengan visos de realidad. Así como un paciente con francos delirios de persecución puede quedar contento si el médico del manicomio paga un tributo diario a su sistema delirante y simula creerlo, así también es fácil comprar la amistad de un niño si uno le hace el juego a sus fantasías persecutorias. Tal vez baste con convertirse en el ogro o, recordando sus días de escolar, concordar con el niño en que el profesor de ciencia es un prepotente; o tal vez uno decida hacerse cómplice de una conspiración de enfermedad dirigiéndole una nota al director en la que rece: &#8220;Recomiendo que no se le exija ejercitación hasta el final del semestre&#8221;, &#8220;No es aconsejable encargar deberes hogareños en este caso&#8221;, &#8220;Deben evitarse los castigos corporales, ya que Tom tiene una tendencia a la debilidad cardíaca&#8221; (no importa qué signifique esto último).</p>
<p>La enfermedad infecciosa se amolda, desde el punto de vista psicológico, al sistema persecutorio delirante como una persecución llevada a cabo por los gérmenes que es verificada en la realidad. Habrán notado la mejoría que muestran ciertos tipos de niños difíciles cuando tienen sarampión o paperas o luego de la extirpación quirúrgica de su maldad interna, como la apendisectomía.</p>
<p>Asimismo, el médico se sitúa en el lugar del progenitor inquieto. Advierte lo espantoso que sería tener un hijo tan problemático, o un maestro tan poco comprensivo para su hijo, y apoya los lamentos del progenitor naturalmente, permitiéndole superar la tensión que le impone este vislumbre de las fantasías delirantes persecutorias.</p>
<p>Como apreciarán, esta ayuda muy real dista mucho de ser una verdadera comprensión, en el sentido intelectual. En rigor, se basa en el factor común de las fantasías persecutorias inconscientes de distintos seres humanos.</p>
<p>La frontera de la enfermedad psicofísica está dada por el propio mecanismo de seguridad de la naturaleza, y  gracias a Dios siempre hay médicos dispuestos a entregarse en manos de la naturaleza y a firmar un certificado para que el niño falte a la escuela a raíz de vagas dolencias sin rótulo, un dolor de cabeza o en la cadera. Con frecuencia, el progenitor le hace un guiño al médico con su visto bueno, dándole a entender que un día sin escuela no le hará al niño ningún daño, y entonces el médico, luego del debido despliegue de su estetoscopio, pronuncia su veredicto. El maestro está al tanto de todo esto pero se alegra de verse aliviado de la responsabilidad del día siguiente, que estaba destinado a provocar un choque entre la autoridad escolar y el niño. El ataque de hígado es a menudo el signo externo de una oleada interna de sentimientos de culpa de intensidad insoportable. El término popular moderno es &#8220;acidosis&#8221;, pero el único ácido cuya presencia puede demostrarse son las mordeduras y otros fenómenos de odio correspondientes a la fantasía inconsciente (la realidad interna) que el niño odia poseer. El niño es inconsciente del contenido de la fantasía, pero se siente indeciblemente culpable o angustiado, como si todo lo que llevara adentro fuera irremediablemente malo, y no obtiene alivio hasta vomitar o hasta lograr &#8220;una buena expulsión&#8221;. En ese estado, el niño puede tratar realmente de vaciarse.</p>
<p>Conozco a una niña cuya infancia estuvo dominada por sentimientos de culpa y (más conscientemente) por el temor a vomitar; cuando tenía entre seis y diez años se pasaba horas sentada en el inodoro tratando de sacar de sí hasta la menor partícula de sus heces. Todo lo que tenía adentro era malo. Sus movimientos de vientre, que podrían ser expulsados, representaban su profunda e intangible fantasía inconsciente o su realidad interna, la cual era mucho menos fácil de eliminar. Más adelante, en el curso de su análisis, hizo el correspondiente intento de eliminar lo psíquicamente malo, los efectos del odio en la fantasía inconsciente, y luego el odio mismo, de modo tal que sólo le quedara la capacidad de amar. A la larga llegó a tenerle menos miedo a su odio y pudo usarlo como fuente de energía para el trabajo y el juego. Si se le hubiera podido ofrecer el análisis en el momento de los temores de su niñez temprana, se le habrían ahorrado treinta años de preocupaciones obsesivas.</p>
<p>Vemos, pues, que si bien puede confiarse en los médicos hasta cierto punto para que brinden a sus pacientes una ayuda temporaria (doy por sentado que los ayudan en cuanto a su enfermedad física), no son mejores que cualquiera otra clase de individuos en lo tocante a brindar comprensión de las fuerzas inconscientes operantes que determinan la conducta. Para los médicos es tan difícil como para cualquiera creer en la fantasía inconsciente y aceptar cosas tales como un sentimiento inconsciente de culpa, que cumple un papel tan destacado en la vida de la mayoría de los niños, así como de sus padres y maestros. Ni siquiera tengo la esperanza de que llegue el día en que los médicos puedan servir a la humanidad de esta nueva manera. Por supuesto, habrá un número cada vez mayor de médicos y maestros (y padres, debo añadir) que, gracias a haber tenido una experiencia directa de psicoanálisis y a su formación en una escuela psicoanalítica bastante exigente, estarán en condiciones de tratar de solucionar los problemas individuales y aun de dar consejos. Pero no es dable esperar más. Mi opinión es que la tendencia actualmente vigente no ha de dar buenos frutos. Es corriente que los médicos, los maestros y los padres &#8220;sepan un poco de psicoanálisis&#8221;. Esta tendencia no puede ser positiva, porque se aproximan a la psicología de lo inconsciente debido al temor a su propio inconsciente, o, si prefieren, por falta de confianza en su capacidad intuitiva, y si este temor lo lleva a uno a la psicología pero no al análisis del origen del temor, el resultado será una solución de compromiso entre la comprensión y la ceguera. Quizás algo se haya llegado a ver, pero con el fin de que otra cosa permanezca oculta.</p>
<p>El maestro en condiciones de tratar con el progenitor que ha leído acerca de lo inconsciente no es el que también ha leído algún libro sobre el tema, sino más bien el que posee una comprensión intuitiva profunda de la naturaleza humana, experiencia con las relaciones internas y externas, capacidad de ser feliz y de disfrutar de la vida sin negar su seriedad y sus dificultades. Un maestro así puede haber resuelto profundizar su comprensión y desarrollar mejor sus talentos naturales sometiéndose a un análisis; eso lo sé, lo comprendo y creo en ello. En lo que no puedo creer es que el aumento de la comprensión será el resultado de adquirir una jerga psicológica o incluso del estudio serio de la bibliografía psicoanalítica, que es mayoritariamente técnica y sólo pueden aplicarla de forma adecuada quienes están dedicados efectivamente a la práctica psicoanalítica.</p>
<p>Se necesita mucha comprensión natural y paciencia para entender lo que una madre realmente quiere decirnos cuando nos habla de su niño en términos de complejos e inhibiciones. Pero no debe olvidarse que por lo común la madre posee -y es la única que lo posee- un conocimiento valioso sobre la evolución del niño desde su nacimiento, lo que posibilita comprender al niño en el presente (más allá de que se lo analice o no). Como médico, en reiteradas oportunidades me topé con niños cuyas enfermedades o síntomas fueron totalmente mal diagnosticados debido a que el médico menospreció a la madre considerándola un testigo ineficiente. Es cierto que la madre añade a su volubilidad ansiosa o culpógena toda una serie de términos mal digeridos, pero esa misma madre es en definitiva la que conoce y puede darnos los detalles de la infancia y primeros años de la criatura en su secuencia apropiada, y en una forma que a la postre vuelve al diagnóstico claro como la luz del día. &#8220;El niño estaba bien hasta que lo desteté; desde entonces perdió el apetito, y tardó mucho en alimentarse solo y en masticar&#8221;: esto nos dice muchísimo. &#8220;El niño era normal hasta los tres años, cuando se convirtió en un chico malhumorado, con terrores nocturnos y ciertas fobias&#8230; Sí, fue justamente cuando yo estaba panzona con mi próximo hijo.&#8221; &#8220;El niño estuvo feliz hasta los dos años y medio, cuando el nuevo bebé tuvo una grave enfermedad y murió. Desde entonces ha sido un chico muy serio, y no disfruta de la comida como los otros chicos.&#8221; Todos estos pormenores son inestimables.</p>
<p>Tal vez el dilema sea enviar al niño a la escuela y a que juegue y disfrute de la vida, o tenerlo en cama durante seis meses porque podría sufrir una cardiopatía reumática. Con frecuencia, el examen físico del niño no resuelve el problema, pero una buena historia clínica, bien seleccionada a partir de lo que dice la madre, es capaz de establecer el diagnóstico y decidir el destino de la criatura.</p>
<p>Si esto es válido para los médicos, lo es también para los directores de escuela. Si los directores y las directoras tuvieran tiempo, imagino que les gustaría contar con una historia detallada de la infancia y la niñez temprana de cada alumno nuevo, y la consultarían cada vez que el niño cobrara prominencia como candidato para recibir un premio o promoción, como delincuente infantil o juvenil, como posible celador del curso, como caso para la enfermería, por su contumacia o sus estallidos de furia, etcétera. Un director hace más o menos esto cuando selecciona a sus muchachos: les niega el ingreso a aquellos de quienes piensa (por sus antecedentes familiares, posición social o informes de otras escuelas) que no son adecuados para su tipo particular de colegio. Cuando elimina a los delincuentes potenciales elimina a niños, algunos de los cuales fueron hijos no queridos desde el vamos o padecieron graves traumas emocionales, seducciones, etcétera, a una tierna edad.</p>
<p>Una historia cuidadosa de los primeros años mostraría de qué niño pueden esperarse períodos de depresión, durante los cuales todo empeño por obligarlos a alimentarse, jugar o ser felices será vano o dañino. Dicha historia nos diría qué niños serán previsiblemente tímidos y sufrirán abusos de sus compañeros, o sea cuáles tendrán que enfrentarse con una cuota mayor que la habitual de fantasías persecutorias, y por ende pueden necesitar protección frente a un maestro muy duro, el cual quizá sea perfectamente adecuado para otro tipo de  niño. Esa historia nos daría también algún indicio en cuanto a los niños a quienes debe darse la oportunidad para una descarga directa de sus impulsos de odio (juegos en que se patee, muerda, mate, etcétera) y, en cambio, cuáles otros requieren más ayuda para la reparación y la restitución -la creación o recreación, más bien  que la recreación, la compensación en la realidad externa del daño producido por los impulsos de odio en la realidad interna o en las fantasías inconscientes profundas-. Este último tipo de niño, sobre todo si tiene talento para alguna variedad de arte, suele necesitar muy poco despliegue o actividades agresivas directas, y hasta le molestan estos juegos. (¿No es ésta, acaso, la solución culturalmente más avanzada frente al problema del odio inconsciente? Pero a esos niños no se los hace así, son así cuando vienen a vernos y ya llevan consigo la capacidad de sufrir la depresión, que es la más noble enfermedad humana.)</p>
<p>Estas elecciones y selecciones, y muchas más, el director de escuela avezado las realiza en un abrir y cerrar de ojos cuando entrevista al futuro alumno y sus padres. A veces me pregunto qué pasaría si se tomaran notas serias de la historia temprana del niño, cuidadosamente extraídas de la madre. ¿Se tornaría ésta suspicaz? Pero no hay duda de que si el médico le pide estos datos a la madre, demostrándole así, y demostrándose a sí mismo, el importante papel que ella ha cumplido en ese drama, se gana su confianza; en tanto que el médico que deja de lado a la madre y todo su saber especial acumulado tendrá que ser un excelente cirujano o curandero para obtener su cooperación o conservar su buena disposición.</p>
<p>Podría seguir enumerando durante horas la forma en que un médico podría ayudar al maestro o a los padres. Por desgracia, los médicos no han recibido formación en la psicología de lo inconsciente, y por consiguiente son en su mayoría incapaces de prestar la ayuda que ahora describiré, pero en aras de la simplicidad ignoraré este punto.</p>
<p>Los niños que tienen a su cuidado difieren de otros niños en tal o cual aspecto. A veces, uno nota diferencias extremas y se pregunta dónde termina lo normal y dónde empieza lo anormal. Un niño es más inteligente que otro, pero un tercero está siempre en el primer puesto de la clase. En este último, lo que nos impacta es su temor de no ser el primero, su temor a fracasar o a recibir de su maestra cualquier cosa que no sea un elogio. El éxito de este niño es un síntoma; a los niños más normales a veces les va mal. Tiende a esforzarse en demasía y se necesita mucha visión para guiar al niño a través de su vida escolar. El médico debería ser capaz de analizar con el maestro los problemas vinculados al precario éxito de ese niño. Sin duda, al médico no puede hacérselo a un lado, pues hay enfermedades (el mal de San Vito, por ejemplo) a las que dichos niños parecen particularmente propensos a raíz de una tensión emocional que no pueden evitar. Es lamentable que tan pocos médicos sean capaces de apreciar el complejo problema psicológico involucrado. Es fácil decir: &#8220;Hay que dar al niño un período de ocio forzado&#8221;. Para empezar, un día tendrá que ganarse la vida, probablemente con su cerebro, y pasarse sin estudiar un período lectivo en un momento crítico puede ser una seria desventaja en su futura competencia con otros niños no menos ansiosos (posiblemente todos ellos quieran ser maestros, a fin de enseñarles a otros a trabajar tan duro como lo tuvieron que hacer ellos). Luego están los efectos que puede tener en un niño así un ocio o un fracaso obligados. Como no se trata la angustia que subyace a su necesidad de elogio y de éxito, durante su período de ocio ese niño puede sufrir intensamente, tener graves manifestaciones de angustia o desarrollar alguna nueva técnica para evitarla, como la construcción de ideas obsesivas, la masturbación compulsiva o la invalidez. O tal vez se deprima. Cuando deben tratar a un niño de estas características, el médico, el maestro y los padres tienen una maravillosa oportunidad para una cooperación inteligente.</p>
<p>Por otro lado, aunque hay chicos mejores que otros en aritmética, un tercero padece una inhibición frente a las sumas (dolencia muy común en verdad, y no menos enfermiza que un dolor de garganta). El médico debe poder ayudar al maestro a decidir a qué niños hay que tratar con indiferencia, con disciplina o con psicoanálisis por su retraso en aritmética. Lo mismo cabría decir de la dificultad para hacerse de amigos (que puede significar tanto o tan poco), de la tendencia a no saber respetar las reglas del juego, de la obsesión por los helados, de la desmesurada necesidad de tener algún dinero o de desplegar la riqueza que se posee. El médico debe ser capaz de comprender los factores que están por debajo del ansioso deseo del niño de explorar tal o cual avenida del placer sensual, o todas ellas, y por cierto no sólo debe estar capacitado para examinar el corazón y los pulmones, sino también para aconsejar respecto de la necesidad de castigar al niño o de tratarlo por las cosas que no hace. Por supuesto, rara vez se tiene la posibilidad de tratarlo, pero en una conferencia como ésta, donde se examinan los ideales, no necesito disculparme si soy poco práctico. Y por otra parte, ¿quién sabe? Como consecuencia de mi charla acaso alguno de ustedes aconseje a un joven que siga la formación psicoanalítica, con lo cual se agregaría uno más a la pequeña banda de los capaces de tratar a un niño que padece una dolencia psíquica.</p>
<p>Hay sin duda un movimiento en la dirección que señalo, pero la grave falta de personas adecuadamente adiestradas para tratar a los niños que requieren tratamiento muy pronto desalienta a los médicos y los maestros que alcanzan alguna vislumbre de comprensión en estas cuestiones. Y a un progenitor le ayuda poco y nada decirle que su hijo debería tratarse pero no es posible hacerlo. Desde luego, hay centenares de personas dispuestas a intentar lo que se llama &#8220;orientación infantil&#8221;, o a mandar asistentes sociales para que sigan las huellas de los padres, o a determinar los coeficientes de inteligencia, pero, lamento decirlo, en nuestra búsqueda de individuos capaces de tratar con eficacia a los niños puede prácticamente dejárselos de lado. No sólo los niños de los barrios pobres, los niños descuidados, sino también nuestros propios hijos necesitan un tratamiento de gran complejidad técnica, pero aunque podría aprenderlo cualquier individuo de inteligencia media y de carácter estable, dicho tratamiento no está disponible. Los maestros, los padres y los médicos están cooperando con el objeto de crear una demanda de esos profesionales.</p>
<p>En los minutos que me quedan antes del debate me explayaré un poco sobre el tema acerca del cual he atraído especialmente la atención de ustedes, el tema de la pauta de fantasías persecutorias (fundamentalmente inconscientes) que causa tantos trastornos a ciertos niños y origina, de forma indirecta, tanta incomprensión entre padres y maestros. Quisiera hacerles recordar, además, que padres, maestros y médicos tienen los mismos problemas con diversos tipos y grados de estas fantasías en sí mismos, y no hay nada más sencillo que el hecho de que la pauta de fantasía de un individuo (un niño, digamos) evoque la pauta de fantasía complementaria de otro con el cual aquél tomó contacto. Esto equivale a decir que si en la escuela hay un  chico matón o prepotente, el que sufrirá las consecuencias será el niño o niña que está esperando para ser tratado con prepotencia. Más aún, la introducción experimental en una escuela de un niño dispuesto a ser maltratado tiene como resultado seguro el surgimiento de un matón y, desde luego, de los protectores de los débiles y los admiradores y acólitos del matón. Para mantener la paz, un director de escuela tiene que ocuparse tanto de evitar que entren en ella los matones como de que entren las víctimas potenciales.</p>
<p>El niño típico no pierde contacto con los sentimientos que corresponden a las fantasías inconscientes, los cuales fácilmente se encauzan hacia un saber devorador, hacia los juegos de guerra y prisioneros, o a aquel en que se imita a la directora estricta y los alumnos dóciles (juego favorito de las niñas pequeñas), así como a los juegos establecidos convencionales. Pero cuando las fantasías resultan más aterradoras para quien las tiene, o han sido más profundamente reprimidas, los sentimientos correspondientes no están disponibles para su expresión indirecta en el trabajo o el juego infantiles, ni lo estarán más adelante para su expresión en las tareas del adulto. Un chico así desfavorecido puede ser particularmente atractivo para el observador casual o sentimental, a quien le encantará ver que no hay en el niño signo alguno de la agresividad o el odio ordinarios. El médico debe poder ayudar al maestro y a los padres a distinguir a un chico de esta índole de aquel otro de aspecto similar pero cuya falta de despliegue de juegos de odio es parte de su apego natural a los objetos internos, a las cosas y las personas de su realidad interna, y que probablemente tenga algún talento que le permite contactarse con la realidad externa a través de su modo especial de abordar los conflictos interiores, dado que nosotros, en su realidad externa, lo valoramos por sus escritos, sus poemas, sus obras o ejecuciones musicales, sus dibujos o pinturas, etcétera. Estos tipos de niños pueden estar teóricamente relacionados, y uno puede trocarse en el otro, pero en tanto que uno necesita urgente tratamiento, al otro puede dejárselo librado a que genere su propia salvación. Mi opinión es que ni el maestro ni el padre pueden formarse un juicio adecuado sobre estos problemas por sí solos, y en cambio con la consulta y la ayuda de una tercera persona comprensiva (llamémosle el médico) a menudo les es posible llegar a una conclusión muy clara.</p>
<p>A fin de aclarar este punto, citaré el caso de una niña de once años, muy suave y delicada, traída a consulta porque era algo más nerviosa que los demás niños de la familia. Tenía un dulce temperamento, pero nadie se le podía acercar realmente, y carecía de amigas íntimas.</p>
<p>La maestra se mostró sumamente perspicaz; me dijo: &#8220;Mire, doctor, yo también soy muy nerviosa, y de chica era terriblemente nerviosa, y comprendo a los chicos nerviosos. He tenido chicos que vinieron temerosos de todo lo que pasaba en su casa, y después de algunas semanas conmigo cobraron confianza y pudo encaminárselos perfectamente hacia la normalidad&#8221;. (El cuadro que trazó de sí misma me fue luego confirmado por otras fuentes; como maestra, tenía un éxito particular con los niños nerviosos.) &#8220;Pero -prosiguió- esta chica es diferente de todos los demás; aparenta ser afable y de buen talante, pero no reacciona. No puedo entender por qué, y realmente me molesta no poder ayudarla.&#8221;</p>
<p>En mi contacto preliminar con la niña no pude establecer un diagnóstico claro, pero durante su psicoanálisis (que fue realizado por un amigo mío a quien la mayoría de ustedes conocen) se encontraron profundas fantasías inconscientes que contenían perseguidores de fuerza excepcional, a punto tal que si la niña había conseguido evitar los delirios de persecución (externamente real) fue gracias a sus constantes y duros esfuerzos. Había mantenido una apariencia de normalidad, pero no pudo permitir que los sentimientos de sus fantasías profundas ingresaran en el goce del juego o la búsqueda del saber. Si alguien se mostraba particularmente amable con ella, interpretaba que le estaba tendiendo una trampa. De ahí que &#8220;no reaccionara&#8221;.</p>
<p>A medida que avanzó el análisis y fueron analizadas estas ideas persecutorias, se volvieron menos fuertes, menos aterradoras y reprimidas, y su energía quedó disponible para el trabajo y el juego normales. Se transformó en una escolar común, dichosa, que disfrutaba del juego y del trabajo y era normalmente traviesa; dicho sea de paso, pasó a ser la segunda madre de los niños más pequeños de la gran familia de su madre.</p>
<p>Vi a la maestra cuando el tratamiento se acercaba a su fin, y se había olvidado de sus sentimientos de un año atrás. Todo lo que pudo decirme es que la niña era enteramente normal y feliz, de hecho una de las más responsables de su clase; no se le ocurría por qué había sido sometida al tratamiento.</p>
<p>Este caso ilustra el de los niños que necesitan tratamiento, a diferencia del artista o poeta escolar, quien sólo precisa permiso para seguir su camino, deprimirse, o bien deprimirse y exaltarse alternadamente, y alguna persona competente que critique sus producciones.</p>
<p>Los niños que se debaten con fantasías persecutorias internas pueden ser impulsados por el temor a entrar en una relación con otros niños en la que sensualizan su sufrimiento y sometimiento. Buscan y encuentran a alguien que es llevado por el temor a la sensualización de la crueldad o el dominio. Se meten fácilmente en problemas y a veces hay que expulsarlos de la escuela, pero en realidad están enfermos. O tal vez se manejen bastante bien hasta quedar involucrados (quizá por accidente) en algún complot o aventura. Los demás participantes en la travesura son castigados y luego el mundo vuelve para ellos a la normalidad; pero en el caso de los niños que estamos examinando, queda destapado un depósito de sentimientos de culpa. Pueden enfermar de diarrea o tener ataques de hígado, o el temor los llevará a atacar a una persona de autoridad o dañar los edificios escolares. Estas manifestaciones de temor necesitan ser encaradas con suma habilidad.</p>
<p>Pero la tarea del maestro al ocuparse de estos trastornos manifiestos es leve en comparación con la que tiene al ocuparse de los ocultos. Los niños asediados por fantasías inconscientes persecutorias anormalmente intensas suelen ingeniárselas para pasarla bastante bien en la escuela, pero llevan a su hogar historias según las cuales fueron maltratados o descuidados allí. Aquí interviene el médico. A menudo los médicos son consultados por padres que quieren contar con su apoyo para hacer frente a maestros crueles, en especial en las grandes ciudades, donde los padres se sienten permanentemente vigilados por la ley bajo la forma del &#8220;inspector escolar&#8221; (1). Si el niño les relata a los padres con lujo de detalles de qué manera es maltratado en la escuela, ¿qué pueden ellos creer?</p>
<p>He investigado personalmente muchos de estos casos y llegué a la siguiente conclusión: gran número de estas acusaciones de los niños son ciertas. El hecho es que los niños que describo suscitan los peores aspectos de sus maestros; tienen una gran necesidad interna de encontrar y probar en la realidad externa una relación de &#8220;crueldad y sufrimiento&#8221; donde puedan depositar sus fantasías, que amenazan con convertirse en ideas delirantes. Si uno indaga un poco, probablemente comprobará que el maestro no tiene problemas con los demás niños, ni es en general una persona cruel; o si lo es, rara vez el niño que se queja de ello es normal en este aspecto particular de mi presente tesis.</p>
<p>La comprensión de la psicología inherente a las quejas por maltratos de los maestros y el reconocimiento de la intensidad de las fuerzas que operan bajo la superficie suelen posibilitar que uno genere cambios temporarios o incluso permanentes. En algunas circunstancias basta con hacer alguna broma respecto del maestro, o sea dar al niño y a sus padres permiso para reírse del monstruo detestable, ya que la risa es una forma legítima de odio.</p>
<p>Si las dificultades son más serias tal vez se precise un cambio de clase, lo que equivale a una capitulación parcial frente al niño. En los casos extremos, reaparecerán las persecuciones o habrá ideas delirantes fácilmente comprobables. Los maestros y los médicos no tienen que perder el tiempo buscando un procedimiento correcto para estos niños gravemente enfermos, que por supuesto necesitan tratamiento.</p>
<p>Más allá de estas quejas graves, se hallará toda clase de quejas sobre las normas y las reglamentaciones, sobre la inhumana rigidez de las reglas y las convenciones, y sobre los castigos. A veces los que más se quejan son los niños que más necesitan el alivio que brindan estas reglas y castigos a los sentimientos de culpa.</p>
<p>Nuevamente, un médico comprensivo puede hacerle entender al progenitor lo que sucede, y así salvar al maestro de vituperaciones perturbadoras.</p>
<p>Confío en que me perdonarán haber vagabundeado por el país que me pidieron que les describiera, en lugar de viajar sistemáticamente por él. Por cierto que no intenté trazar ningún mapa. Podrán señalarme muchos monumentos históricos que no hemos visitado y cantinas de cuya buena cerveza no hice la alabanza; sólo espero que hayan encontrado en mi descripción algo que les despertase recuerdos del vasto conocimiento que ustedes ya poseen sobre el territorio que abarcan las palabras &#8220;El maestro, los padres y el médico&#8221;.</p>
<p>Notas: (1) Representante de la autoridad educativa cuya función consistía en asegurar que los niños en edad escolar asistieran a la escuela.</p>
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		<title>Freud por Siempre &#8211; Entrevista con Jaques Lacan</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jun 2012 13:27:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<h4 align="left">Por Granzotto / Lacan<img class="alignright size-thumbnail wp-image-868" title="Lacan" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2012/03/Lacan-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></h4>
<h6 align="left">Acercamos una entrevista realizada a Lacan por el periódico italiano Panorama. La misma fue realizada en los comienzos del dictado del seminario R.S.I., perteneciente a lo que muchos llaman “la última enseñanza de Lacan”. Pero, ¿existe un progreso en la obra de Lacan?, ¿hay una especie de evolución: un primer, un segundo y último Lacan? Luego de leer esta entrevista, el lector podrá sacar sus propias conclusiones…</h6>
<p><span class="m" id="more-1031"></span><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
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<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div></p>
<h4 align="center">Entrevista de Jacques Lacan con Emilia Granzotto para el periódico Panorama, en Roma, el 21 de noviembre de 1974.</h4>
<h6>El malestar de la civilización moderna. La dificultad de vivir. El miedo y el sexo. La palabra como tratamiento de la neurosis. La angustia de los científicos. El psicoanalista viviendo lo más paradojal expone su doctrina y las razones de su fidelidad al maestro.</h6>
<h6><em> Jacques Lacan, 73 años, parisino, psicoanalista. Apóstol de Sigmund Freud. Se define como un &lt; freudiano puro&gt; y ha fundado en París una escuela freudiana que repropone infatigablemente, desde hace veinte años el retorno a las doctrinas del maestro y su relectura “en sentido literal”. Es considerado como herético del psicoanálisis oficial que lo acusa de histrionismo (Emilio Servadio, Presidente del Centro Psicoanalítico de Roma, lo ha definido como “profeta de opereta” y lo ha expulsado de instituciones y sociedades). </em></h6>
<h6><em>Es venerado como un dios por sus seguidores, para los cuales él es “un genio que comunica por flashes”. Políticamente de izquierda, próximo al grupo marxista maoísta que dirige la revista Tel quel. Padre espiritual, se ha dicho, de todos los izquierdistas franceses. Es igualmente un personaje legendario por el tono de profeta con el cual él despliega sus escritos, incomprensibles para cualquiera que no conozca profundamente los misterios del psicoanálisis, definido, en uno de sus ensayos, “como nada más que un artífice al cual Freud ha dado los fundamentos estableciendo que su conjunto engloba la noción de tales fundamentos”.</em></h6>
<h6><em>Sus conferencias y lecciones de los miércoles en la Facultad de Derecho de la Sorbonne son seguidas por una multitud de auditores, a pesar del lenguaje hablado tan confuso, así como sus escritos. El mismo dice: “Yo hablo a media palabra, es conocido, y al final nadie comprende nada.”.</em></h6>
<h6><em>Mezcla palabras muy complejas (homeostasis, anamorfosis, afánisis) con neologismos que inventa a quemarropa (el más célebre es ser hablante, sea el ser hablante, sea el hombre). Utiliza indiferentemente términos de jerga o directamente eufemismos buenazos al límite del ridículo; el falo, protagonista y dios feroz de la religión psicoanalítica, deviene simplemente e irónicamente en el lenguaje de Lacan, pito. </em></h6>
<h6><em>Bajo, cabello gris corto cepillado y siempre cuidadosamente peinado, una vaga semejanza que no le desagrada con Jean Gabin, ese monstruo sagrado de la cultura francesa se viste siempre como un dandi: camisa blanca bordada, cerrada al cuello con una banda abotonada como los sacerdotes, saco de terciopelo color ciruela o damasco por lo cual el tejido reúne lo brillante y lo mate.</em></h6>
<h6><em>En su consultorio de la calle 5 de Lille, con su sofá imperio, Lacan recibe él Todo- París que cuenta. </em></h6>
<h6><em>Lacan se proclama estructuralista, está convencido que lingüística y psicoanálisis son hermanas, y que los analistas “deberían tener una cultura sociológica, lingüística y metafísica”. Sus ensayos están compilados en un volumen que se titula Escritos, ha vendido decenas de miles de ejemplares. </em></h6>
<h6><em>Panorama le ha solicitado a Lacan hablar de psicoanálisis, de sus métodos, en la técnica y la doctrina.</em></h6>
<h6 align="right">Emilia Granzotto</h6>
<p align="center">***</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Profesor Lacan,  se escucha hablar más y más a menudo de la crisis del psicoanálisis: se dice que Sigmund Freud está  superado, la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina no alcanza a comprender al hombre ni a interpretar a fondo  su relación con el ambiente, con el mundo&#8230;</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Son historias. En primer lugar: la crisis, no existe. No está, el psicoanálisis, al contrario,  no ha alcanzado  del todo sus límites. Hay aún muchas cosas para descubrir tanto en la práctica como en la doctrina.  En el psicoanálisis  no hay solución inmediata, sino solamente la larga  y  paciente investigación acerca de los porqués. En segundo lugar: Freud. ¿Cómo se lo puede  juzgar como superado si no lo hemos  comprendido enteramente? Lo que sabemos es  que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él, problemas&#8230; del inconsciente hasta la importancia  de la sexualidad, del acceso a lo simbólico al sujetamiento a las leyes del lenguaje.</p>
<p>Su doctrina ha puesto a la verdad en cuestión, un asunto que concierne a cada uno personalmente. Nada que ver con una crisis. Repito: estamos lejos de los objetivos de Freud. Es porque  su nombre ha servido para cubrir muchas cosas que  ha habido desviaciones, los epígonos no han seguido siempre fielmente el modelo, eso ha creado la confusión.</p>
<p>Después de su muerte en 1939, algunos de sus alumnos pretendieron hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas  pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivo, la readaptación del individuo a su entorno social. Es decir, la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.<br />
Él mismo lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres  tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy día  poco importa quién  tiene las responsabilidades de gobernar y todo el mundo se pretende educador.  En cuanto a los  psicoanalistas,  ¡ay!, por desgracia prosperan como los magos y los curanderos. Proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Qué exactamente?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Lo defino como un síntoma, revelador del malestar de la civilización en la cual vivimos.  No es ciertamente una filosofía, yo aborrezco la filosofía, hace ya tiempo que ella  no dice  nada interesante.  No es tampoco una fe y tampoco  me va  llamarla ciencia. Digamos que es una práctica que se ocupa de  aquello que no anda, terriblemente difícil ya que  pretende introducir en la vida cotidiana al imposible y al imaginario. Hasta ahora, ha obtenido ciertos resultados, pero no dispone aún de reglas y  se presta a toda suerte de equívocos.</p>
<p>No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, tanto sea  en relación a la medicina, o a la psicología o a las ciencias afines. Es asimismo muy joven. Freud murió apenas hace 35 años. Su primer  libro, “La interpretación de los sueños” fue publicado en 1900 y con muy poco éxito. Creo que  fueron vendidos unos 300 ejemplares en aquellos años. Tenía pocos alumnos que  pasaban por locos y ellos mismos  no estaban de acuerdo acerca de la manera de poner en práctica  y de interpretar aquello que habían adquirido.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Qué es lo que no anda en el hombre hoy en día?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Hay una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera  hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta dónde se puede llegar arrastrando esa fatiga, ese malestar de la vida.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Qué es lo que empuja a la gente a analizarse?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> El miedo. Cuando al hombre le llegan las cosas, incluso las cosas que ha querido, que no comprende, tiene miedo. Sufre de no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo deviene enfermo del miedo de estar enfermo sin estarlo realmente. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza&#8230; pensamientos que  no se pueden controlar, fobias en las cuales formas y objetos  adquieren significaciones diversas y espantosas.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Por ejemplo?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> El neurótico llega a sentirse empujado por una necesidad espantosa de  tener  que verificar docenas de veces  si la canilla  está cerrada de verdad o si tal cosa está  bien en su lugar, sabiendo con certeza que la canilla  está como debe estar y que la cosa está en su lugar. No hay pastilla que cure eso. Tú debes  descubrir por qué  eso te llega y saber  lo que eso significa.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Y el tratamiento?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> El neurótico es  un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: “asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro”. El psicoanalista no tiene mas remedio que ser  el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto profundo  sino más bien que es inaccesible a la profundización  consciente. Y decía también que en ese inconsciente “ello  habla”: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Palabra de quien? ¿Del enfermo o del analista?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> En el psicoanálisis, los términos “enfermo, médico, medicina” no son exactos, no son utilizados. Incluso las fórmulas pasivas  que son utilizadas habitualmente no son justas.  Se dice “hacerse psicoanalizar”. Es falso. Aquel que hace el trabajo en análisis es aquel que habla, el sujeto analizante mismo si el lo hace según el modelo sugerido  por el analista que le indica cómo proceder y lo ayuda con sus intervenciones. Las interpretaciones  que les son proporcionadas parecen dar sentido en un primer abordaje a aquello que el analizante dice.</p>
<p>En realidad la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas  por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es el de mostrarle a través de su propio relato que su síntoma, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, que  está desanudada de todo sentido. Incluso, si en apariencia es real, él no existe.</p>
<p>Las vías por las cuales esta acción de la palabra  procede pide  mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la ponderación son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber  ponderar la ayuda que se le da al analizante;  es por esto que el psicoanálisis es difícil.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: “el retorno a Freud”. ¿Qué significa eso?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Exactamente eso que es dicho. El psicoanálisis es Freud.  Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal. He fundado en París una escuela freudiana justamente  para eso. Hace  20 años o más que vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud simplemente significa  despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenología existenciales por ejemplo tanto como del formulismo institucional de las sociedades analíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer Freud quiere decir solamente releer Freud. Aquel que  no hace esto en psicoanálisis, utiliza formas abusivas.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Pero Freud es difícil. Y Lacan, dicen, lo torna incomprensible. Se le reprocha a Lacan  hablar y sobre todo escribir de tal manera que solamente aquellos iniciados pueden esperar comprender.</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en  nubes de humo. Yo me pregunto el porqué. A propósito del análisis, respeto conjuntamente con Freud que  sea “el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entre en el real”. ¿No está claro? Pero el psicoanálisis no es una cosa simple.</p>
<p>Mis libros tienen reputación de incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me he preocupado ni  un instante de complacer a algunos lectores. Tengo cosas para decir y las digo.  Me es suficiente tener un público que lee, y si no comprende, paciencia.  En cuanto al número de lectores, tengo mas chance que Freud. Mis libros son  muy leídos; estoy asombrado por eso.</p>
<p>Estoy convencido que  dentro de 10 años  como máximo, quien me lea  me encontrará transparente como una buena jarra de cerveza. Es posible que entonces se diga: ¡ese Lacan, es banal!</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Cuáles son las características del lacanismo?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Es un poco apresurado  decirlo ya que el lacanismo no existe aún. Se percibe apenas un olor, como un presentimiento.</p>
<p>Sea lo que sea, Lacan es un señor que practica  el psicoanálisis hace 40 años y que estudia desde hace más tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en uno de mis libros que “ aquello a lo cual nos devuelve el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el que somos, si se puede decir, nacidos  por  segunda vez, saliendo del estado llamado justamente infans, sin palabra”.</p>
<p>El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento  del discurso concreto universal. Es el mundo de las palabras que creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el devenir  del todo. Solamente las palabras  dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría. ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?</p>
<p>Mi idea es que Freud al enunciar en sus primera obras (“La interpretación de los sueños”, “Mas allá del principio del placer”, “Tótem y tabú”) las leyes del inconsciente formuló, como precursor de su tiempo, las teorías con las cuales algunos años mas tarde Ferdinand de Saussure  abrió el camino de la lingüística moderna.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Y el pensamiento puro?</p>
<p><strong>Lacan:</strong><strong> </strong>Sometido, como todo el resto, a las leyes del lenguaje, solamente las palabras pueden introducir y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no daría un paso hacia el frente en las investigaciones  acerca del pensamiento. Del mismo modo para el psicoanálisis. Sea cual sea la función que quisiéramos atribuirle, agente de cura, de formación o de sondeo, no hay más que un medium del que se sirve: la palabra del paciente. Y  cada palabra pide respuesta.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿El análisis como diálogo? Hay gente que lo interpretan  sobretodo como un sucedáneo laico de la confesión&#8230;</p>
<p><strong>Lacan:</strong>  ¿Pero qué confesión? Al psicoanalista no se le confiesa nada. Se va a decirle simplemente todo lo que se  le pasa por la cabeza. Palabras precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis, es el del hombre como animal parlante. Es asunto del analista el poner en serie las palabras que escucha y de darle  un sentido, una significación. Para realizar un buen análisis, hace falta un acuerdo, una afinidad entre el analizante y el analista. A través de las palabras de uno, el otro  busca hacerse una idea de lo que se trata y a encontrar más allá del síntoma aparente, el difícil nudo de la verdad.  Otra función del analista es la de explicar el sentido de las palabras para hacer  comprender al paciente  acerca de lo que puede esperar del análisis.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Entonces es una relación de una extrema confianza.</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Sobre todo un intercambio, en el cual lo importante es que uno habla y el otro escucha. Aún en silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Da solamente las respuestas que hace falta dar a las preguntas que suscitan sus buenas ganas. Pero  a fin de cuentas, el analizante va siempre  a donde el analista lo lleva.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Eso es la cura. ¿Y acerca de las posibilidades de curación? ¿Se sale de la neurosis?</p>
<p><strong>Lacan:</strong><strong> </strong>  El psicoanálisis tiene éxito cuando  vacía el campo  tanto del síntoma como del real, y así  llega a la verdad.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Podría explicarme  ese concepto de una manera menos lacaniana?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Yo llamo síntoma  a todo aquello que viene del real. Y el real es todo aquello que no anda, que no funciona, eso que hace obstáculo a la vida del hombre y a la afirmación de su personalidad. El real vuelve siempre al mismo lugar, se lo encuentra siempre allí con las mismas manifestaciones. Los científicos disponen de una bella fórmula: que no hay nada de imposible  en el real. Hace falta ser un caradura para  hacer afirmaciones de ese género, o bien como yo lo sospecho, una ignorancia total acerca de lo que se hace y de lo que se dice.  El real  y el imposible son antitéticos;  no pueden estar juntos. El análisis empuja al sujeto hacia el imposible, le sugiere considerar el mundo  como es verdaderamente, es decir  imaginario y sin ningún sentido. Mientras que el real, como un pájaro  voraz, no  hace otra cosa que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido.</p>
<p>Se escucha  siempre  repetir que hay que darle un sentido a esto o a aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero de la vida  no sabemos nada de nada, cómo  se sofocan los científicos por explicar.  Mi miedo es que por  culpa  de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera.  La ciencia está en tren de  sustituir  a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> ¿Qué relación guardan entre sí hoy día la ciencia y el psicoanálisis?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Para mí la única ciencia verdadera, seria para seguir es la ciencia ficción. La otra, aquella que es oficial, que tiene sus  altares  en los laboratorios, avanza  a tientas y a locas y comienza  a tener  miedo de su sombra.  Pareciera que a los científicos también les llegó el momento de angustia. En sus laboratorios asépticos revestidos de sus  guardapolvos  almidonados, esos viejos niños que juegan con  cosas desconocidas, manipulando aparatos siempre más complicados e inventando fórmulas siempre  más oscuras, comienzan a preguntarse qué es lo que  podrá sobrevenir mañana y  qué terminarán aportando sus investigaciones siempre novedosas.  En fin, digo. ¿Y si es demasiado tarde? Se llamen biólogos, físicos, químicos, para mí están locos.</p>
<p>Solamente por el momento, mientras están en vías de destruir el universo, les  viene al espíritu preguntarse si por azar eso que hacen no sería peligroso.  ¿Y si todo saltara? ¿Y si las bacterias tan amorosamente elevadas en  los blancos laboratorios se trasmutasen en enemigos mortales?  ¿Y si el mundo fuera  barrido por una horda de esas bacterias  con todo lo merdoso que lo habita, comenzando por los científicos de los laboratorios? Hay tres  posiciones imposibles  dichas por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar. Agregaría una cuarta: la ciencia. Tan cerca como las demás,   los científicos  no saben que están en  una posición insostenible.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Es una definición bastante pesimista de aquello que comúnmente se llama progreso.</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Para nada, no soy para nada pesimista. No llegará a nada, por la simple razón de que el hombre es un bueno para nada, incapaz de destruirse a sí mismo.  Una calamidad total promovida por el hombre, eso lo encontraría personalmente maravilloso. Sería la prueba de que finalmente ha logrado fabricar alguna cosa con sus manos, con su cabeza, sin intervención divina, natural o de otra especie.</p>
<p>Todas  esas bellas bacterias bien nutridas que se pasean por el mundo, como  las langostas bíblicas, significarían  el triunfo del hombre. Pero eso no llegará jamás. La ciencia tiene  su buena  crisis de responsabilidad. Todo reentrará  en el orden de las cosas, como se dice.  Lo he dicho, el real  tendrá  la superioridad como siempre y nosotros estaremos jodidos como siempre.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Otra de las paradojas de Jacques Lacan. Nos lanza no solamente  la dificultad del lenguaje y la obscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, los divertimentos lingüísticos, los acertijos a la francesa y precisamente las paradojas. Aquel que lo escucha o lo lee debe de sentirse desorientado.</p>
<p><strong>Lacan:</strong> No agrado del todo, digo las cosas  muy seriamente.  Salvo que utilice las palabras como lo los científicos, de los que hablamos antes, utilizan sus alambiques y sus gadgets electrónicos. Busco siempre  referirme a  la experiencia del psicoanálisis.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Usted dijo: el real  no existe. Pero el hombre medio sabe que el real es el mundo, todo aquello que lo rodea,  lo que se ve ante el ojo desnudo, se toca, es&#8230;</p>
<p><strong>Lacan:</strong> De entrada rechacemos a este  hombre medio que, él,  para comenzar no existe, es solamente una ficción estadística, existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del hombre de la calle, de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en cuarenta años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es?, ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Hablamos del real, del mundo que todos vemos&#8230;</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Precisamente. La diferencia entre el real, a saber, eso que no va y el simbólico y el imaginario, a saber, la verdad, es que el real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no es, hace falta pensar en todas las cosas banales que  una infinidad de gente estúpida creen que es el mundo. E invito a los amigos de Panorama, antes de acusarme de paradoja,  a reflexionar acerca de lo que acaban de leer.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Siempre  más pesimista se diría&#8230;</p>
<p><strong>Lacan:</strong> No es cierto.  No me coloco entre los alarmistas ni entre los angustiados. Estupendo si un  psicoanalista no ha dejado atrás su estado de la angustia.  Es cierto, hay alrededor de nosotros  cosas horripilantes y devorantes, como  es la televisión,  por la cual la mayoría de  nosotros se encuentra regularmente fagocitada.  Pero es únicamente porque las personas se dejan fagocitar  que llega a inventarse un interés  para  aquellos  que los ven.  Luego hay otros gadgets monstruosos tan devorantes, los cohetes en la luna, las investigaciones  en el fondo del mar, etc, cosas que devoran, pero  no hay de qué hacer  un drama. Estoy seguro que cuando hayamos tenido los cohetes, la televisión y todas las otras malditas  investigaciones para la vida,  encontraremos  otras cosas para ocuparnos. Hay una reviviscencia de la religión ¿no?  ¿Y qué mejor monstruo devorante que la religión, una feria continua con  la cual entretenerse durante siglos como ya ha sido demostrado?</p>
<p>Mi respuesta a todo ello es que el hombre siempre supo adaptarse al mal. El solo real concebible al que tenemos acceso es precisamente este y  hay que  darse una razón. Dar un sentido a las cosas como se dice. De otro modo el hombre no tendría angustia. Freud no habría devenido célebre y yo  no sería profesor del colegio.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Las angustias, ¿son todas ellas  siempre de ese tipo o bien  hay angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a ciertas etapas históricas, a ciertas latitudes?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> La angustia del científico que tiene miedo  de sus propios descubrimientos puede parecer reciente, pero ¿qué sabemos  nosotros  de aquello que  les llegó en otras épocas,  de los dramas de otros investigadores? La angustia del  obrero  remachado a la cadena de montaje como  al remo de una galera, esa es la angustia de hoy día. ¿O  más simplemente  está ligada a las definiciones y a las palabras de hoy?</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Pero ¿qué es la angustia para el psicoanálisis?</p>
<p><strong>Lacan:</strong> Algo que se sitúa en el exterior de nuestro cuerpo, un miedo, un miedo de nada más que del cuerpo &#8211; comprometido el espíritu -pueda motivar. En suma, el miedo del miedo. Mucho de esos miedos, mucha de esas angustias, al nivel donde lo percibimos,  tienen alguna cosa que ver con el sexo.</p>
<p>Freud decía que la sexualidad para el animal parlante que se llama el hombre,  no tiene ni remedio ni esperanza. Uno de los deberes del analista es el de  encontrar en las palabras del paciente el nudo entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.</p>
<p><strong>Panorama:</strong> Ahora que  se coloca al sexo en todas las salsas, sexo en el cine, en el teatro, en la televisión, en los diarios, en las canciones, en la playa, se  oye decir que la gente está menos angustiada concerniente  a los problemas ligados a la esfera sexual.  Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo&#8230;</p>
<p><strong>Lacan:</strong> La sexomanía galopante es solamente un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa  seria que comporta, y lo repito, una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe psicoanálisis colectivo, como no existen angustias o neurosis de masas.</p>
<p>Que el sexo sea puesto a la orden del día y expuesto  en todos los rincones de las calles, tratado de la misma manera que no importa cual detergente en los carruseles  televisivos, no constituye absolutamente promesa alguna de beneficio. No digo que esté mal. Ciertamente, eso  no sirve para asistir a las angustias y a los problemas singulares.  Eso forma parte del mundo, de esa falsa liberación que  nos es proporcionada como un bien acordado desde lo alto por la  susodicha sociedad permisiva.  Pero eso  no sirve al nivel del psicoanálisis.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entrevista en francés: <a href="https://docs.google.com/file/d/0Bwg0cQp_QEwAM3VueVNmVF9XS3M/edit?pli=1#" target="_blank">https://docs.google.com/file/d/0Bwg0cQp_QEwAM3VueVNmVF9XS3M/edit?pli=1#</a></p>
<p>Traducción: Lic. Olga Mabel Máter  y Prof. Alejandra Freschi.</p>
<p>Fuente: Entrevista de Jacques Lacan con Emilia Granzotto para el periódico Panorama (en italiano), en Roma, el 21 de noviembre de 1974.</p>
<p>Versión original en italiano: FREUD PER SEMPRE – Internista con Jacques Lacan</p>
<p>Versión original en francés: FREUD POUR TOUJOURS – Entretien avec J. Lacan</p>
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		<title>Ética y etiqueta</title>
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		<pubDate>Tue, 29 May 2012 15:16:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Benasayag y Schmit En este fragmento del libro &#8220;Las Pasiones tristes. Sufrimiento psíquico y crisis social&#8221; Bensayag y Schmit abordan el problema clínico-ético que se presenta cuando los diagnósticos psico-sociales operan en una ficción que pretende capturar el ser [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Benasayag y Schmit<img class="alignright size-thumbnail wp-image-1018" title="benasayag" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2012/05/benasayag-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></h4>
<h6>En este fragmento del libro &#8220;Las Pasiones tristes. Sufrimiento psíquico y crisis social&#8221; Bensayag y Schmit abordan el problema clínico-ético que se presenta cuando los diagnósticos psico-sociales operan en una ficción que pretende capturar el ser en su esencia. Proponen una clínica de la multiplicidad que permita a los sujetos constituir otras ficciones de ser, es decir, otros modos de estar en el mundo.</h6>
<p><span class="m" id="more-1017"></span><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
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<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div><br />
<strong>Ética y etiqueta</strong></p>
<p>Las transformaciones que empujan a una medicina de la clasifi­cación se inscriben en una tendencia más global de las culturas occidentales, cada vez más marcadas por la problemática de la modelización. Es decir, por la representación en forma mate­mática y sistemática de lo real, con el objetivo de comprenderlo y modificarlo. Pero la perversión de esta tendencia reside en el hecho de que nuestras sociedades terminan por creer, en el sen­tido profundamente antropológico del término, que lo real debe disciplinarse y ordenarse de acuerdo con grillas, modelos y con­ceptos. Se diría que, una vez establecidas, las etiquetas y las cla­sificaciones toman el lugar del mundo: nuestra relación con este se torna una relación con los modelos que representan el mun­do mismo. Y detrás de esta taxonomía, toda paradoja o incerti­dumbre se escapa, es percibida como el aspecto<em> incómodo</em> de lo real. Deploramos el hecho de que lo real, el mundo, los anima­les y las cosas en general tengan esa fastidiosa tendencia a esca­par al bonito modelo epistemológico de la jaula clasificatoria. Habiendo construido esa jaula para que habiten en ella, en el peor de los casos, o para que desaparezcan detrás del modelo que los representa (en el mejor de los casos).</p>
<p>Dicho esto, es evidente que, sin modelización, sin un traba­jo de clasificación o de diferenciación, no puede existir ningún saber, ningún pensamiento. Para comprender los ejemplos que expondremos en este capítulo, tal vez habría que recordar el consejo de Karl Marx: no hay que confundir las cosas de la lógi­ca con la lógica de las cosas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Etiqueta y multiplicidad de la persona</strong><strong></strong></p>
<p>En el dominio de la clínica, esto se traduce muy simplemente de la siguiente manera: uno puede decir que<em> la habitación 301 es una cirrosis,</em> o bien saber que en una habitación alguien sufre de cirrosis. En el ámbito de la medicina somática se aborda a me­nudo este problema; rara vez se lo resuelve, pero al menos la identificación de una persona con su enfermedad es percibida como un exceso, una deformación.</p>
<p>En contrapartida, en el campo psicosocial, esas cuestiones están lejos de aclararse. Digamos que es relativamente fácil para el señor Pérez salirse o escapar a la etiqueta<em> cirrosis,</em> hacer valer su derecho de ser y de existir como multiplicidad sin que se identifique la cirrosis con la multiplicidad. Pero es mucho más difícil, incluso imposible, para alguien que ha sido diagnosti­cado como<em> esquizofrénico</em> o catalogado como<em> discapacitado</em> esca­par a esa etiqueta. Por el contrario, todo lo que concierne a su per­sonalidad, incluido aquello que no tiene nada que ver con el diag­nóstico o la clasificación, será arbitrariamente identificado como partes, síntomas o signos de tal clasificación. Se verá a un esquizo­frénico que pinta y su pintura será una pintura de esquizofrénico, se verá a un discapacitado comprometerse en política y será antes que nada un<em> discapacitado que hace política.</em> Antes que nada, será la etiqueta la que ubicará, en la percepción social, al ser en el mundo de aquellos que han sido etiquetados.</p>
<p>La cuestión de la etiqueta nos remite a la de la norma (es decir a la norma social, que ya hemos analizado un poco) y a su funcionamiento en el seno de nuestras culturas. Es<em> normal</em> por así decir aquello que<em> no se ve&#8230;,</em> lo que no escapa a la etiqueta. Por ejemplo, a nadie se le ocurriría subrayar que el presidente fran­cés es un<em> hombre,</em> pero en todas partes se comenta que el primer ministro de la India era una<em> mujer,</em> del mismo modo, nadie diría con un aire más o menos consternado que el ministro del Inte­rior es<em> heterosexual,</em> pero si el alcalde de una ciudad importante es <em>homosexual</em> la gente tiene algo que comentar (para bien o para mal, eso no viene al caso).      &#8220;                                                                   ,</p>
<p>La norma está ligada así a una suerte de circulación de la mirada, a una distribución de la mirada: es<em> normal</em> aquello que no llama la atención, aquello que se consigna bajo la fórmula <em>nada llamativo.</em> La mirada, aquello que se ofrece a la vista, aquello <em>que hay que ver</em> y sobre lo que hay que hacer<em> como si no se viera: </em>todo eso determina, desde un punto de vista antropológico, los principales elementos de cada cultura, los límites que no se de­ben franquear. Esos elementos pueden ser muy diferentes, pero el mecanismo de base es el mismo: una mirada que intenta ver más allá de lo que el otro ofrece a la vista y de lo que la cultura considera como aquello que puede escapar a los límites de lo <em>correcto,</em> que se vuelve obsceno o abusivo.</p>
<p>Tomemos el ejemplo de la sociedad afgana. En sus reporta­jes en Afganistán publicados en enero de 2002 en el diaria<em> Libe­ration,</em> la periodista Florence Aubenas explicaba lo que los hom­bres y las mujeres miran en las mujeres, sometidas a la porta­ción obligatoria de la<em> burka</em> (esa vestimenta que cubre todo su cuer­po). Las mujeres confiesan que al mirar a una mujer oculta bajo su <em>burka,</em> ellas observan sus manos: llevando su mirada a las manos pueden saber cómo es esa mujer, si es joven o vieja, si es cuidadosa de sí misma o no&#8230; Finalmente, ellas ven a través de las manos todo lo que las mujeres de cualquier cultura intentan ver y que está limi­tado desde el interior por aquello que está permitido<em> dejar ver.</em></p>
<p><em>Los</em> hombres afganos, por su parte, confiesan que al ver pa­sar a una mujer sus miradas se dirigen a los tobillos. Es por eso que las mujeres compiten entre sí a través del tipo de medias que llevan, sabiendo que es lo que se deja ver de ellas. Juegan ese papel universal que consiste en evocar lo que se oculta, lo que no debe ser mostrado, o incluso lo que no se debe intentar ver en público.</p>
<p>Dada la opresión que soportan las mujeres afganas, este ejem­plo puede parecer provocador. Pero nuestra intención es muy <em>pacífica,</em> se trata simplemente de explicar el mecanismo de la<em> nor­ma-mirada</em> que se aplica, con enormes diferencias, en toda nor­ma social. Más allá de las diferencias, en efecto, ocurre lo mis­mo en Occidente: la minifalda es justamente lo que, al ser visto, evoca lo no-visible. Eso es precisamente lo que da a las playas nudistas un sabor tan marcado a puritanismo. La des­nudez de los cuerpos, en esas playas, no es erótica, al contra­rio, esa desnudez dice claramente<em> aquí, no hay absolutamente nada que ver&#8230; ¡circulen!</em> Pero existe otra clase de desnudez, erótica esta, en la que la bailarina (o el bailarín) desnuda evoca a través de los movimientos eróticos las delicias que se podrían probar, pero que el espectador no puede ver. Es la evocación de lo que podría ocurrir en otra escena, en una escena privada.</p>
<p>Este mecanismo de lo que se mira, de lo que se ve y de lo que se da a ver determina en cada sociedad el respeto por el otro, por los otros y por sí mismo. No existir como un objeto transparente a la mirada del otro es la base de la sociabilidad. La división entre las escenas públicas y las escenas privadas es una base de existencia de toda comunidad; puede tomar diferentes formas pero, en todas partes, se encuentra la misma estructura de separación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La dinámica de la mirada sobre el</strong><strong><em> otro</em></strong><strong></strong></p>
<p>La etiqueta hace creer, gracias a la clasificación y al diagnóstico, que se ha hecho visible algo que en una persona sería del orden de la esencia y que se transforma en<em> esencia visible.</em> Es por eso, justamente, que en el dominio psicosocial las etiquetas plantean tantos problemas: adoptamos una mirada normalizadora.</p>
<p>Cuando por ejemplo dirigimos nuestra mirada a un disca­pacitado, vemos por lo general una etiqueta que lo recubre com­pletamente y que, socialmente, lo hace desaparecer detrás de ella. Cuando alguien sale a la calle en silla de ruedas, se cruza con las miradas equívocas e incómodas de los transeúntes: ellos evitan mirarlo o lo miran con un<em> respeto</em> exagerado. La mirada está llena de incomodidad porque el otro, el que se desplaza sentado, muestra algo que nos da la impresión de ser su esencia fundamental, su<em> etiqueta-naturaleza,</em> la que todo el mundo escon­de, la que, como todos sabemos, separa claramente el espacio definido por la mirada privada y el de la mirada pública; sería, de un modo imaginario, como mirar al otro en una suerte de desnudez forzada. Es por eso que en esa mirada se sospecha una suerte de obscenidad.</p>
<p>Esta dinámica de la mirada está tan codificada en cada cultu­ra que forma parte de la educación de los niños. De esta forma, asistimos con frecuencia a la escena en la que un niño mira a un enano, un discapacitado o alguien que lleva un estigma de dife­rencia: lo mira fijo y el adulto le enseña ese límite de la mirada. <em>No hay que mirar así.</em> El otro está ahí, el niño puede verlo, pero así como se le enseña sobre las partes púdicas de su propio cuerpo, debe aprender a no mirar aquello que no debe ser visto, o al menos a hacer como si no viera aquello que el otro muestra a pesar de sí.</p>
<p>Es el<em> milagro</em> de la etiqueta: da la impresión de que la esencia del otro es visible. Y entonces el otro ya no es una multiplicidad contradictoria que existe en ese juego de luces y sombras, de lo velado y lo desvelado, es inmediatamente visible, conocible. Uno cree que a través de la etiqueta va a estar en condiciones de sa­berlo todo sobre lo que el otro es, sobre aquello que desea y que organiza su vida, puesto que la etiqueta no se limita a la clasifi­cación, sino que establece un sentido, una suerte de orden en la vida de aquel que la lleva. La pregunta entonces sería esta: ¿qué sabemos verdaderamente del otro cuando conocemos su eti­queta? He aquí la cuestión, en el enunciado que mezcla el<em> saber </em>con el<em> eso a ver<sup>13<a title="" href="#_ftn1"><strong>[1]</strong></a></sup>.</em></p>
<p>Pero esta dinámica es particularmente compleja en nuestras sociedades, porque el<em> derecho de mirar,</em> se asimila a un ejercicio de, poder sobre el otro. Sabemos que una familia etiquetada<em> con pro­blemas</em> debe aceptar ser mirada: los profesionales (jueces, psicó­logos, educadores, asistentes sociales) tienen un derecho de mirada sobre su espacio privado. En nuestras sociedades, aquel que se aparta de la norma, o que la transgrede, pierde sobre todo sus derechos en el dominio privado y del secreto. Dicho de otro modo, el derecho a una cierta<em> no-visibilidad,</em> el derecho a una opacidad privada se asocia a un privilegio, es un derecho que debe ser merecido y que se puede perder desde el momento en que uno se aparta, de un modo u otro, de la norma social. En tal caso, uno se ve confrontado a la mirada del otro. Existen nume­rosas razones para ser arrojado a la gran bolsa de aquellos que<em> se desvían</em> de la norma y para ser, de hecho, expuesto a la mirada pú­blica: un accidente que lo deja a uno discapacitado, un delito, una gran dificultad para organizar su vida, una enfermedad genética&#8230;</p>
<p>Una vez más, el problema es que al ver una etiqueta, cree­mos, equivocadamente, saberlo todo de aquel que la porta. En la clínica de la tristeza social, en la clínica<em> psi,</em> el proyecto de escucha y de ayuda debe pasar por un trabajo previo sobre uno mismo cuyo propósito es no ver en la persona una etiqueta. Pero eso no es en absoluto suficiente, hay que ir más allá y ayu­dar al otro, al individuo o a la familia, a despegarse de esa eti­queta con la que a menudo se identifica y que a veces asimila a un modo de estar en el mundo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Etiqueta<em> y</em> determinismo</strong><strong></strong></p>
<p>Comprendemos ahora que verse revestido de una etiqueta equi­vale a ser encerrado en una suerte de destino determinado. Uno se encuentra, a pesar suyo, en una configuración de determinis­mo social o individual: nuestros deseos, nuestro devenir y lo que podemos esperar y construir en nuestras vidas forman par­te de un saber y de una estadística preestablecidos, que nos exi­lian de nuestra propia incertidumbre, condición de la libertad de todo ser humano o grupo social.</p>
<p>Este determinismo social, del que la consulta psicológica participa a menudo, forma parte de la<em> visibilidad</em> de nuestra his­toria hecha pública. La<em> visibilidad</em> comparte esa idea de determi­nismo y de fatalismo. Al mismo tiempo, el determinismo signi­fica claramente una violencia muy fuerte ejercida contra la gen­te arrojada por el etiquetamiento al campo de lo visible. Se veri­fica, efectivamente, que el<em> saber</em> y el<em> eso a ver</em> sobre una persona son finalmente compartidos y aceptados por esa persona que es objeto de la mirada y del saber. Explícitamente o no, esa persona sabe que la sociedad espera de ella una identificación con su etiqueta, pero no de manera recalcitrante porque entonces no podrían<em> ayudarla.</em> Frente al etiquetamiento y al saber normalizador, el único medio de resistencia para aquel que quiere existir como persona implica muy a menudo una violencia sintomáti­ca hacia los otros, hacia su propio medio y hacia sí mismo.</p>
<p>Pero la historia muestra que es sobretodo la acción colectiva lo que permite escapar al determinismo de la etiqueta. Esto es claro para las diversas minorías sociales que han cambiado de lugar en el dispositivo de la norma social por medio del juego de la resistencia-construcción. Es por ejemplo el caso de las comu­nidades homosexuales objeto del discurso y de la mirada, objeto de represión y de tratamiento<em> (para su bien&#8230;),</em> objeto de tentati­vas de exterminio, los grupos homosexuales figuraban entre esos <em>visibles.</em> Cuando alguien era identificado como<em> homosexual,</em> esa etiqueta So volvía<em> visible,</em> era clasificado en referencia a la mirada <em>normal:</em> sus actos eran interpretados como síntomas y esos sín­tomas instalaban a la persona en una unidimensionalidad pato­lógica que permitía tener un saber sobre ella y sobre su destino. Y lejos de buscar establecer un saber compartido con la persona en cuestión, la etiqueta la invalida como sujeto del discurso: hay quienes saben en lugar de ella.</p>
<p>Esta es la lógica que los homosexuales consiguieron romper con sus luchas, sus trabajos y sus escritos. Se han transformado poco a poco en sujetos del discurso, criticando y desplazando la norma heterosexual dominante. Pero al tomar la palabra y ex­presarse, este grupo no se vuelve más claro o más transparente. Por el contrario, ese cambio les permite ser vistos en su multi­plicidad: para el grupo y para cada uno de los que lo componen, esto significa que la sociedad les reconoce otra cosa, que no se resume en una etiqueta, dado que la multiplicidad no se puede limitar a un solo elemento que toma el lugar del todo. Paradóji­camente, el hecho de comunicar les da el derecho a una cierta <em>privacidad</em> y opacidad que son el fundamento concreto de toda objetividad en el discurso.</p>
<p>El ejemplo afortunado y alegre de la<em> cultura sorda</em> ilustra bien esta dinámica. Es sabido que con frecuencia los sordos han sido duramente reprimidos: quince mil sordos fueron esterilizados por los nazis, y otros conocieron la misma suerte en países de­mocráticos como Suecia o los Estados Unidos; su lengua, con­sistente en señas, fue prohibida, y en el mejor de los casos se les proponía la oralización con el fin de acceder al estatuto de<em> dismi­nuidos aceptables</em> y de imitadores de la norma. Al esgrimir la no­ción de<em> cultura sorda,</em> aquellos que se han enfrentado a esta nor­malización nos han enseñado mucho. Por ejemplo que una sub­jetividad perceptible, es decir un modo particular de percepción del mundo, va a construir una singularidad conceptual concre­ta. El sordo no se define por la falta, es un ser humano que percibe y habita un medioambiente diferente al del oyente. La lengua de señas no es una especie de muleta que reemplazaría a la maravillosa lengua de los oyentes; es simplemente una lengua diferente. Y, como todo el mundo sabe, una lengua no es una simple herramienta de comunicación, es también una combi­natoria pensante y creadora de conceptos, de perceptos y de afec­tos que le son propios.</p>
<p>En este sentido, la<em> integración</em> social de los sordos no debe pensarse como un favor de parte de los<em> normales</em> para con los pobres<em> deficientes.</em> Se trata más bien de una ampliación del mun­do por obra de una sensibilidad conceptual, artística y huma­na suplementaria: combinada con la cultura dominante no sorda, la cultura sorda enriquece a la sociedad. Así es como la etiqueta<em> sordo,</em> que condenaba a la persona a un determinismo estrecho (en el sentido de que, a la pregunta<em> ¿qué es lo que un sordo desea?,</em> la respuesta normalizadora era<em> desea oír),</em> da lugar a una multiplicidad nueva y profusa. Allí donde el<em> eso a ver</em>; a propósito del sordo, nos hacía creer en un<em> saber</em> sobre él, aparece una opa­cidad creadora.</p>
<p>A través de estos ejemplos, se comprende de qué modo la etiqueta social es parte de una disciplina, de un esfuerzo perma­nente por un ajuste a la norma, por una normalización. Al con­trario, una sociedad democrática, no esclerosada, es una socie­dad en la que esas etiquetas, esas determinantes pueden evolu­cionar, cambiar y desaparecer. Es en ese punto donde se juega una buena parte del destino de nuestras sociedades occidenta­les, sobre su capacidad de resistir a la gran tentación de reempla­zar los saberes múltiples y contradictorios por saberes tecno- científicos. Es difícil para nuestros contemporáneos adherir a la idea de que el aumento de los saberes científicos sobre la vida y sobre las sociedades no debe reemplazar la multiplicidad. Pero esta última no debe ser comprendida como una ignorancia que va en el sentido de un oscurantismo, sino como la cohabitación de los saberes producidos por la ciencia y la técnica con saberes .de otra naturaleza.</p>
<p>Seamos claros: la resistencia a la ideología cientificista no se opone a las prácticas científicas. Esa resistencia contribuye a su j desarrollo puesto que las libera de la carga abusiva que las hace responsables del devenir de la sociedad. Nuestras sociedades viven hoy un evidente<em> déficit de pensamiento</em> y de sentido; pero no se trata de acusar a la ciencia y a la técnica de robar o de monopolizar este pensamiento, este sentido. Más bien hay que desa­rrollar los lazos y las prácticas que permiten llenar ese vacío y acompañar el desarrollo de la tecnociencia.</p>
<p>Por lo tanto, si el<em> saber</em> y el<em> eso a ver</em> se refieren a prohibicio­nes fundantes de cada cultura, debemos comprender que ja cien­cia explica solamente mecanismos y que eso no nos e»me en absoluto de reflexionar sobre ellos.</p>
<p><strong>Inventar una clínica de la multiplicidad</strong></p>
<p>Si calificamos el territorio de lo real de<em> continente negro,</em> de espa­cio inaccesible a las luces, podemos decir entonces que la edu­cación, la reeducación, la cura, la normalización (llámeselo como se quiera) toman parte en la<em> conquista del continente negro,</em> territo­rio a<em> conquistar por y para las luces de la razón y del bien.</em> La<em> conquista del continente negro</em> es una de las metáforas para designar esa acti­tud (demasiado vista y demasiado repetida) de las sociedades de la norma, de la vigilancia y el castigo, frente al otro de la razón. Ese otro podría ser, en el caso de la enfermedad mental, el loco o el marginal. En el seno de la educación, era el ignorante de la cultura dominante. El<em> otro</em> servía igualmente para aludir a la mujer, identificada con un<em> continente negro.</em> En todo caso lo<em> negro,</em> lo in­accesible a la razón panóptica, es lo que nuestras sociedades aso­<strong>cian</strong> al bárbaro: al radicalmente otro cuya mera existencia ame­naza y pone<strong> en peligro la supervivencia de nuestras culturas.</strong></p>
<p>Etimológicamente, la palabra<em> bárbaro</em> designa en el mundo grecorromano a aquel que no posee la lengua, al que<em> chapurrea. </em>Por lo tanto no está capacitado para respetar los tres fundamen­tos de la cultura: come lo que está prohibido, o en todo caso no come de manera<em> civilizada</em>; sus relaciones sexuales o la manera de utilizar sus órganos genitales no son<em> normales</em> y no posee la lengua de la civilización (por extensión, se dirá que no posee una lengua en absoluto). Pero el bárbaro no es solamente aquel que amenaza las fronteras de la civilización, es también aquel que, en el seno mismo de la civilización, no se adapta ni puede asumir la norma social que ella impone; al mismo tiempo, es aquel que disfruta de cosas no permitidas, sin límites y sin control.</p>
<p>Desde este punto de vista, toda persona<em> desviada</em> o<em> anormal </em>será, corno el bárbaro, sospechosa de no saber controlar su goce. O bien se considerará que debería abandonar todos los goces. La cultura se define muy claramente por este<em> encierro</em> del goce que no es respetado ni por el bárbaro, ni por el<em> desviado</em> (eviden­temente las razones de uno y otro para no respetarlo son muy diferentes). Aquel que de por sí está poco habituado al mundo de lo psicosocial habrá reconocido en estas tres<em> desviaciones</em> (rela­cionadas con el alimento, el sexo y la palabra) los rasgos de base que sirven para calificar, en nuestra cultura, a todos los<em> desviados </em>y enfermos.</p>
<p>Por supuesto, el discapacitado puede hablar, al igual que el psicótico; pero su palabra, atrapada por los planes de lectura y por la etiqueta, ya no es una palabra,<em> se</em> convirtió un síntoma. Es esta posición<em> disciplinaria</em> la que, como profesionales, nos es­forzamos por superar radicalmente, con el fin de comenzar nues­tra intervención allí donde termina la visión normalizadora. Nuestra clínica no parte de la clasificación para determinar im­posibilidades, apunta al contrario a descubrir, junto con aquellos que nos consultan, las potencialidades que posee cada uno. O más bien aquellas que es susceptible de apropiarse una vez que la unidimensionaíidad de la etiqueta es dejada de lado y sobreviene la multiplicidad. Es al mismo tiempo una clínica del compromiso: no podemos acompañar a aquel que nos consulta en una verdadera superación de su unidimensionaíidad si nos quedamos tranquilamente escondidos detrás de nuestra propia etiqueta de técnicos.</p>
<p>Esto no implica en absoluto que el profesional olvide los saberes y las técnicas que le son propias, o que establezca falsas simetrías con el paciente. Pero se trata sí de adentrarse con él en un camino común del que conocemos tal vez algunos trazos, pero del que ignoramos (aceptamos ignorar) la dirección del trayecto.<strong></strong></p>
<p><strong>El síntoma y el modo de ser</strong><strong></strong></p>
<p>Aquellos que nos consultan llegan a nosotros más o menos li­bremente; incluso si la mayoría de las veces vienen por propia iniciativa, es difícil saber en qué medida su consulta no es pro­ducida de manera normalizadora e imperativa. Las personas que llegan a nuestros consultorios se quejan de uno o de varios sín­tomas molestos y nos piden que por favor les ayudemos a des­embarazarse de ellos para poder seguir viviendo. En principio, esto parece algo totalmente banal, salvo porque los síntomas <em>psi </em>no se comparan con los de una apendicitis aguda (y aquí ni si­quiera hablamos de los síntomas ligados al malestar social y que nosotros clasificamos como<em> psicológicos).</em></p>
<p>El saber<em> psi</em> trabaja fundamentalmente con metáforas, con hipótesis metafóricas, pues los conceptos y categorías que des­criben el funcionamiento psíquico de una persona no existen en un<em> en sí</em> del que bastaría tomarlos para luego aplicarlos a cada caso. Por el contrario, hablamos y trabajamos con algo que no sabemos a ciencia cierta qué es, aun cuando no nos condena a, una subjetividad agnóstica: esas hipótesis pueden ser<em> productivas</em> (si j las aplicamos al trabajo profesional, se revelan satisfactorias). \</p>
<p>Queda que el<em> paciente</em> nos hable de lo que se supone que debemos considerar un síntoma, o de lo contrario debemos iden­tificar por diversos medios aquello que en nuestro saber se lla­ma síntoma. Pero es allí donde otro problema comienza: ¿qué hacer con ese síntoma? ¿Hay que procurar hacerlo desaparecer a toda costa? La respuesta no es tan evidente. En efecto, lo que el paciente puede<strong> llamar síntoma es al mismo tiempo un ele­</strong>mento, a<strong> menudo</strong> importa llamar de una manera más global su<em> modo de estar en el mundo,</em><strong> su </strong><em>dasein</em> (según el término de Heidegger). Eso significa que no se \ puede hablar de una persona hipotéticamente sana, a la que se habrían incorporado una serie de síntomas.</p>
<p>Por eso es que nuestra preocupación principal no será en <em>ningún caso</em> eliminar esos síntomas lo más rápido posible, sino más bien intentar comprender su sentido en el seno de la mul­tiplicidad de la persona. Dicho de otra manera, se trata de tomar corno punto de partida, en nuestra clínica, el famoso principio existencialista que enunciaba Sartre: &#8220;La existencia precede a la esencia&#8221;. La multiplicidad de la existencia, siempre contradicto­ria y compleja, precede (sin reducirse nunca a una etiqueta) al síntoma o al carácter único que, una vez reconocido, reduciría a cambio a la persona a un elemento-esencia (es<em> una anoréxica, un esquizofrénico,</em> etcétera).</p>
<p>Vayamos más lejos todavía: contrariamente a lo que creen ciertos psicólogos, el hecho de que un síntoma sea realmente molesto para un paciente y que él afirme sinceramente querer eliminarlo no autoriza para nada a concluir que la multiplicidad contradictoria que lo constituye desee realmente deshacerse de él. Por eso es que no debemos<em> tomar a la gente al pie de la letra:</em> aun si todo lo que dicen es<em> digno de fe,</em> nunca es todo lo que pueden decir. Todos conocemos personas toxicómanas o alcohólicas que incesantemente repiten actos que les son perniciosos mientras afirman sinceramente que quieren abandonarlos&#8230; Pero no hay que dejarse llevar a la posición simplista de creer que, puesto que ha sido dicho sinceramente, ese enunciado compromete al conjunto de la persona en su multiplicidad. Esta posición le parecerá incómoda a los psicólogos que de­seen poseer un poder (el de curar) sobre sus pacientes. Pero una clínica de la situación se desarrolla justamente a partir de una exigencia de creación de una<em> base común</em> con nuestros pacientes, un trabajo de co-pensamiento, que desde el comienzo nos impide estar en la posición del sujeto frente a su objeto a reparar. El trabajo terapéutico en psiquiatría no puede apuntar a la mera supresión de los síntomas (más allá de algunos casos precisos, ¿acaso podría hacerlo?). Debe tener en cuenta la multiplicidad inherente a todo sujeto y el lugar que el síntoma tiene en ella.</p>
<p>Sin embargo esto no implica (puntualicémoslo) descuidar • la molestia que puede constituir el síntoma, como lo expresa<em> a-contrario sensu</em> un chiste que se cuenta en Francia y en la Argenti­na (donde la práctica del psicoanálisis está muy difundida). Es la historia de dos amigos, uno de los cuales le dice al otro: &#8220;Hace diez años que estás en análisis!&#8221;. Y el otro le responde: &#8220;Sí, pasó que todavía me hacía pis en la cama a los cuarenta años y fui a consultar con alguien&#8221;. Intrigado, su amigo le pregunta: &#8220;Y ahora, después de diez años, ¿qué pasa?&#8221;. Y el otro le explica: &#8220;Por supuesto que me sigo haciendo pis en la cama, ¡pero ahora no me importa!&#8221;.</p>
<p>De modo que no se trata para nada de hacer la apología de una ausencia de cambio en nuestros pacientes, sino de cuestio­narnos como profesionales sobre el sentido de ese cambio ne­cesario y sobre su fundamento. Para ilustrar este punto, evo­quemos la historia verídica —a diferencia de la del paciente enurético— de una niña epiléptica, que hace unos diez años nos contaba un psiquiatra muy conocido, cuando se iniciaba en Fran­cia el trabajo llamado de<em> integración</em> de los discapacitados en el ámbito escolar. La niña hacía cinco o seis crisis por día y, des­pués de que se integró en una escuela primaria, el número de sus crisis se redujo a la mitad. Era un muy buen resultado, por supuesto. Pero desde nuestro punto de vista, la integración de­bería consistir también en que la escuela pudiera incluirla, cual­quiera fuese la evolución del número de sus crisis, aun en el caso de que estas aumentasen. Deseamos una escuela en la que no se trate de ser <em>fuerte,</em> sino de no ser ni fuerte ni débil (sino de asumir juntos la fragilidad propia de la vida).</p>
<p>Desde nuestro punto de vista, tanto la integración como la cura pasan por la <em>puesta en multiplicidad</em> de la persona. Esta puesta en multiplicidad no concierne únicamente a aquellos que tie­nen problemas, pues también sería preciso que aquellos que se consideran<em> normales</em> pudieran por fin abandonar, con un gran alivio, esa terrible y dolorosa etiqueta del<em> normal,</em> con el fin de poder asumir y habitar las múltiples dimensiones de la fragili­dad. En nuestras sociedades de la dureza y de las pasiones tristes nos interrogamos sobre el fracaso de aquellos a quienes llama­mos<em> débiles,</em> cuando, nos parece, deberíamos cuestionarnos un poco más sobre aquello que se reconoce como el<em> triunfo</em> y el éxito.</p>
<p>Esto se suma a lo que exponíamos a propósito del ideal de dominación. Ahí donde nadie mira, en ese límite de la norma, hay una serie de seres humanos que viven permanentemente en el temor de tener que<em> ser fuertes, estar a la altura. Triunfar</em> en las sociedades de la tristeza es por lo menos igual de grave que fra­casar: implica siempre pagar el precio de la tristeza, de la dureza y de pasar por alto la angustia de encontrarse uno mismo inclui­do algún día en el lote de las personas que revelan<em> una falla. Triunfar </em>supone alejarse de las propias dimensiones de fragilidad y de com­plejidad.<em> Y fracasar</em> es ahogarse en la amargura de los sentimientos de revancha y de envidia, las dos caras de una misma moneda.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<div><br clear="all" /></p>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div>
<p><a title="" href="#_ftnref1">[1]</a> &#8220;Juego de palabras entre<em> le sarnir (el saber) y le ¡a d voir (el eso a ver)</em> [N. delT.].</p>
<p>Fuente:  Benasayag y Schmit. LAS PASIONES TRISTES: Sufrimiento psíquico y crisis social, Ed SgXXI. Traducción Ariel Dilon</p>
</div>
</div>
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		<title>Vivir Creativamente</title>
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		<pubDate>Tue, 22 May 2012 15:44:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Donald Winnicott Les acercamos Vivir Creativamente, una lúcida reflexión del psicoanalista Donald Winnicott sobre la conservación de aquello que nos hace sentir vivos más acá del ser y más allá de todo acatamiento a la realidad y a los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Donald Winnicott<img class="alignright size-thumbnail wp-image-1012" title="winnicott" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2012/05/winnicott-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></h4>
<h6>Les acercamos <em>Vivir Creativamente, </em><strong>u</strong>na lúcida reflexión del psicoanalista Donald Winnicott sobre la conservación de aquello que nos hace sentir vivos más acá del ser y más allá de todo acatamiento a la realidad y a los preceptos: “el principio de realidad es un insulto.” Vivir creativamente es un esfuerzo, una apuesta en todos los aspectos de la vida, incluso en el matrimonio, porque “si uno ha sido feliz, entonces puede soportar la desdicha”. <strong></strong></h6>
<p><strong> </strong><br />
<span class="m" id="more-1011"></span><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
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<strong></strong></p>
<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div>
<p><strong>Vivir creativamente</strong></p>
<p align="right">(Fusión de dos borradores de una conferencia preparada por la Liga Progresista, 1970)</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Definición de la creatividad</strong></p>
<p>Cualquiera que sea la definición a que lleguemos, deberá incluir la idea de que la vida sólo es digna de vivirse cuando la creatividad forma parte de la experiencia vital del individuo.</p>
<p>Para ser creativa, una persona tiene que existir y sentir que existe, no en forma de percatamiento consciente, sino como base de su obrar.</p>
<p>La creatividad es, pues, el hacer que surge del ser. Indica que aquel que es, está vivo. El impulso puede estar adormecido, pero cuando la palabra &#8220;hacer&#8221; se torna apropiada, entonces ya hay creatividad.</p>
<p>Es posible demostrar que en algunos individuos, en ciertos momentos, las actividades que indican que están vivos son simples reacciones a un estímulo. Toda una vida puede ajustarse al modelo de reacciones ante estímulos. Retírense los estímulos y el individuo no vivirá. Pero en un caso tan extremo, la palabra &#8220;vida&#8221; está fuera de lugar.</p>
<p>Para que uno sea y sienta que es, es preciso que la actividad motivada predomine sobre la actividad reactiva.</p>
<p>Esto no depende de la voluntad ni del cambio reiterado del tipo de vida que se lleva. Las pautas básicas se establecen durante el proceso de maduración emocional, y los factores más influyentes son los que actúan al comienzo. Debemos presumir que la mayoría de las personas se encuentran en un punto más o menos equidistante de los extremos, y que es en esta zona intermedia donde tenemos la oportunidad de influir en nuestras pautas; y es esa oportunidad que creemos tener lo que hace que esta especie de análisis tenga interés y no sea sólo un ejercicio académico. (También pensamos en lo que podemos hacer como padres y educadores.)</p>
<p>La creatividad es, pues, la conservación durante toda la vida de algo que en rigor pertenece a la experiencia infantil: la capacidad de crear el mundo. Para el bebé no es difícil, ya que si la madre es capaz de adaptarse a sus necesidades, el bebé no comprende al principio que el mundo ya estaba allí antes de que él fuera concebido. El principio de realidad es el hecho de la existencia del mundo independientemente de que el bebé lo cree o no.</p>
<p>El principio de realidad es lamentable, pero hacia la época en que se le pide al niño pequeño que diga &#8220;gracias&#8221; ya han tenido lugar grandes progresos y el niño ha adquirido mecanismos mentales genéticamente determinados que le permiten hacer frente al insulto. Porque el principio de realidad es un insulto.</p>
<p>Describiré algunos de esos mecanismos mentales. En condiciones ambientales suficientemente buenas, el niño individual (que se convirtió en usted y en mí) encontró modos de asimilar el insulto. La sumisión, en un extremo, simplifica la relación con otras personas que, por supuesto, tienen necesidades propias que atender y una omnipotencia propia que preservar. En el otro extremo, el niño conserva algo de omnipotencia a través del recurso de ser creativo y de formarse su propia opinión sobre todas las cosas.</p>
<p>Veamos un ejemplo algo tosco: si una madre tuvo ocho hijos, hubo en realidad ocho madres. Y no sólo porque su actitud hacia cada uno de sus hijos fue diferente. Si se hubiera conducido de manera idéntica con todos ellos (y sé que esto es absurdo, porque no estamos hablando de una máquina), cada hijo la hubiese visto a través de sus propios ojos individuales.</p>
<p>Gracias a un proceso muy complejo de maduración genéticamente determinado y a la interacción de la maduración individual con factores externos que tienden a ser o bien facilitadores o bien desadaptativos e inductores de reacciones, el niño que se convirtió en usted o en mí adquirió cierta capacidad de ver todas las cosas de un modo nuevo, de ser creativo en cada detalle del vivir.</p>
<p>Podría buscar la palabra &#8220;creatividad&#8221; en el Oxford English Dictionary e investigar lo que se ha escrito sobre el tema en filosofía y psicología, y a continuación servir todo eso en una bandeja. Podría incluso aderezarlo de tal modo que ustedes exclamaran: &#8220;¡Qué original!&#8221;. Personalmente soy incapaz de seguir ese plan. Necesito hablar del tema como si nadie antes se hubiera ocupado de él, con lo que, por supuesto, mis palabras pueden parecer ridículas. Pero creo que ustedes verán en ello la necesidad que tengo de asegurarme de que mi tema no terminará por eclipsarme. Establecer las concordancias entre todo lo que se ha dicho sobre la creatividad me mataría. Es evidente que para sentirme creativo debo luchar sin pausa, y esto tiene la desventaja de que para describir una simple palabra como &#8220;amor&#8221; tengo que partir de cero. (Tal vez partir de cero sea lo adecuado.)  Volveré sobre el tema al hablar de la diferencia entre la vida creativa y el arte creativo.</p>
<p>Busco la palabra &#8220;crear&#8221; en un diccionario y encuentro: &#8220;traer a la existencia&#8221;. Una creación puede ser &#8220;un producto de la mente humana&#8221;. No es seguro que &#8220;creatividad&#8221; sea un término aceptable para un erudito. Para mí, vivir creativamente significa no ser muerto o aniquilado todo el tiempo por la sumisión o la reacción a lo que nos llega del mundo; significa ver todas las cosas de un modo nuevo todo el tiempo. Me refiero a la apercepción, que es lo contrario de la percepción.</p>
<p><strong>                                               </strong></p>
<p><strong>Orígenes de la creatividad</strong></p>
<p>Tal vez he dejado traslucir lo que pienso acerca del origen de la creatividad. Se requiere una doble caracterización. La creatividad se relaciona con el estar vivo, de modo que, salvo en períodos de reposo, el individuo se proyecta, y si encuentra un objeto en su camino, puede relacionarse con él. Pero esto es sólo el cincuenta por ciento. El otro cincuenta por ciento tiene que ver con la idea de que proyectarse física o mentalmente sólo tiene sentido para alguien que está allí para ser. Un bebé nacido casi sin cerebro puede tender la mano, hallar un objeto y usarlo sin que eso constituya una experiencia de vida creativa. Por otra parte, un bebé normal necesita aumentar su complejidad y convertirse en un probado &#8220;existidor&#8221; para experimentar el acto de tender la mano y encontrar un objeto como un acto creativo.</p>
<p>Vuelvo así a la máxima: el ser precede al hacer. Tiene que haber un desarrollo del ser detrás del hacer. En tal caso el niño, a su debido tiempo, dominará incluso sus instintos sin perder el sentido del self. El origen de la creatividad, por lo tanto, es la tendencia genéticamente determinada del individuo a estar vivo, permanecer vivo y relacionarse con los objetos que se interponen en su camino cuando llega para él el momento de esforzarse por conseguir cosas, incluso por alcanzar la luna.</p>
<p><strong>            </strong></p>
<p><strong>Conservación de la creatividad</strong></p>
<p>El individuo que no ha sido demasiado deformado por un deficiente contacto inicial con el mundo tiene amplias posibilidades de desarrollar este deseable atributo. Es verdad, como sin duda no dejarán ustedes de señalármelo, que pasamos gran parte de nuestra vida realizando tareas rutinarias, carentes de interés. Alguien tiene que realizarlas. Es difícil ver claro en esto, porque hay quienes incluso las encuentran útiles; quizás el hecho de que no se necesita mucha inteligencia para fregar un piso es lo que hace posible la existencia de una zona separada de experiencia imaginativa. Pero está también la cuestión de las identificaciones cruzadas, a la que me referiré más adelante. Una mujer puede fregar un piso sin aburrirse porque de algún modo comparte el placer de embarrarlo, al identificarse con su insoportable niñito que, en un momento de creatividad, llevó dentro de la casa el barro del jardín y se dedicó a pisotearlo. El niño supone que a las madres les encanta limpiar los pisos y eso constituye su fuerza, apropiada para su insoportable edad. (Se suele hablar en estos casos de conducta &#8220;adecuada a la fase&#8221;. Siempre he pensado que de esa forma suena muy bien.)</p>
<p>O bien un hombre puede encontrarse tan cerca del aburrimiento como es posible mientras trabaja junto a una cinta transportadora, pero cuando piensa en el dinero está pensando también en las mejoras que se propone introducir en la pileta de la cocina o está ya presenciando, en la pantalla de su televisor en colores cuyas cuotas aún no ha terminado de pagar, cómo su equipo favorito derrota inesperadamente a su eterno rival.</p>
<p>El hecho es que la gente no debería desempeñar empleos que les resulten sofocantes, y si no pueden evitarlo, deberían organizar sus fines de semana de manera tal que proporcionen alimento a su imaginación incluso en los peores momentos de aburridora rutina. Se ha dicho que es más fácil mantener activa la imaginación cuando la tarea es verdaderamente aburrida que cuando ofrece algún interés. Debe recordarse también que el trabajo puede ser muy interesante para algún otro que lo utiliza para llevar una vida creativa pero que no permite que nadie más actúe según su parecer.</p>
<p>El plan del universo ofrece a todos la posibilidad de vivir creativamente. Vivir creativamente implica conservar algo personal, quizá secreto, que sea incuestionablemente uno mismo. A falta de otra cosa, pruebe con la respiración, algo que nadie puede hacer en su lugar. O tal vez usted es usted mismo cuando le escribe a su amiga o cuando manda cartas a The Times o a New Society, presumiblemente para que alguien las lea antes de tirarlas.</p>
<p><strong>                                                                       </strong></p>
<p><strong>Vida creativa y creación artística</strong></p>
<p>Al mencionar la actividad epistolar he rozado otro tema que no debo omitir. Tengo que aclarar la diferencia entre vivir creativamente y ser creativo en la ejecución de obras artísticas.</p>
<p>Cuando vivimos creativamente, usted y yo descubrimos que todo lo que hacemos refuerza el sentimiento de que estamos vivos, de que somos nosotros mismos. Podemos mirar un árbol (no necesariamente una fotografía) y hacerlo creativamente. Si usted ha pasado alguna vez por una fase depresiva de tipo esquizoide (les ha ocurrido a la mayoría de las personas), entonces conoce la sensación que es exactamente inversa a la anterior. Cuántas veces no me habrán dicho: &#8220;Hay un citiso frente a mi ventana, y ha salido el sol, y sé intelectualmente que debe ser un bello espectáculo. Pero esta mañana (lunes) no significa nada para mí. No puedo sentirlo. Me provoca una aguda sensación de que no soy real&#8221;.</p>
<p>Aunque relacionados con la vida creativa, los actos creativos de quienes escriben cartas, de los literatos, poetas, artistas, escultores, arquitectos o músicos son diferentes. Convendrán ustedes en que si alguien se dedica a la creación artística, esperamos de él que ponga en juego algún talento especial. Para vivir creativamente, en cambio, no se necesita ningún talento especial. Vivir creativamente es una necesidad universal y una experiencia universal, e incluso un esquizofrénico encerrado en sí mismo y confinado al lecho puede estar viviendo creativamente en una actividad mental secreta, y por lo tanto en cierto sentido puede ser feliz. Desdichado es el que, durante una fase, advierte que le falta algo que es-esencial para el ser humano, mucho más importante que la comida o la supervivencia física. Si dispusiéramos de tiempo podríamos decir algo sobre la angustia como energía subyacente a la creatividad propia del artista.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Vida creativa en el matrimonio</strong></p>
<p>Creo necesario analizar aquí el hecho de que en el matrimonio los cónyuges, o al menos uno de ellos, experimentan a menudo la sensación de estar perdiendo su capacidad de iniciativa. Se trata de una experiencia corriente, aunque la importancia de esa sensación, si se la Compara con todas las otras cosas que podrían decirse sobre la vida, es sin duda muy variable. Aquí y ahora debo suponer que no todas las parejas creen que pueden estar casadas y ser creativas al mismo tiempo. Uno u otro de sus miembros descubre que está participando en un proceso que puede conducir a que uno de ellos viva en un mundo creado por el otro. En los casos extremos debe ser muy molesto, pero supongo que por lo general no se llega a esa situación, que sin embargo permanece en estado latente y puede manifestarse de vez en cuando en forma aguda. Por ejemplo, el problema puede quedar oculto durante dos décadas consagradas al cuidado de los hijos y manifestarse luego como una crisis de la mediana edad.</p>
<p>Hay quizás una manera bastante sencilla de referirse al problema si se comienza por describir los hechos.</p>
<p>Conozco a dos personas que han estado casadas durante largo tiempo y han criado a una numerosa prole. Su primer veraneo conyugal lo compartieron durante una semana, y después el marido dijo: &#8220;Ahora me iré a navegar por una semana&#8221;. Su mujer le contestó: &#8220;Bien, a mí me gusta viajar; por lo tanto prepararé mi valija&#8221;. Sus amigos se alarmaron y dijeron: &#8220;Este matrimonio no tiene mucho futuro&#8221;. Sin embargo, el pronóstico resultó demasiado pesimista: esas dos personas tuvieron un matrimonio muy exitoso, y una de las cosas más importantes es que el marido dedica una semana a navegar, con lo cual perfecciona sus habilidades y disfruta de su pasatiempo, y la mujer ha paseado su valija por toda Europa. Tienen mucho que contarse en las restantes 50 semanas y pico, y el hecho de que no estén juntos durante la mitad de sus vacaciones de verano es beneficioso para su relación.</p>
<p>A muchas personas un arreglo semejante no les agradaría. No hay regla sobre los seres humanos que sea de aplicación universal. No obstante, este. ejemplo puede servir para mostrar que cuando dos personas no temen separarse tienen mucho que ganar, y que cuando temen separarse están expuestas a aburrirse la una de la otra. El aburrimiento puede obedecer a la restricción de la vida creativa, que es inherente al individuo y no a la sociedad, aunque un socio o pareja puede inspirar creatividad.</p>
<p>En casi cualquier familia en la que las cosas marchan bien es posible observar el equivalente del arreglo que hemos descrito al referirnos a esas dos personas. No es necesario abundar en detalles; explicar, por ejemplo, que la mujer toca el violín y el marido pasa una tarde por semana en el bar, bebiendo cerveza con unos amigos. En los seres humanos la normalidad o salud admite infinitas variaciones. Si decidimos ahora hablar de dificultades, tendremos que mencionar ciertos patrones en que la gente participa, que la gente reitera hasta el aburrimiento y que indican que algo anda mal en alguna parte. Hay en todo esto un elemento compulsivo, y detrás de ese elemento está el miedo. Muchas personas no pueden ser creativas porque están atrapadas en compulsiones relacionadas con algo que deberían hacer con su propio pasado. Hablar de las trabas que impone el matrimonio sólo me resulta fácil cuando me dirijo a quienes son relativamente afortunados en lo que se refiere a las compulsiones, es decir, a quienes no están dominados por ellas. A las personas que se sienten sofocadas por una relación, es muy poco lo que puedo decirles. No hay ningún consejo útil que se les pueda dar y uno no puede ser terapeuta de todo el mundo.</p>
<p>Entre ambos extremos -el de los que creen que su vida sigue siendo creativa en el matrimonio y el de los que piensan que el matrimonio es un obstáculo en ese sentido- hay sin duda una zona intermedia, y en esa zona nos encontramos muchos de nosotros. Somos bastante felices y podemos ser creativos, pero nos damos cuenta de que inevitablemente hay cierta clase de antagonismo entre el impulso personal y los compromisos propios de cualquier relación confiable. En otras palabras, estamos hablando nuevamente del principio de realidad, y al seguir desarrollando el tema terminaremos por analizar una vez más algún aspecto del intento que realiza el individuo de aceptar la realidad externa sin perder demasiado de su impulso personal. Este es uno de los varios trastornos básicos característicos de la naturaleza humana, y es en las primeras etapas de nuestro desarrollo emocional cuando se echan las bases de nuestra capacidad en ese sentido.</p>
<p>Al hablar del matrimonio exitoso, a menudo nos referimos a la cantidad de hijos o a la amistad que se ha desarrollado entre los cónyuges. Es fácil hablar y hablar sobre estas cuestiones, pero sé que ustedes no desean que me limite a lo fácil y superficial. Si hablamos de sexo -al que, después de todo, debe concederse un lugar importante en toda discusión sobre el matrimonio-, encontraremos desdicha por doquier. Podría tomarse como un axioma que son pocas las personas casadas que piensan que en su vida sexual viven creativamente. Se ha escrito mucho al respecto, y probablemente los psicoanalistas, para su desgracia, saben más que la mayoría de las personas acerca de estos problemas y de la aflicción que causan. Al psicoanalista no le es posible mantener la ilusión de que la gente se casa y vive feliz por siempre jamás, al menos en lo que se refiere a su vida sexual. Cuando dos personas se aman y son jóvenes, puede haber una época, incluso prolongada, en la que su relación sexual es una experiencia creativa para ambas. Esto es salud, y nos alegramos cuando los jóvenes lo experimentan directamente y sin inhibiciones. Creo que es incorrecto difundir entre ellos la idea de que es común que tal estado de cosas persista largo tiempo después de la boda. Alguien dijo (me temo que sólo es una broma): &#8220;Hay dos clases de matrimonio: aquel en que la joven sabe que ha elegido al hombre equivocado en su camino de ida al altar, y aquel en que lo sabe en su camino de vuelta&#8221;. Pero no hay razón para hacer bromas al respecto. El problema surge cuando nos empeñamos en hacer creer a los jóvenes que el matrimonio es una prolongada aventura sentimental. Sin embargo, me desagradaría hacer lo contrario y difundir la desilusión entre los jóvenes, asumir la tarea de cuidar de que lo sepan todo y no tengan ilusiones. Si uno ha sido feliz, entonces puede soportar la desdicha. Del mismo modo, un bebé no puede ser destetado si no ha recibido el pecho o un equivalente. La desilusión (aceptación del principio de realidad) sólo puede basarse en la ilusión. La gente tiene una terrible sensación de fracaso cuando comprueba que algo tan importante como la experiencia sexual se está convirtiendo cada vez más en una experiencia creativa para uno solo de los miembros de la pareja. Las cosas pueden funcionar bien cuando la relación sexual comienza mal y gradualmente las dos personas llegan a alguna clase de transacción, de toma y daca, de tal modo que finalmente ambas tienen una experiencia creativa.</p>
<p>La relación sexual es saludable y una gran ayuda pero sería un error suponer que constituye la única solución a los problemas de la vida. Debemos prestar atención a lo que hay bajo la superficie cuando el sexo, además de ser un fenómeno enriquecedor, es también una reiterada forma de terapia.</p>
<p>En este punto deseo recordarles los mecanismos mentales de proyección e introyección: me refiero a las funciones de identificarse con otros y de identificar a otros con uno. Como cabría esperar, hay personas que no pueden utilizar estos mecanismos, otras que pueden hacerlo cuando lo desean, y finalmente las que los utilizan de manera compulsiva, lo deseen o no. Para decirlo en la forma más simple, a lo que me refiero es a la capacidad de ponerse en el lugar del otro y a cuestiones de simpatía y empatía.</p>
<p>Es obvio que cuando dos personas viven juntas y están unidas por un vínculo íntimo públicamente anunciado, como ocurre en el matrimonio, tienen amplias posibilidades de vivir cada una a través de la otra. En la salud esto puede concretarse o no, según las circunstancias. Pero mientras que a algunos cónyuges les resulta difícil cederse roles recíprocamente, en otros casos se observan todos los grados posibles de fluidez y flexibilidad. Sin duda es adecuado que una mujer sea capaz de ceder al hombre la parte masculina del acto sexual, y a la inversa en el caso del hombre. Pero además de la actuación está la imaginación, y es seguro que imaginativamente no hay parte alguna de la vida que no pueda ser cedida o tomada.</p>
<p>Teniendo esto en cuenta, podemos considerar el caso especial de la creatividad. En relación con la función sexual, ¿quién es más creativo?, ¿el padre o la madre? No desearía opinar. Es una cuestión que podemos dejar de lado. Pero justamente en relación con el funcionamiento real debemos recordar que los padres pueden concebir un bebé en forma no creativa, es decir, sin haberse formado una idea de él. Por otro lado, un bebé puede comenzar su existencia precisamente en el momento adecuado, cuando ambas partes lo desean. En ¿Quién le teme a Virginia Woolf? Edward Albee estudia el destino de un bebé que ha sido concebido en la imaginación pero que no llega a encarnarse. Es un estudio notable, tanto en la obra teatral como en la película. Pero no seguiré con el tema del sexo real y los bebés reales, porque todo lo que hacemos puede hacerse de manera creativa o no creativa. Volveré a ocuparme de los orígenes de Ja capacidad de vivir creativamente.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Algo más sobre los orígenes de la vida creativa</strong></p>
<p>Es la vieja y remanida historia. Nuestra manera de ser depende en gran medida del punto que hayamos alcanzado en nuestro desarrollo emocional o del grado en que tuvo oportunidad de cumplirse la parte de nuestro desarrollo que tiene que ver con las primeras etapas del relacionarse con objetos. De eso me propongo hablarles.</p>
<p>Sé lo que diré: feliz es la persona que actúa creativamente todo el tiempo, tanto en su vida personal como a través de su pareja, sus hijos, amigos, etcétera. Nada cae fuera de este territorio filosófico.</p>
<p>Puedo mirar un reloj y ver sólo la hora; quizá ni siquiera eso, sólo las formas en el cuadrante; incluso es posible que no vea nada. Por otra parte, puedo estar viendo relojes en potencia; entonces me permito alucinar un reloj, y lo hago porque me resulta evidente que hay un reloj real que puede verse, de modo que cuando percibo el reloj real ya he pasado por un complejo proceso que se originó en mí.</p>
<p>Por lo tanto, cuando veo el reloj lo estoy creando, y cuando veo la hora también la estoy creando. Cada vez tengo mi pequeña experiencia de omnipotencia, antes de transferir esa incómoda función a Dios.</p>
<p>Hay aquí algo contrario a la lógica. La lógica se configura en un punto de lo ilógico. No puedo impedir esto: es real. Desearía profundizar este tema.</p>
<p>Cuando el bebé está preparado para descubrir un mundo de objetos e ideas, la madre, ajustándose al ritmo con que se desarrolla esta capacidad del bebé, le presenta el mundo. De esta manera, gracias a su excelente adaptación inicial, la madre le permite experimentar la omnipotencia, descubrir realmente lo que crea, crear y vincular lo creado con lo real. El resultado neto es que todos los bebés vuelven a crear el mundo. Y en el séptimo día, suponemos, se sienten complacidos y descansan. Así ocurre cuando las cosas marchan razonablemente bien, como, de hecho, suele suceder; pero alguien tiene que estar allí para que lo creado sea real. Si no hay nadie allí para cumplir esa misión, el niño, en los casos extremos, será autista -creativo en el espacio- y tediosamente sumiso en las relaciones (esquizofrenia infantil).</p>
<p>A continuación puede introducirse gradualmente el principio de realidad, y el niño, que ha conocido la omnipotencia, experimenta las limitaciones que impone el mundo. Pero para entonces es capaz de vivir a través de otra persona, de emplear los mecanismos de proyección e introyección, de dejar que de vez en cuando sea la otra persona quien dirija, y de ceder la omnipotencia.</p>
<p>Finalmente, el individuo renuncia a ser la rueda dentada o la caja de engranajes completa y adopta la posición más cómoda de ser un diente de la rueda. Ayúdenme a componer un himno humanista:</p>
<p>¡Oh! ser un diente</p>
<p>¡Oh! ser parte de un grupo</p>
<p>¡Oh! trabajar en armonía con otros</p>
<p>¡Oh! estar casado sin abandonar la idea de ser el creador del mundo.</p>
<p>El individuo que no comienza por experimentar la omnipotencia no tiene la oportunidad de ser un diente del engranaje y debe continuar insistiendo en la omnipotencia, la creatividad y el control, como si estuviera tratando de vender las poco atractivas acciones de una compañía fraudulenta.</p>
<p>En mis escritos he concedido mucha importancia al concepto de objeto transicional: algo que su hijo puede estar apretando en su mano en este mismo momento, quizás un pedazo de tela que alguna vez fue parte de la colcha de su cuna, o de una manta, o una cinta con la que su mamá se sujetaba el cabello. Es un primer símbolo y representa la confianza en la unión del bebé con la madre, basada en la experiencia de la confiabilidad de la madre y de su capacidad de saber lo que el bebé necesita, gracias a su identificación con él. He dicho que el bebé crea ese objeto; es algo que nunca cuestionaremos, aunque también sabemos que el objeto ya estaba allí antes de que el bebé lo creara. (Es posible incluso que también alguno de sus hermanos lo haya creado del mismo modo.)</p>
<p>No se trata tanto de &#8220;Pedid y os será dado&#8221; como de &#8220;Tended la mano y estará allí para que lo toméis, lo uséis y lo gastéis&#8221;. Este es el comienzo y debe perderse en el proceso de presentación del mundo real, del principio de realidad; pero en la salud hallamos el modo de vivir creativamente y recobrar así el sentimiento de que las cosas tienen sentido. El síntoma de una vida no creativa es el sentimiento de que nada tiene sentido, de futilidad, de &#8220;A mí qué me importa&#8221;.</p>
<p>Estamos ahora en condiciones de examinar la vida creativa y de utilizar, al hacerlo, una teoría coherente. La teoría nos permite comprender algunas de las razones por las que el tema de la vida creativa presenta dificultades que le son inherentes. Podemos adoptar un enfoque global u ocuparnos de los detalles que componen la vida creativa.</p>
<p>Debe quedar en claro que estoy tratando de alcanzar un estrato profundo, si no fundamental. Sé que una manera de cocinar salchichas consiste en seguir las instrucciones precisas que figuran en el libro de cocina de la señora Beeton (o en los artículos dominicales de Clement Freud), y otra manera es tomar algunas salchichas y cocinarlas de uno u otro modo, por primera vez en la vida. El resultado puede ser el mismo en ambos casos, pero es más agradable convivir con el cocinero o la cocinera creativos, aunque a veces ocurra un desastre o las salchichas tengan un gusto raro y uno sospeche lo peor. Lo que estoy tratando de decir es que para el cocinero esas dos experiencias son distintas: el servil que se ajusta a las instrucciones no obtiene nada de la experiencia, sólo aumenta su sensación de que depende de la autoridad; el original, en cambio, se siente más real y se sorprende de los pensamientos que acuden a su mente mientras cocina. Cuando nos sorprendemos a nosotros mismos estamos siendo creativos y descubrimos que podemos confiar en nuestra inesperada originalidad. No nos importa si los que comen las salchichas no advierten lo que su cocción tuvo de sorprendente o si no aprecian su sabor.</p>
<p>Creo que cualquier cosa que tenga que hacerse puede hacerse creativamente si el que la ejecuta es creativo o tiene capacidad para serlo. Pero si alguien está constantemente amenazado por la extinción de su creatividad, tendrá que soportar la tediosa sumisión o bien exagerar la creatividad hasta que las salchichas luzcan como algo de otro mundo o resulten incomibles.</p>
<p>Para mí es exacto, como ya lo he mencionado, que por muy escasamente dotado que esté un individuo, sus experiencias pueden ser creativas y estimulantes, en el sentido de que siempre hay algo nuevo e inesperado en el aire. Por supuesto que si la persona es muy original y talentosa sus dibujos valdrán 20.000 libras, pero dibujar como Picasso no siendo Picasso implica imitación servil y falta de creatividad. Para dibujar como Picasso uno tiene que ser Picasso; de lo contrario no hay creatividad. Los seguidores son por definición sumisos y aburridos, salvo cuando están buscando algo y necesitan que el coraje de Picasso los ayude a ser originales.</p>
<p>El hecho es que lo que creamos ya estaba allí, pero la creatividad consiste en el modo como llegamos a la percepción a través de la concepción y la apercepción. Por lo tanto, cuando miro el reloj, como tengo que hacerlo ahora, creo el reloj, pero tomo la precaución de no ver un reloj sino en el lugar preciso en que sé que hay uno. Les ruego que no rechacen esta muestra de absurda falta de lógica: reflexionen sobre ella y utilícenla.</p>
<p>Si está oscureciendo y me siento muy cansado, o un tanto esquizoide, tal vez vea relojes donde no los hay. Puedo ver algo en aquella pared e incluso ver la hora, y quizás ustedes me dirán que es sólo la sombra de una cabeza proyectada en la pared.</p>
<p>A algunas personas, la posibilidad de que se las considere locas o alucinadas las lleva a aferrarse a la cordura y a la clase de objetividad que podríamos denominar realidad compartida. Otras fingen a la perfección que lo que imaginan es real y puede ser compartido.</p>
<p>Podemos admitir que toda clase de personas vivan en el mundo con nosotros, pero necesitamos que los demás sean objetivos para poder disfrutar de nuestra creatividad, asumir riesgos y seguir nuestros impulsos con las ideas creativas que los acompañan.</p>
<p>Algunos niños crecen en una atmósfera de gloriosa vida creativa, pero no creativa para ellos sino para un progenitor o una niñera. Eso los asfixia y dejan de ser. O bien desarrollan una técnica de retraimiento.</p>
<p>Un tema muy amplio es el de la provisión de oportunidades a los niños para que vivan su propia vida, tanto en el hogar como en la escuela, y es un axioma que los niños que arriban con facilidad al sentimiento de que existen son los más fáciles de manejar. Son los menos vulnerables frente al embate del principio de realidad.</p>
<p>Si tenemos un vínculo formal con nuestra pareja, podemos intentar, como ya he mencionado, todos los modos y grados de proyección e introyección. Una esposa puede disfrutar con el goce que su marido encuentra en su trabajo, y un marido puede disfrutar con las experiencias de su mujer con la sartén. De esta forma el matrimonio -la unión formal- aumenta nuestras posibilidades de llevar una vida creativa. Se puede ser creativo por delegación, como cuando estamos realizando una tarea rutinaria y la concluimos más rápidamente al seguir las instrucciones que figuran en la etiqueta del frasco.</p>
<p>Me pregunto qué opinan ustedes de estas ideas que he puesto sobre el papel y que les he leído. Lo primero que debo señalar es que no puedo convertirlos en seres creativos hablándoles. A esos fines más me valdría escucharlos que hablarles. Si ustedes nunca tuvieron -o han perdido- la capacidad de sorprenderse a sí mismos en su experiencia del vivir, mis palabras no los ayudarán y sólo con dificultad lo haría la psicoterapia. Pero es importante saber, por cuanto atañe a otras personas (especialmente a niños de quienes podríamos ser responsables), que vivir creativamente es más importante para el individuo que tener éxito.</p>
<p>Lo que deseo poner en claro es que la experiencia de vivir creativamente implica, en cada uno de sus detalles, un dilema filosófico, ya que, en realidad, a fuer de cuerdos sólo creamos lo que encontramos. Incluso en el arte no podemos ser creativos en la depresión, a menos que nos encontremos en un hospital psiquiátrico haciendo la experiencia solitaria de nuestro propio autismo. Ser creativo en el arte o la filosofía depende en alto grado del estudio de todo lo que ya existe, y el estudio del ambiente proporciona un indicio para la comprensión y apreciación de cada artista. Pero el enfoque creativo hace que él artista se sienta real e importante, incluso si su obra es un fracaso desde el punto de vista del público. Con todo, el público sigue siendo para él tan necesario como su talento, su aprendizaje y sus herramientas.</p>
<p>Sostengo, por lo tanto, que si somos lo bastante sanos, no es ineludible que vivamos en un mundo creado por nuestro cónyuge, ni éste en un mundo creado por nosotros. Cada uno tiene su propio mundo privado, y además aprendemos a compartir experiencias recurriendo en diverso grado a las identificaciones cruzadas. Cuando criamos niños o iniciamos a un bebé en la senda que lo llevará a convertirse en un individuo creativo en un mundo de hechos reales, tenemos que ser no creativos, sumisos y capaces de adaptarnos; pero en general superamos el trance y descubrimos que no acaba con nosotros porque nos identificamos con esas nuevas personas que nos necesitan para poder llegar a disfrutar, también ellas, de una vida creativa.</p>
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		<title>Seminario 19 Clase 1 (Lacan)</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Mar 2012 15:43:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Jacques Lacan<img class="alignright size-thumbnail wp-image-868" title="Lacan" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2012/03/Lacan-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></h4>
<h6> En esta oportunidad les acercamos la primera clase que dio Lacan el 4 de Noviembre de 1971 (Seminario 19, …O peor (El saber del psicoanalista)), en su regreso al Hospital Ste. Anne. Leerán un Lacan distendido, un tanto nostálgico, reflexionando sobre lo que ha venido construyendo a partir de las categorías del saber, la verdad y la ignorancia. Desde Nicolás de Cusa a Henry Ey, desde el Budismo a Georges Bataille, trazará cinco puntos esenciales en su teoría, a saber: <span class="m" id="more-860"></span><br />
1. El inconsciente está estructurado como un lenguaje y concierne a un saber particular: “el saber no sabido del que se trata en el psicoanálisis, es un saber que por supuesto se articula, está estructurado como un lenguaje”.<br />
2. La interpretación concierne al lazo que la palabra hace con el goce. La interpretación tiene la orientación de hacer notar aquello que el sujeto encuentra en la repetición: goce.<br />
3. El goce mora en el cuerpo, lo cual vincula al sujeto con la dimensión del acto y con la muerte.<br />
4. No hay relación sexual: no hay modo de escribir la fórmula de la relación sexual. “En el ser parlante, hay alrededor de esta relación, en tanto fundada sobre el goce, un abanico totalmente admirable en su despliegue y (…) dos cosas (se ponen en evidencia) (…), todo lo que se puede hacer tratando convenientemente a un cuerpo, (…) participa del goce sexual. Pero, el goce sexual mismo, cuando quieren ponerle la mano encima (…) ya no es para nada sexual, se pierde.”<br />
5. Frente a la ausencia de la relación sexual y a la pérdida del goce sexual mismo, lo que resta es aquello “que designa un cierto significado de un cierto significante perfectamente evanescente”, a saber, el Falo.</h6>
<h6>Estos, nos dirá Lacan hacia el final de la clase, permitirá construir los “puntos de verdad y de saber de los que importa escandir (en) lo que respecta al saber del psicoanalista”:<br />
Tesis: No hay relación sexual.<br />
Antítesis: La reproducción de la vida.<br />
(No) Síntesis: No hay más goce que el de morir.<br />
Los invitamos a leer esta clase a través de estos puntos dialécticos.</h6>
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<p><strong>Jacques Lacan / Los Seminarios de Jacques Lacan / Seminario 19 (integrado)</strong><br />
<strong> …O peor (El saber del psicoanalista) / Clase 1. Del 4 de Noviembre de 1971</strong><br />
<strong> 4 de Noviembre de 1971</strong></p>
<p>Al  volver a hablar en Ste. Anne,  lo que habría esperado es que acá hubiese  residentes, como se  los  llama, que en mis  tiempos se  llamaban  &#8220;los  residentes de  los asilos&#8221;, ahora son &#8220;hospitales psiquiátricos&#8221;, sin contar el resto. Es a ese público al que apuntaba al volver a Ste Anne. Tenía  la esperanza de que algunos de ellos se molestaran. ¿Los hay acá? — hablo de residentes en ejercicio —. ¿Me harían el favor de levantar la mano? Es una aplastante minoría, pero en fin, me resultan suficientes.<br />
A partir de aquí —y tanto como pueda mantener este aliento—, voy a tratar de decirles algunas palabras. Es evidente que estas palabras, como siempre, las improviso, lo que no quiere decir que no  tenga acá algunas  notitas,  pero  fueron  improvisadas  esta  mañana,  porque  trabajo mucho… pero no tienen que creerse obligados a hacer otro tanto. Un punto sobre el que insistí es  la distancia que hay entre el  trabajo y el saber, porque no olvidemos que esta noche, es saber  lo que  les prometo, no hay necesidad entonces de que se cansen, Van a ver por qué algunos lo sospechan ya, por haber asistido a la que se llama mi seminario.<br />
Para empezar con el saber, hice observar, en un  tiempo ya  lejano, que el que  la,  ignorancia pueda ser considerada, en el budismo, como una pasión, es un hecho que se  justifica con un poco de  meditación;  pero  como  la  meditación no es  nuestro  fuerte,  no hay  para hacerlo conocer más que una experiencia. Es una experiencia que  tuve, que me marcó hace mucho tiempo,  justamente al  nivel  de  la  sala de  guardia.  Porque hace mucho  que  frecuento estos muros —no especialmente estos,  en esa época—  y  debería estar  está  inscripto en alguna parte,  por  el lado de 25 —  26,  y  los  residentes,  en esa época —  no hablo de  lo  que  son ahora—  los  residentes, tanto de  los hospitales como de  lo que se  llamaba  los asilos, eso era sin duda  un efecto de  grupo,  pero en  lo  que  respecta a atenerse a  la  ignorancia,  en eso estaban, me parece! Se puede considerar que eso está  ligado a un momento de  la medicina, ese  momento debía  forzosamente  ser  seguido por  la  vacilación    presente.  En esa época, después de  todo, esta  ignorancia, no olviden que hablo de  ignorancia, acabo de decir que es una pasión, no es para mi una minusvalía, tampoco es un déficit.<br />
Es otra cosa: la ignorancia está ligada al saber. Es una manera de establecerlo, de volverlo un saber establecido. Por ejemplo, cuando se quería ser médico en una época que, por supuesto, era el  fin de una época,  y  bueno,  es  normal  que  se haya  querido beneficiarse de mostrar, manifestar una ignorancia, si puedo decir, consolidada. Dicho esto, luego de los que les acabo de decir  sobre  la  ignorancia,  no  se  sorprenderán de  que  les  haga notar  que  la  &#8220;ignorancia docta&#8221;, como se expresaba cierto cardenal, en el tiempo en que este titulo no era un certificado de ignorancia, un cierto cardenal llamaba &#8220;ignorancia docta&#8221; al saber más elevado. Era Nicolás de Cusa, para recordarlo de paso. De modo que la correlación de la ignorancia y del saber es algo de lo que debemos partir esencialmente y ver que después de todo, si la ignorancia, como tal, a partir de un cierto momento, en una cierta zona, lleva al saber a su nivel más bajo, no es culpa de la ignorancia, es más bien lo contrario.<br />
Desde algún tiempo en la medicina, la ignorancia ya no es bastante docta para que la medicina sobreviva por otra cosa que supersticiones. Al sentido de este  término, y precisamente en  lo que concierne, en este caso, a la medicina, volveré quizás más tarde si tengo tiempo. Pero en fin,  para puntuar  algo  que es  de esta experiencia  que me  interesa mucho  volver  a abordar, después de estos 45 años de frecuentar estos muros —no es para vanagloriarme pero desde que entregué algunos de mis escritos para su publicación(1), todo el mundo sabe mi edad, ¡es  uno de  los  inconvenientes!—  en ese momento,  debo decir  que el  grado de  ignorancia apasionada que reinaba en la sala de guardia de Ste. Anne, debo decir que es inevocable. Es cierto que era gente que  tenía vocación y, en ese momento, tener vocación por  los asilos era algo bastante peculiar.<br />
A esta misma sala de guardia llegaron al mismo tiempo cuatro personas cuyos nombres no me parece desdeñable  recordar, ya que soy uno de ellos. El otro que me gustaría hacer resurgir esta noche era Henri Ey. Se puede decir, no es cierto?, con el espacio de tiempo transcurrido, que  Ey  fue el  civilizador  de esta  ignorancia.  Y  debo decir  que aplaudo  su  trabajo.  La civilización, en fin, no nos saca de encima ningún malestar, como lo hizo notar Freud, muy por el contrario, Unbehagen, el no-bienestar, pero en  fin, eso  tiene un aspecto valioso Si ustedes creen que debía haber ahí el menor grado de ironía en lo que acabo de decir, se equivocarían enormemente, pero no pueden hacer otra cosa que equivocarse porque no pueden imaginarse lo  que era el  ambiente de  lar  asilos  antes  que  Ey  hubiese puesto  la  mano ahí.  Era algo absolutamente increíble.<br />
Ahora  la historia ha avanzado  y  acabo de  recibir  una  circular  señalando  la alarma experimentada en cierta  zona de dicho ambiente hacia ese movimiento prometedor  de  toda suerte de chispas que se llama antipsiquiatría. Se querría que yo tome posición con respecto a eso, como si se pudiera tomar posición con respecto a algo que ya es una oposición Porque a decir  verdad,  no  sé  si  convendría hacer  algunas  observaciones sobre eso,  algunas observaciones  inspiradas en mi antigua experiencia,  la que precisamente acabo de evocar, y diferenciar, en esta ocasión, entre la Psiquiatría y la Psiquiatrería. La cuestión de los enfermos menta  les  o de  lo  que  se  llama,  por  decirlo mejor,  las  psicosis,  es  una  cuestión para nada resuelta por  la antipsiquiatría, cualesquiera  fuesen las ilusiones que mantienen al respecto las empresas  locales.  La antipsiquiatría es  un  movimiento  cuyo  sentido es  la  liberación del psiquiatra, si me atrevo a expresarme así. Y es muy cierto que no se encamina a eso.<br />
No se encamina porque hay una característica que  tampoco habría que olvidar en  lo que se llaman  las  revoluciones,  es  que esa palabra,  esté admirablemente elegida al  querer  decir: retorno al  punto de partida. El  círculo de  todo esto  ya era  conocido,  pero esté ampliamente demostrado en el libro que se  llama Nacimiento de  la  locura, de Michel Foucault; el psiquiatra tiene en efecto un  servicio  social.  Es  la  creación de un  cierto  momento histórico.  El  que atravesamos  no está  cerca de alivianar  esta  carga,  ni  de  reducir  su  lugar, es  lo menos que podríamos decir sobre eso. De modo que deja a  las cuestiones de  la antipsiquiatría un poco fuera de lugar.<br />
En fin, esto es una indicación introductoria, pero quisiera hacer notar que, en lo que respecta a las salas  de  guardia,  hay  algo de  todos  modos sorprendente  que hace,  en mi  opinión,  su continuidad  con  los más.  recientes  y  es  hasta  qué punto el  psicoanálisis,  en  relación a  los sesgos  que  toman ahí  los saberes,  el  psicoanálisis  no mejoró nada.  El  psicoanalista,  en el sentido en que planteé  la cuestión en  los años 67-68, cuando había  introducido  la noción &#8220;del psicoanalista&#8221;,  precedida por  el  artículo definido,  en  la época en  que  trataba  frente a un auditorio en el momento bastante amplio, de recordar el valor lógico del artículo definido, en fin, pasemos,  el  psicoanalista no parece haber  cambiado nada en un  cierto asiento del  saber. Después de  todo, todo esto es regular. No son cosas que ocurran de un día para el otro, que se  cambie el asiento del  saber. El porvenir era de Dios, como se dice, es decir, de  la buena suerte de aquellos que  tuvieron  la buena  inspiración de seguirme. Algo saldrá de ellos, si no se los comen los chanchos. Es lo que llamo buena suerte. Para los otros, no es cuestión de buena suerte.<br />
Su asunto se  resolverá mediante el automatismo, que es  totalmente  lo contrario de  la suerte, buena o mala.<br />
Lo que querría esta noche es esto: es que aquellos,  lo que querría, aquello a  lo que podrían dedicarse para que el psicoanálisis del que se valen no les deje ninguna chance, quisiera evitar para ellos  que  se establezca un malentendido en  nombre,  así,  de algo  que es  efecto de  la buena  voluntad de algunos  de  los  que  me  siguen  Han oído bastante bien  —en  fin,  como pueden—lo  que dije del  saber  como hecho de  correlato de  ignorancia,  y  entonces  eso  les preocupó un poco.<br />
Los hay entre ellos, no sé qué mosca les había picado, una mosca literaria por supuesto, unas cosas que andan ahí por los escritos de Georges Bataille, por ejemplo, porque de otro modo pienso que no se les hubiese ocurrido&#8230; está el no-saber. Debo decir que Georges Bataille dio un día una conferencia sobre el no-saber, y eso anda quizás por dos o  tres  rincones de sus escritos.  En  fin,  Dios sabe  que no  se burlaba  y  que  muy  especialmente el  día de  su conferencia, ahí en  la sala de Geografía, en St. Germain des Prés, que conocen bien porque es  un  lugar  de  cultura;  no dijo ni  una palabra,  lo  que no era una mala  forma de hacer ostentación del no- saber. Se burlaron y es un error, porque ahora queda bien el no-saber. Eso pulula, ¿no es cierto?, un poco por todas partes, entre los místicos, Inclusive nos viene de ellos, ya  que entre ellos  eso  tiene un sentido.  Y  entonces,  en  fin,  se  sabe  que  Insistí  sobre  la diferencia entre  saber  y verdad.  Por  lo  tanto,  si la  verdad no es  el  saber,  es  que es  el  no-saber.  Lógica aristotélica  &#8220;todo  lo que no es  negro,  es  lo no-negro&#8221;,  como  lo hice notar  en alguna parte. Lo hice notar, es seguro, articulé que esta  frontera sensible entre  la verdad y el saber, es ahí precisamente que se sostiene el discurso analítico. Pues bien, entonces es un buen camino para proferir,  levantar  la bandera del no-saber. No era una mala bandera. Puede servir  justamente de  llamada a  lo que no es de  todos modos excesivamente  raro de  reclutar como clientela:  la crasa  ignorancia, por ejemplo., Eso existe  también, en  fin, resulta cada vez más  raro. Pero hay otras cosas, hay vertientes&#8230; la pereza,  por  ejemplo,  de  la  que hablé desde hace mucho tiempo. Y después hay ciertas formas de Institucionalización, de campos de concentración de  Dios,  como  se decía antiguamente, dentro de la universidad, donde esas cosas son bien recibidas, porque queda bien. En suma, uno se dedica a  toda una mímica, ¿no es cierto?, pase usted primero, señora Verdad, el agujero está ahí, ¿no es cierto? este es su lugar. En fin, es un hallazgo, este no-saber.<br />
Para  introducir  una definitiva  confusión acerca de un  tema delicado,  el  que  resulta  muy precisamente el punto en cuestión en el psicoanálisis, lo que llamé esta frontera sensible entre verdad y saber, no hay nada mejor. No es necesario fechar,<br />
En fin, 10 años antes, se habla hecho otro hallazgo que no era malo tampoco, con respecto a lo  que debo  llamar mi  discurso. Yo  lo había empezado diciendo  que el inconsciente estaba estructurado como un lenguaje. Habíamos encontrado un coso formidable: a los dos tipos que mejor  habrían podido  trabajar  en esa  línea,  hilar  este hilo,  les  habíamos  dado un muy  lindo trabajo: Vocabulario de la Filosofía. Qué digo?, &#8220;Vocabulario del Psicoanálisis&#8221;. Ustedes ven el lapsus, ¿eh? En fin, eso vale por el Lalande.  &#8220;Lalengua&#8221;  (lalangue), como  lo escribo ahora —no  tengo pizarrón.. .bueno, escriban  lalengua en una palabra; es así como lo escribiré de ahora en más ¡Miren qué cultivados son! ¡Entonces no se oye nada! ¿Es la acústica? ¿Querrían hacer la corrección? No es una d, es una g. Yo no dije el inconsciente está estructurado  como  lalengua,  sino  que está estructurado  como un lenguaje, y volveré sobre esto más tarde.<br />
Pero cuando, se les encargó a los responsivos (2) de los que hablé hace un rato, el Vocabulario del  Psicoanálisis,  es  evidentemente  porque había puesto a  la orden del  día este  término saussuriano: &#8220;lalengua&#8221;, que, lo repito, escribiré desde ahora en una sola palabra. Y justificaré por  qué.  Y  bien,  lalengua  no  tiene nada  que  ver  con el  dicciónario,  cualquiera  sea.  El dicciónario tiene que ver con la dicción, es decir, con la poesía y con la retórica por ejemplo. No es poca cosa eh? Va de la invención a la persuasión, en fin, es muy importante.<br />
Sólo  que no es  justamente este aspecto,  el  que  tiene  que  ver  con  lo  inconsciente. Contrariamente a lo que pienso, la masa de los oyentes piensa, pero que de todos modos una parte importante ya sabe, ya sabe si escuchó esos pocos términos en los cuales intenté hacer pasaje a lo que digo del inconsciente: el inconsciente tiene que ver ante todo con la gramática, tiene  también un poco  que  ver, mucho  que  ver, todo  que  ver,  con  la  repetición,  es  decir  la vertiente totalmente contraria a lo que o para lo que sirve un diccionario. De modo que era una manera bastante buena de hacer  como aquellos  que habrían podido ayudarme en ese momento a hacer mi  camino,  el  derivarlos.  La  gramática  y  la  repetición,  son una  vertiente totalmente distinta de la que señalaba hace un rato, de la invención, que no es poca cosa, sin duda,  la persuasión  tampoco.  Contrariamente a  lo  que está,  no  sé por  qué, todavía  muy difundido,  la  vertiente útil  en  la  función de  lalengua, la vertiente útil  para nosotros, psicoanalistas, para los que tienen que vérselas con el inconsciente, es la lógica.<br />
Este es  un pequeño paréntesis  que  se  remite a  lo  que hay  de  riesgo de pérdida en esta promoción absolutamente  improvisada y ética, a  la cual nunca di verdaderamente ocasión de que se cometiera error, la que se impulsa desde él no-saber. Es que hace falta demostrar que está en el  psicoanálisis,  fundamental  y  primero,  el  saber.  Es  lo  que  voy  a  tener  que demostrarles.<br />
Enganchémoslo por una punta, a este primer carácter masivo, la primacía de este saber en el psicoanálisis. Hace  falta  recordarles que cuando Freud  intenta dar cuenta de  las dificultades que hay en el avance del psicoanálisis, un artículo de 1917 en  Imago; si  recuerdo bien, y en todo  caso,  fue  traducido,  apareció en el  primer  número del  International  Journal  of Psychoanalysis,  &#8220;Una dificultad en  la  vía del  psicoanálisis&#8221;,  es  así  como  se  titula,  es  que el saber del que se trata no pasa cómodamente, de este modo. Freud lo explica como puede y es justamente así  como  se presta al  malentendido  — no es casual—   ese  famoso  término resistencia, del que creo haber logrado, al menos en una cierta zona, que ya no nos taladre los oídos; pero es cierto que hay una en  la que, no  lo dudo,  florece siempre, ese  famoso  término resistencia, que es evidentemente para él de una aprensión permanente. Entonces, debo decir, por qué no atreverse a decir que  tenemos  todos nuestros deslizamientos, son sobre  todo  las resistencias  las que  favorecen  los deslizamientos. Se descubrirá esto dentro de algún  tiempo en lo que dije; pero después de todo, no es tan seguro. Finalmente en suma. Freud incurre en un defecto.  El  piensa  que  contra  la  resistencia no hay más  que una  cosa  que hacer,  es  la revolución. Y entonces  termina enmascarando aquello de  lo que se  trata, a saber  la dificultad muy especifica que tiene para hacer entrar en juego una cierta función del saber. Confunde el hacer. lo con lo que queda prendido de revolución en el saber.<br />
Es ahí en ese pequeño artículo — lo retomará después en Malestar en la cultura—  que está el primer gran trozo acerca de la revolución copernicana. Era un camelo del saber universitario de la época. Copérnico — ¡pobre Copérnico!—  había hecho la revolución. Era él —  como nos dicen en los manuales—  quien había vuelto a poner al Sol en el centro y a la Tierra a girar alrededor. Está  totalmente  claro  que a pesar  del  esquema  que  lo  muestra bien,  en efecto,  en  &#8220;De revolutionnibus&#8221; etc&#8230;., Copérnico no había  tomado estrictamente ningún partido con respecto a eso y nadie hubiese pensado en criticarlo por eso. Pero en  fin, es un hecho en efecto, que hemos  pasado del  gea al  heliocentrismo  y  se  supone  que esto habría dado un  golpe,  un &#8220;blow&#8221;,  como  se expresa en el  texto  inglés,  a no  se  sabe  qué pretendido narcisismo cosmológico.<br />
El segundo &#8220;blow&#8221;, que es biológico, Freud nos lo evoca, al nivel de Darwin, con el pretexto de que,  como para  lo  que hace a  la Tierra,  la  gente  tardó un  cierto  tiempo en  reponerse de  la nueva noticia, que ponía al hombre en una relación de parentesco con los primates mudemos. Y Freud explica  la  resistencia al psicoanálisis por esto: es  lo que es atacado, es propiamente hablando esta  consistencia del  saber que hace que  cuando  se  sabe algo,  lo mínimo que se puede decir, es que se sabe que se lo sabe.<br />
Dejemos  lo que evoca a este respecto, porque está ahí  lo medular,  lo que agrega, a saber el mamarracho con forma de yo (moi) que está hecho ahí alrededor, es a saber que el que sabe que sabe, y bueno, soy yo. Está claro que esta referencia al yo es segunda en relación a esto de que un saber se sabe y que la novedad es lo que el psicoanálisis revela: es un saber no-sabido por sí mismo. Pero les pregunto, qué habría acá dé nuevo,  incluso de naturaleza  tal que provoque  la  resistencia, si este  saber  fuera natural  de  todo un  mundo,  animal  precisamente,  en el  que nadie podría sorprenderse de  que en  general  el  animal  sepa  lo  que  le hace  falta,  a  saber  que  si  es  un animal de vida terrestre no se va a sumergir en el agua más que un tiempo limitado: sabe que eso no  le  vale de nada. Si  el inconsciente es  algo  sorprendente,  es  que este  saber  es  otra cosa: es ese saber del que tenemos idea, por otra parte poco fundada desde siempre, ya que no es  por  nada  que  se ha evocado  la  inspiración,  el  entusiasmo,  esto desde  siempre,  es  a saber,  que el  saber  no-sabido del  que  se  trata en el  psicoanálisis,  es  un  saber  que por supuesto se articula, está estructurado como un lenguaje.<br />
De modo que acá,  la  revolución,  si puedo decir, adelantada por Freud, tiende a enmascarar aquello de  lo que se  trata: que ese algo que no pasa, revolución o no, es una subversión que se produce dónde? en  la  función, en la estructura del saber. Y eso es lo que no pasa, porque en  verdad,  la  revolución  cosmológica,  no  se puede  decir  ciertamente,  salvo  la molestia  que producía en algunos  doctores  de  la  Iglesia,  que  sea algo  que de ningún  modo  sea de naturaleza tal que al hombre; como se dice, lo haga sentirse de alguna manera humillado, por eso el empleo del término revolución es tan poco convincente, porque el hecho mismo de que haya habido  revolución  sobre este punto,  es  más  bien exaltante,  en  cuanto a  lo  que es narcisismo.<br />
Lo mismo ocurre  totalmente en cuanto al darwinismo. No hay doctrina que ponga más alto  la producción humana que el evolucionismo, hay que decirlo. Tanto en un caso como en el otro, cosmológica o biológica, todas esas revoluciones no dejan menos al hombre en el lugar de  la flor de  la creación. Es por lo que puede decirse que esta referencia está verdaderamente bien inspirada. Quizás sea ella quien está hecha  justamente para enmascarar,  para hacer  pasar aquello de  lo que se  trata, a saber que este saber, este nuevo estatuto del saber, es  lo que debe  traer aparejado un  tipo  totalmente nuevo de discurso, que no es fácil de sostener, y que hasta un cierto punto aún no ha comenzado.<br />
El inconsciente,  he dicha,  esté estructurado  como un  lenguaje  cuál?  Y  por  qué dije un lenguaje? Porque en cuestión de lenguaje ya empezamos a conocer algo de eso. Se habla de lenguaje-objeto, en  la  lógica, matemática o no. Se habla de metalenguaje. Hasta se habla de lenguaje, desde hace un  tiempo, en el nivel de la biología. Se habla de lenguaje hasta por los codos. Para empezar, digo que  si hablo de  lenguaje es porque  se  trata de  rasgos comunes que se encuentran en lalengua; lalengua aún estando sujeta a una muy gran variedad, tiene no obstante,  constantes.  El lenguaje del  que  se  trata, tal  como  me  tomé el  tiempo,  la preocupación,  la  molestia  y  la paciencia de articularlo,  es  el lenguaje en  el  que  se puede diferenciar al código del mensaje, entre otras cosas. Sin esta distinción mínima no hay  lugar para la palabra. Es por esto que cuando introduzco estos términos, los titulo &#8220;Función y campo de  la palabra&#8221; —para  la palabra es  la  función—   &#8220;y  del lenguaje&#8221; —para el lenguaje es el campo— . La palabra,  la palabra define el lugar de  lo que se  llama  la verdad. Lo que marco, desde su entrada, para el uso que quiero hacer de ella, es su estructura de  ficción, es decir, también de mentira.  En  verdad,  viene al  caso decirlo,  la  verdad no dice  la  verdad — no a medias—  más que en un caso: es cuando dice  &#8220;miento&#8221;. Es el único caso en el que se está seguro de que no miente porque ella es supuesta saberlo. Pero de Otro modo (Autrement), es decir de Otro modo con A mayúscula, es muy posible que diga de  todos modos  la verdad sin saberlo. Es  lo que  intenté marcar con mi S mayúscula, paréntesis de A mayúscula, S  (A/)  [A mayúscula barrada], precisamente, y  tachada. Eso, al menos eso, no pueden decir que no es en  todo caso un saber, para  los que me siguen, que no esté en  lo que habría que  tomar en cuenta para  guiarse,  aunque  fuese,  a  corto plazo  Es  el  primer  punto del inconsciente estructurado como un lenguaje.<br />
El  segundo,  ustedes  no  me esperaron  —   les  hablo a  los  psicoanalistas—   ustedes  no  me esperaron para saberlo, porque es el principio mismo de  lo que hacen desde que  interpretan. No hay  interpretación  que no concierna&#8230;a  qué? al lazo de  lo  que,  en  lo  que oyen,  se manifiesta en palabra, el lazo de esto con el goce. Puede ser que  lo hagan de algún modo, inocentemente, a saber, sin darse cuenta nunca que no hay una interpretación que quiera decir nunca otra cosa, pero finalmente, una interpretación analítica siempre es eso. Ya sea beneficio secundario o primario, el beneficio es de goce. Y eso, está totalmente claro, que la cosa surgió de  la pluma de Freud, no  inmediatamente, porque hay una etapa, está el principio del placer, pero en fin, está claro que lo que lo sorprendió un día es que, se haga lo que se haga, inocente o no, lo que se formula, se haga lo que se haga ahí, es algo que se repite.<br />
&#8220;La  instancia, dije, de  la  letra..&#8221;, y si uso  instancia, es como para  todos  los empleos que hago de  las  palabras,  no  sin motivo,  es  que  instancia  resuena  también en el  nivel  de  lo  jurídico,  resuena  también en el  nivel  de  la  insistencia,  donde hace  surgir  ese módulo  que definí  del instante al nivel de cierta  lógica. Esta repetición, es ahí donde Freud descubre el Más allá del principio del placer. Pero vemos que si hay un más ella, no hablemos ya de principio, porque un principio en el que hay un más allá, ya no es un principio, y dejemos de  lado, de paso, al principio de  realidad.  Todo eso  claramente,  debe  ser revisto.  No hay  después  de  todo dos clases de seres parlantes:  los que se gobiernan según el principio de placer y el principio de realidad, y  los que están más allá del principio del placer, sobre  todo porque como se dice — es el caso clínicamente, son sin duda los mismos. El proceso primario se explica en un primer tiempo por esta aproximación que es la oposición, la bipolaridad,  de placer/principio de  realidad; hay que decirlo, este esbozo es  insostenible y está hecho  solamente para hacer  digerir  lo  que pueden  los  oídos contemporáneos de estos primeros enunciados que son —  no quiero abusar de este  término—  oídos burgueses, a saber que no tienen absolutamente la menor idea de lo que es el principio del placer. El principio del placer  es  una  referencia de  la  moral  antigua:  en  la  moral  antigua,  el  placer,  que  consiste precisamente en hacerlo  lo menos  posible  &#8220;otium  cum  dignitate&#8221;,  es  una ascesis  de  la  que puede decirse que alcanza a la de los cerdos (pourceaux), pero de ningún modo en el sentido en que  se entiende. La palabra cerdo no significa en  la antigüedad ser chancho, eso quería decir  que  rayaba en  la  sabiduría del  animal. Era una apreciación,  un  toque,  una nota,  dada desde el  exterior  por  gente  que no  comprendía de  qué  se  trataba,  a  saber  del  último refinamiento de  la moral del Amo. ¿Qué puede  tener eso que ver con  la  idea que se hace el burgués del placer y por otra parte, hay que decirlo, de la realidad?<br />
Sea como sea, —es el  tercer punto—  lo que resulta de  la  insistencia con que el inconsciente nos remite lo que formula, es que si por un lado nuestra interpretación nunca tiene más que el sentido de hacer notar  lo que el sujeto encuentra ahí, ¿qué es  lo que encuentra? Nada que no deba catalogarse como registro del goce. Es el tercer punto.  Cuarto punto: ¿dónde yace el goce? ¿Qué hace falta ahí? Un cuerpo. Para gozar hace  falta un cuerpo.  Aún  quienes  prometen beatitudes  eternas,  no pueden hacerlo más  que  suponiendo que ahí el cuerpo se vehiculiza: glorioso o no, tiene que estar. Hace falta un cuerpo. ¿Por qué?  Porque la dimensión del goce para el cuerpo, es la dimensión del descenso hacia la muerte. Es por otra parte, muy precisamente en  lo que el principio de placer en Freud, anuncia que él ya sabía desde ese momento  lo que decía, porque si lo  leen con cuidado, verán que el principio del placer no  tiene nada que ver con el hedonismo, aún si nos es  legado por  la más antigua tradición; es en verdad, el principio del displacer. Es el principio del displacer y  lo es al punto que, de enunciarlo en todo momento, Freud se despista. Nos dice en qué consiste el placer: en bajar  la  tensión. Si no es el principio mismo de  todo  lo que  tiene el nombre de goce, de qué gozar, si no de que se produzca una tensión. Es por esto que, cuanto Freud va por el camino del  &#8220;Jenseits  der  Lustprinzips&#8221;,  del  Más  allá del  principio del  placer,  qué nos  enuncia en Malestar  en  la  cultura,  sino  que  muy  probablemente,  mucho  más  allá de  la  represión (répression)  llamada  social,  debe haber  una  represión  (répression)  —lo escribe textualmente—  orgánica.<br />
Es curioso, es una  lástima que haga  falta  tomarse  tanto  trabajo para cosas dichas con  tanta evidencia y para hacer notar esto: que  la dimensión en  la cual el ser parlante se distingue del animal, es seguramente que hay en él esta hiancia, por donde se perdía, por donde  le está permitido operar  sobre el  o  los cuerpos,  sea el  suyo o el  de  sus semejantes,  o el  de  los animales que  lo  rodean, para hacer surgir, en su propio beneficio o en el de ellos,  lo que se llama hablando con propiedad, el goce.<br />
Resulta seguramente más extraño que  los encaminamientos que acabo de subrayar,  los que van de esta descripción sofisticada del principio del placer al reconocimiento abierto de lo que concierne al  goce  fundamental,  es  más  extraño  ver  que  Freud,  en este nivel,  cree deber recurrir a algo que designa como el instinto de muerte. No es que sea  falso, sino que decirlo así, de esta manera tan sabia, es justamente lo que los sabios que él engendró bajo el nombre de psicoanalistas no pueden digerir en absoluto.<br />
Esta larga cogitación, esta rumia alrededor del instinto de muerte, que es lo que caracteriza —podemos decirlo— finalmente, al conjunto de la institución psicoanalítica internacional, el modo que tiene ésta de clivarse, de partirse, de repartirse, admite, no admite, &#8220;ahí me detengo&#8221;, &#8220;no lo  soy hasta ahí&#8221;, estos  interminables dédalos alrededor de este  término que parece elegido para dar la ilusión de que en este campo, sé ha descubierto algo que se puede decir análogo a lo que en  lógica se  llama paradoja, es sorprendente que Freud, con el camino que ya habla despejado,  no haya  creído  tener  que puntuarlo,  pura  y  simplemente.  El  goce  que verdaderamente está en el orden de la erotología, al alcance de cualquiera —  es cierto que en esa época  las publicaciones del marqués de Sade estaban menos difundidas— , es sin dudapor  lo  que  creí  deber,  cuestión de poner  fecha, marcar  en alguna parte en mis Escritos,  la relación de Kant con Sade.<br />
Si, de proceder así, no obstante pienso que hay una respuesta, no es forzoso que él, más que ninguna de  nosotros,  haya  sabido  todo  lo  que decía.  Pero,  en  lugar  de  contar  nimiedades sobre el instinto de muerte primitivo, venido del exterior o venido del interior, o retornando del exterior al interior y engendrando más tarde, en fin, reapareciendo en la agresividad y la pelea, habríamos podido leer quizás esto, en el instinto de muerte de Freud, que lleva tal vez a decir que el único acto, que en definitiva —si hay uno—  sería un acto acabado —entiendan bien que hablo, como hablaba el año pasado, de Un discurso que no sería de la apariencia, tanto en un caso como en el otro, no lo hay, ni discurso, ni acto semejante—  sería entonces, si pudiese serlo, el suicidio.<br />
Es lo que Freud nos dice. No nos lo dice así, en crudo, en claro, como podemos decirlo ahora, ahora que  la doctrina se ha abierto camino un poquito y sabemos que no hay acto más que fracasado y que es inclusive la única condición para una apariencia de éxito. Es sin duda por lo que el suicidio merece objeción. Porque no es necesario que permanezca como tentativa para ser  igualmente  fracasado, completamente  fracasado desde el punto de vista del goce. Quizás los budistas con sus bidones de nafta —porque están de moda—, no lo sabemos, no regresan para dar testimonio (nota del traductor(3)). Es un  lindo  texto, el  texto de Freud. No por nada nos  trae de nuevo el soma y el germen. El siente, huele que ahí es donde hay algo para profundizar, es el quinto punto que enuncie en mi seminario este año y se enuncia así: no hay relación sexual.<br />
Por supuesto, parece así un poco chiflado, un poco disparatado. Alcanzaría con fifar bien un poco para demostrarme lo contrario. Desgraciadamente es la única cosa que no demuestra en absoluto nada semejante,  porque  la noción de  relación no  coincide  totalmente  con el  uso metafórico  que  se hace de  esta palabra a  secas,  &#8220;relación&#8221;:  &#8220;tuvieron  relaciones&#8221;,  no es  del todo eso.  Se puede  sanamente hablar  de  relación,   no  solamente  cuando  la establece un discurso, sino cuando se enuncia  la  relación. Porque es verdad que  lo  real está ahí antes de que  lo pensemos, pero  la relación es mucho más dudosa: es algo que no solamente hay que pensar sino escribir. Si no son capaces de escribirlo, no hay relación. Sería quizás muy notable si se verificara, lo suficiente como para que comenzara a dilucidarse un poco, que es imposible escribirlo,  lo que habría con  respecto a  la  relación sexual. La cosa  tiene  importancia, porque justamente,  por  el  progreso de  lo  que  llamamos  la  ciencia,  estamos  llevando muy  lejos  un montón de pequeñas cuestiones, que se sitúan al nivel de  la gameta, al nivel del gen, a nivel de  las selecciones,  de divisiones,  llámese  como  se  quiera,  meiosis  u otra,  y  que padecen efectivamente dilucidar algo, algo que pasa a nivel del hecho de que la reproducción, al menos en cierta zona de la vida, es sexuada.<br />
Pero esto no  tiene absolutamente nada  que  ver  con  la  cuestión de  la  relación  sexual,  por cuanto es muy seguro que, en el ser parlante, hay alrededor de esta relación, en tanto fundada sobre el goce, un abanico  totalmente admirable en su despliegue y que dos cosas  resultaron puestas  en evidencia,  por  Freud,  por  Freud  y  por  el  discurso analítico,  es  toda  la  gama del goce, quiero decir todo lo que se puede hacer tratando convenientemente a un cuerpo, incluso su cuerpo, todo esto, en cierto grado, participa del goce sexual Pero, el goce sexual mismo, cuando quieren ponerle la mano encima, si puedo expresarme así, ya no es para nada sexual, se pierde.<br />
Y es aquí donde entra en Juego  todo  lo que se define con el  término Falo, que es sin duda eso, lo que designa un cierto significado un significado de un cierto significante perfectamente evanescente puesto  que en cuanto a definir  lo que hay del hombre o de  la mujer,  lo que el psicoanalista nos muestra, es muy precisamente que es imposible y que hasta un cierto grado, nada  indica especialmente  que  sea hacia el  campanero del  otro  sexo  que deba dirigirse el goce, si el goce es considerado por un  instante, como  la guía de  lo que  tiene que ver con  la función de la reproducción.<br />
Nos encontramos ahí ante el estallido de la, digamos, noción de sexualidad. La sexualidad está en el centro, sin duda alguna, de todo lo que sucede en el inconsciente, Pero está en el centro en  tanto es una  falta, es decir que en el lugar de  lo que  fuera que pudiera escribirse—  de  la relación sexual como  tal, se sustituyen  los  impasses, que son los que engendra la función del goce precisamente sexual en tanto que éste aparece como esa especie de punto de espejismo del cual en algún lugar Freud mismo da la nota como  del goce absoluto. Pero es  que precisamente no  lo es, absoluto. No  lo es en ningún asentido, primero porque, como  tal,  está destinado a esas  diferentes  formas  de  fracaso  que  constituyen  la  castración, para el goce masculino,  la división en  lo que respecta a goce  femenino y que, por otra parte, aquello a  lo  que el  goce  lleva,  no  tiene estrictamente nada  que  ver  con  la  copulación,  por cuanto que ésta es, digamos, el modo usual —cambiará—  por el que se hace, en  la especie del ser parlante, la reproducción.<br />
En otros  términos, hay una  tesis: no hay  relación sexual —es del ser parlante que hablo— . Hay una antítesis que es  la  reproducción de  la vida. Es un  tema muy conocido. Es  la actual bandera de  la  Iglesia católica, en  lo cual hay que aplaudir su coraje. La Iglesia católica afirma que hay una  relación  sexual: es  la que  culmina en hacer nenitos. Es una afirmación que es completamente  sostenible,  sólo  que es  indemostrable.  Ningún discurso puede  sostenerlo, salvo el discurso  religioso, en  tanto define  la estricta separación que hay entre  la verdad y el saber.  Y  en  tercer  lugar  no hay  síntesis,  a  menos  que ustedes  llamen  síntesis  a esta observación de que no hay  más goce que el de morir.<br />
Tales son los puntos de verdad y de saber de los que importa escandir lo que respecta al saber del psicoanalista, con la salvedad de que no hay un sólo psicoanalista para el que esto no sea letra muerta. Para la síntesis podemos fiarnos de ellos para sostener sus términos y verlos en un lugar totalmente distinto que el instinto de muerte. Espanten lo natural, vuelve al galope (4), como se dice, ¿no es cierto?<br />
Convendría de  todos modos,  darle  su  verdadero  sentido a esta  vieja  fórmula proverbial.  Lo natural, hablemos de él, pues de el se trata. Lo natural, es todo lo que se viste con la librea del saber y Dios sabe que eso no falta y un discurso que está hecho únicamente para que el saber haga de ropaje, es el discurso universitario. Está totalmente claro que el ropaje del que se trata es la idea de la naturaleza.<br />
No está pronta a desaparecer del primer plano de  la escena. No es que yo  trate de sustituirle otra.  No  imaginen  que  soy  de  los  que oponen  la  cultura a  la naturaleza.  Aunque  fuese en primer  lugar  porque  la naturaleza es  precisamente un  fruto de  la  cultura,  pero en  fin,  esta relación,  la  verdad/el  saber  o  como  quieran,  el  saber/la  verdad,  es  algo a  lo  que no hemos empezado a  tener siquiera el más mínimo principio de adhesión, como ocurre en  la medicina, en  la psiquiatría  y  un montón de otros  problemas Vamos  a  estar  sumergidos,  dentro de no mucho  tiempo,  antes  de 4,  5 años  en  todos  los  problemas segregativos  que  titularemos  o fatigaremos con el  término racismo, todos  los problemas que son precisamente  los que van a consistir en lo que se llama simplemente el control de lo que pasa a nivel de la reproducción de la  vida de  los seres  que en  razón de  que hablan,  se encuentran  teniendo  todo  tipo de problemas  de  conciencia.  Lo  que es  absolutamente  inaudito es  que no  nos  hayamos  dado cuenta aún de que los problemas de conciencia son problemas del goce.<br />
Pero en  fin,  recién empezamos  a poder decirlos. No es para nada  seguro que eso  tenga  la menor consecuencia, ya que en efecto sabemos que  la  interpretación exige, para ser recibida lo que llamaba al empezar, un trabajo. El saber es del orden del goce. No hay razón para que cambie de cama. Lo que la gente espera, denuncia como intelectualización, simplemente alude a esto que están acostumbrados por experiencia a ver que no es de ningún modo necesario, no es  de ningún modo  suficiente,  comprender  algo para  que  algo  cambie.  La  cuestión del saber del psicoanalista no es para nada que eso se articule o no, la cuestión consiste en saber en qué lugar hay que estar para sostenerlo. Es acerca de esto, evidentemente, que tratare de indicar  algo a  lo  que no  sé  si lograré  dar  una  formulación  que  sea  transmisible. Trataré  sin embargo.<br />
La cuestión es saber en qué medida lo que la ciencia la ciencia a la que el psicoanálisis, tanto ahora como en  tiempos de Freud, no puede hacer más que escoltar,  lo que  la ciencia puede alcanzar que se ajuste al término de real.<br />
LO SIMBOLICO, LO IMAGINARIO Y LO REAL<br />
Está muy  claro  que  la potencia de  lo  simbólico no necesita  ser  demostrada. Es  la potencia misma. No hay ninguna huella de potencia en el mundo antes de la aparición del lenguaje. Lo que hay  de  chocante en  lo  que  Freud esboza del  pre-Copérnico,  es  que  se  imagina  que el hombre estaba muy  contento por  estar  en el  centro del  universo  y  que  se  creía  su  rey. Es verdaderamente una  ilusión absolutamente  fabulosa!  Si  hay  algo  cuya  idea  tomaba de  las esferas eternas, es precisamente que ahí estaba la última palabra del saber. Lo que sabe algo en el mundo —  hace falta tiempo para que eso pase—  son las esferas etéreas. Ellas saben. Es en lo que el saber está asociado desde el origen a la idea del poder.<br />
Y  en ese pequeño anuncio que está al dorso del paquetón de mis Escritos, ustedes  lo  ven, porque —   por  qué no admitirlo—  soy yo el  que escribió esta notita Quién  si  no,  yo,  habría podido hacerlo, se reconoce mi estilo y no está en absoluto mal escrita! —  invoco las Luces.<br />
Está totalmente claro que las Luces han tardado un cierto tiempo en dilucidarse. En un primer tiempo, erraron el golpe por mucho. Pero finalmente, como el Infierno, estaban empedradas de buenas  intenciones. Contrariamente a  todo  lo que pudo decirse  las Luces  tenían por  finalidad enunciar  un  saber  que no  fuera homenaje  a ningún poder.  Pero  lamentamos  tener  que constatar que  los que se dedicaron a este asunto estaban un poco demasiado en posiciones de valet en relación a un cierto tipo—  debo decir bastante feliz y floreciente amo, los nobles de la época,  para  que hubieran podido  culminar  en otra  cosa  que en esta  famosa  revolución francesa que tuvo el resultado que conocen, a saber, la instauración de una raza de amo más feroz que todo lo que se había visto en acción hasta entonces.<br />
Un saber que no puede esto el saber de  la  impotencia es  lo que el psicoanalista, desde una cierta perspectivo, una perspectiva que no calificaría de progresiva, es  lo que el psicoanalista podrá a vehiculizar.<br />
Y para darles el  tenor de  la huella por la cual este año espero proseguí mi discurso, les voy a dar  el  título,  la primacía —para  que  se  les  haga agua  la boca—   les  voy  a dar  el  título del seminario que voy a dar en el mismo lugar que el año pasado, gracias a algunas personas que han querido dedicarse a preservárnoslo.<br />
Se escribe así. . . antes de pronunciarlo, esto es una o, y esta una u. . . Tres puntos, pondrán lo que quieran, así  lo dejo a vuestra meditación.. Este o (ou) es el o (ou) que se  llama &#8220;vel&#8221; o &#8220;out&#8221; en latín, o peor;  . . .OU PIRE (. . .0 PEOR).</p>
<p>Notas finales<br />
1  Poubellication es un neologismo que reúne &#8216;poubelle&#8217; (tacho de basura) y publication&#8217; (publicación)<br />
2 Responsif, es un neologismo<br />
3 Juego de palabras a partir de los dos Sentidos del término essence: esencia, y además: nafta.<br />
4 &#8216;Chassez le natural, u revient au galop&#8217; es un proverbio cuyo sentido es el de genio y figura hasta la sepultura&#8217;.<br />
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Fuente: http://www.con-versiones.com/nota0641.htm</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Nov 2011 22:58:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>
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		<description><![CDATA[Por Sigmund Freud ( 1915 ) Ya comenzada la Primera Guerra Mundial, Freud reflexiona sobre la pulsión humana que se dirige a la guerra y la destrucción. Frente a éstas, no propone el rechazo sino una ética que contenga una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Sigmund Freud ( 1915 )<a href="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2011/09/Freud2.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-386" title="Freud" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2011/09/Freud2-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a></h4>
<h6>Ya comenzada la Primera Guerra Mundial, Freud reflexiona sobre la pulsión humana que se dirige a la guerra y la destrucción. Frente a éstas, no propone el rechazo sino una ética que contenga una pregunta y una conducta hacia la muerte.</h6>
<p>&nbsp;</p>
<h4>Título Original: Zeitgemässes über Krieg und Tod, 1915.<span class="m" id="more-693"></span></h4>
<h4><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
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<h4> CONSIDERACIONES DE ACTUALIDAD SOBRE LA GUERRA Y LA MUERTE</h4>
<p>&nbsp;</p>
<p>I. Nuestra decepción ante la guerra</p>
<p>Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, a distancia insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido ya o empiezan a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos descaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valoración de los juicios qu formamos. Quiere parecernos como si jamás acontecimiento alguno hubiera destruido tantos preciados bienes comunes a la Humanidad, trastornado tantas inteligencias, entre las más claras, y rebajado tan fundamentalmente las cosas más elevadas. ¡Hasta la ciencia misma ha perdido su imparcialidad desapasionada! Sus servidores, profundamente irritados, procuran extraer de ella armas con que contribuir a combatir al enemigo. El antropólogo declara inferior y degenerado al adversario, y el psiquiatra proclama el diagnóstico de su perturbación psíquica o mental. Pero, probablemente, sentimos con desmesurada intensidad la maldad de esta época y no tenemos derecho a compararla con la de otras que no hemos vivido</p>
<p>El individuo que no ha pasado a ser combatiente, convirtiéndose con ello en una partícula de la gigantesca maquinaria guerrera, se siente desorientado y confuso. Habrá, pues, de serle grata toda indicación que le haga más fácil orientarse de nuevo, por lo menos en su interior. Entre los factores responsables de la miseria anímica que aqueja a los no combatientes, y cuya superación les plantea tan arduos problemas, quisiéramos hacer resaltar dos, a los que dedicaremos el presente ensayo: la decepción que esta guerra ha provocado y el cambio de actitud espiritual ante la muerte al que —como todas las guerras— nos ha forzado. Cuando hablamos de una decepción ya sabe todo el mundo a la que nos referimos. No es preciso ser un fanático de la compasión; puede muy bien reconocerse la necesidad biológica y psicológica del sufrimiento para la economía de la vida humana y condenar, sin embargo, la guerra, sus medios y sus fines y anhelar su término. Nos decíamos, desde luego, que las guerras no podrían terminar mientras los pueblos vivieran en tan distintas condiciones de existencia, en tanto que la valoración de la vida individual difiera tanto de unos a otros y los odios que los separan representaran fuerzas instintivas anímicas tan poderosas. Estábamos, pues, preparados a que la Humanidad se viera aún, por mucho tiempo, envuelta en guerras entre los pueblos primitivos y los civilizados, entre las razas diferenciadas por el color de la piel e incluso entre los pueblos menos evolucionados o involucionados de Europa</p>
<p>Pero de las grandes naciones de raza blanca, señoras del mundo, a las que ha correspondido la dirección de la Humanidad, a las que se sabía al cuidado de los intereses mundiales y a las cuales se deben los progresos técnicos realizados en el domino de la Naturaleza, tanto como los más altos valores culturales, artísticos y científicos; de estos pueblos se esperaba que sabrían resolver de otro modo sus diferencias y sus conflictos de intereses. Dentro de cada una de estas naciones se habían prescrito al individuo elevadas normas morales, a las cuales debía ajustar su conducta si quería participar en la comunidad cultural. Tales preceptos, rigurosísimos a veces, le planteaban cumplidas exigencias, una amplia autolimitación y una acentuada renuncia a la satisfacción de sus instintos. Ante todo, le estaba prohibido servirse de las extraordinarias ventajas que la mentira y el engaño procuran en la competencia con los dems. El Estado civilizado consideraba estas normas morales como el fundamento de su existencia, salía abiertamente en su defensa apenas alguien intentaba infringirlas e incluso declaraba ilícito someterlas siquiera al examn de la razón crítica. Era, pues, de suponer que él mismo quería respetarlas y que no pensaba intentar contra ellas nada que constituyera una negación de los fundamentos de su misma experiencia. Por último, pudo observarse cómo dentro de estas naciones civilizadas había insertos ciertos restos de pueblos que eran, en general, poco gratos y a los que, por lo mismo, sólo a disgusto y con limitaciones se los admitía a participar en la obra de cultura común, para la cual se habían demostrado, sin embargo, suficientemente aptos. Pero podía creerse que los grandes pueblos mismos habían adquirido comprensión suficiente de sus elementos comunes y tolerancia bastante de sus diferencias para no fundir ya en uno solo, como sucedía en la antigüedad clásica, los conceptos de «extranjero» y «enemigo»</p>
<p>Confiando en este acuerdo de los pueblos civilizados, innumerables hombres se expatriaron para domiciliarse en el extranjero y enlazaron su existencia a las relaciones comerciales entre los pueblos amigos. Y aquellos a quienes las necesidades de la vida no encadenaban constantemente al mismo lugar podían formarse, con todas las ventajas y todos los atractivos de los países civilizados, una nueva patria mayor, que recorrían sin trabas ni sospechas. Gozaban así de los mares grises y los azules, de la belleza de las montañas nevadas y las verdes praderas, del encanto de los bosques norteños y de la magnificencia de la vegetación meridional, del ambiente de los paisajes sobre los que se ciernen grandes recuerdos históricos y de la serenidad de la Naturaleza intacta. Esta nueva patria era también para ellos un museo colmado de todos los tesoros que los artistas de la Humanidad civilizada haban creado y legado al mundo desde muchos años atrás. Al peregrinar de una en otra sala de este magno museo podían comprobar imparcialmente cuán diver sos tipos de perfección habían creado la mezcla de sangres, la Historia y la peculiaridad de la madre Tierra entre sus compatriotas de la patria mundial. Aquí se había desarrollado, en grado máximo, una serena energía indomable; allá, el arte de embellecer la vida; más allá, el sentido del orden y de la ley o alguna otra de las cualidades que han hecho del hombre el dueño de la Tierra.</p>
<p>No olvidemos tampoco que todo ciudadano del mundo civilizado se había creado un ‘Parnaso’ especial y una especial ‘Escuela de Atenas’. Entre los grandes pensadores, los grandes poetas y los grandes artistas de todas las naciones habían elegido aquellos a los que creía deber más y había unid en igual veneración a los maestros de su mismo pueblo y su mismo idioma y a los genios inmortales de la Antigüedad. Ninguno de estos grandes hombres le había parecido extraño a él porque hubiera hablado otra lengua: ni el incomparable investigador de las pasiones humanas, ni el apasionado adorador de la belleza, ni el profeta amenazador, ni el ingenioso satírico, y jamás se reprochaba por ello haber renegado de su propia nación ni de su amada lengua materna. El disfrute de la comunidad civilizada quedaba perturbado en ocasiones por voces premonitoras que recordaban cómo, a consecuencia de antiguas diferencias tradicionales, también entre los miembros de la misma eran inevitables las guerras. Voces a las que nos resistíamos a prestar oídos. Pero aun suponiendo que tal guerra llegara, ¿cómo se le representaba uno? Como una ocasión de mostrar los progresos alcanzados por la solidaridad humana desde aquella época en que los griegos prohibieon asolar las ciudades pertenecientes a la Confederación, talar sus olivares o cortarles el agua. Como un encuentro caballeresco que quisiera limitarse a demostrar la superioridad de una de las partes evitando en lo posible graves daños qu no hubieran de contribuir a tal decisión y respetando totalmente al herido que abandona la lucha y al médico y al enfermero deicados a su curación. Y, desde luego, con toda consideración a la población no beligerante, a las mujeres, alejadas del oficio de la guerra, y a los niños, que habrían de ser más adelante, por ambas partes, amigos y colaboradores. E igualmente, con pleno respeto a todas las empresas e instituciones internacionales en las que habían encarnado la comunidad cultural de los tiempos pacíficos</p>
<p>Tal guerra habría ya integrado horrores suficientes y difíciles de soportar, pero no habría interrumpido el desarrollo de las relaciones éticas entre los elementos individuales de la Humanidad, los pueblos y los Estados. La guerra, en la que no queríamos creer, estalló y trajo consigo una terrible decepción. No es tan sólo más sangrienta y más mortífera que ninguna de las pasadas, a causa del perfeccionamiento de las armas de ataque y defensa, sino también tan cruel, tan enconada y tan sin cuartel, por lo menos, como cualquiera de ellas. Infringe todas las limitaciones a las que los pueblos se obligaron en tiempos de paz —el llamado Derecho Internacional— y no reconoce ni los privilegios del herido y del médico, ni la diferencia entre los núcleos combatientes y pacíficos de la población, ni la propiedad privada. Derriba, con ciega cólera, cuanto le sale al paso, como si después de ella no hubiera ya de existir futuro alguno ni paz entre los hombres. Desgarra todos los lazos de solidaridad entre los pueblos combatientes y amenaza dejar tras de sí un encono que hará imposible durante mucho tiempo, su reanudación</p>
<p>Ha hecho, además, patente el fenómeno, apenas concebible, de que los pueblos civilizados se conocen y comprenden tan poco, que pueden revolverse, llenos de odio y de aborrecimiento, unos contra otros. Y el de que una de las grandes naciones civilizadas se ha hecho universalmente tan poco grata, que ha podido arriesgarse la tentativa de excluirla, como «bárbara», de la comunidad civilizada, no obstante tener demostrada, hace ya mucho tiempo, con las más espléndidas aportaciones, su íntima pertenencia a tal comunidad. Abrigamos la esperanza de que una Historia imparcial aportará la prueba de que precisamente esta nación, en cuyo idioma escribimos y por cuya victoria combaten nuestros seres queridos, es la que menos ha transgredido las leyes de la civilización. Pero ¿quién puede, en tiempos como éstos, erigirse en juez de su propia causa? Los pueblos son representados hasta cierto punto por los Estados que constituyen, y estos Estados, a su vez, por los Gobiernos que los rigen. El ciudadano individual comprueba con espanto en esta guerra algo que ya vislumbró en la paz; comprueba que el Estado ha prohibido al individuo la injusticia, no porque quisiera abolirla, sino porque pretendía monopolizarla, como el tabaco y la sal. El Estado combatiente se permite todas las injusticias y todas las violencias, que deshonrarían al individuo. No utiliza tan sólo contra el enemigo la astucia permisible (ruses de guerre), sino también la mentira a sabiendas y el engaño consciente, y ello es una medida que parece superar la acostumbrada en guerras anteriores. El Estado exige a sus ciudadanos un máximo de obediencia y de abnegación, pero los incapacita con un exceso de ocultación de la verdad y una censura de la intercomunicación y de la libre expresión de us opiniones, que dejan indefenso el ánimo de los individuos así sometidos intelectualmente, frente a toda situación desfavorable y todo rumor desastroso. Se desliga de todas las garantías y todos los convenios que habían concertado con otros Estados y confiesa abiertamente su codcia y su ansia de poderío, a las que el individuo tiene que dar, por patriotismo, su visto bueno</p>
<p>No es admisible la objeción de que el Estado no puede renunciar al empleo de la injusticia, porque tal renuncia le colocaría en situación desventajosa. También para el individuo supone una desventaja la sumisión a las normas morales y la renuncia al empleo brutal del poderío, y el Estado sólo muy raras veces se muestra capaz de compensar al individuo todos los sacrificios que de él ha exigido. No debe tampoco asombrarnos que el relajamiento de las relaciones morales entre los pueblos haya repercutido en la moralidad dl individuo, pues nuestra conciencia no es el juez incorruptible que los moralistas suponen, es tan sólo, en su origen, «angustia social», y no otra cosa. Allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche, cesa también la yugulación de los malos impulsos, y los hombres cometen actos de crueldad, malicia, traición y brutalidad, cuya posibilidad se hubiera creído incompatible con su nivel cultural. De este modo, aquel ciudadano del mundo civilizado al que antes aludimos se halla hoy perplejo en un mundo que se le ha hecho ajeno, viendo arruinada su patria mundial, asoladas las posesiones comunes y divididos y rebajados a sus conciudadanos</p>
<p>Podemos, sin embargo, someter a una consideración crítica tal decepción y hallaremos que no está, en rigor, justificada, pues proviene del derrumbamiento de una ilusión. Las ilusiones nos son gratas porque nos ahorran sentimientos displacientes y nos dejan, en cambio, gozar de satisfacciones. Pero entonces habremos de aceptar sin lamentarnos que alguna vez choquen con un trozo de realidad y se hagan pedazos. Dos cosas han provocado nuestra decepción en esta guerra: la escasa moralidad exterior de los Estados, que interiormente adoptan el continente de guardianes de las normas morales, y la brutalidad en la conducta de los individuos de los que no se había esperado tal cosa como copartícipes de la más elevada civilización humana. Empecemos por el segundo punto e intentemos concretar en una sola frase, lo más breve posible, la idea que queremos criticar. ¿Cómo nos representamos en realidad el proceso por el cual un individuo se eleva a un grado superior de moralidad? La primera respuesta será, quizá, la de que el hombre es bueno y noble desde la cuna. Por nuestra parte, no hemos de entrar a discutirla. Pero una segunda solución afirmará la necesidad de un proceso evolutivo y supondrá que tal evolución consiste en que las malas inclinaciones del hombre son desarraigadas en él y sustituidas, bajo el influjo de la educación y de la cultura circundante, por inclinaciones al bien. Y entonces podemos ya extrañar sin reservas que en el hombre así educado vuelva a manifestarse tan eficientemente el mal</p>
<p>Ahora bien: esta segunda respuesta integra un principio que hemos de rebatir. En realidad, no hay un exterminio del mal. La investigación psicológica —o, más rigurosamente, la psicoanalítica— muestra que la esencia más profunda del hombre consiste en impulsos instintivos de naturaleza elemental, iguales en todos y tendentes a la satisfacción de ciertas necesidades primitivas. Estos impulsos instintivos no son en sí ni buenos ni malos. Los clasificamos, y clasificamos así sus manifestaciones, según su relación con las necesidades y las exigencias de la comunidad humana. Debe concederse, desde luego, que todos los impulsos que la sociedad prohíbe como malos —tomemos como representación de los mismos los impulsos egoístas y los crueles— se encuentran entre tales impulsos primitivos. Estos impulsos primitivos recorren un largo camino evolutivo hasta mostrarse eficientes en el adulto. Son inhibidos, dirigidos hacia otros fines y sectores, se amalgaman entre sí, cambian de objeto y se vuelven en parte contra la propia persona. Ciertos productos de la reacción contra algunos de estos instintos fingen una transforma ción intrínseca de los mismos, como si el egoísmo se hubiera hecho compasión y la crueldad altruismo. La aparición de estos productos de la reacción es favorecida por la circunstancia de que algunos impulsos instintivos surgen csi desde el principio, formando parejas de elementos antitéticos, circunstancia singularísima y poco conocida, a la que se ha dado el nombre de ambivalencia de los sentimientos. El hecho de este género más fácilmente observable y comprensible es la frecuente coexistencia de un intenso amor y un odio intnso en la misma persona. A lo cual agrega el psicoanálisis que ambos impulsos sentimentales contrapuestos toman muchas veces también a la misma personacomo objeto</p>
<p>Sólo una vez superados todos estos destinos del instinto surge aquello que llamamos el carácter de un hombre, el cual, como es sabido, sólo muy insuficientemente puede ser clasificado con el criterio de bueno o malo. El hombre es raras veces completamente bueno o malo; por lo general, es bueno en unas circunstancias y malo en otras, o bueno en unas condiciones exteriores y decididamente malo en otras. Resulta muy interesante observar que la preexistencia infantil de intensos impulsos malos es precisamente la condición de un carísimo viraje del adulto hacia el bien. Los mayores egoístas infantiles pueden llegar a ser los ciudadanos más altruistas y abnegados; en cambio, la mayor parte de los hombres compasivos, filántropos y protectores de los animales fueron en su infancia pequeños sádicos y torturadores de cualquier animalito que se ponía a su alcance.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<h4> Fuente: www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.</h4>
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<p>&nbsp;</p>
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		<title>“El valor de la vida” Entrevista a Sigmund Freud por George Sylvester Viereck en 1926.</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Sep 2011 01:16:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanalisis]]></category>
		<category><![CDATA[Referencias]]></category>

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		<description><![CDATA[Sigmund Freud, entrevistado por George Sylvester Viereck Excelente entrevista con diversas reflexiones acerca de la situación histórica y la “naturaleza” humana. Entre la guerra, el pesimismo por el empuje de la pulsión de muerte y la pulsión de vida, Freud [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4><a href="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2011/09/Freud2.jpg"><img class="alignright" title="Freud" src="http://espaciodevenir.com/wp-content/uploads/2011/09/Freud2-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>Sigmund Freud, entrevistado por George Sylvester Viereck</h4>
<h6>Excelente entrevista con diversas reflexiones acerca de la situación histórica y la “naturaleza” humana. Entre la guerra, el pesimismo por el empuje de la pulsión de muerte y la pulsión de vida, Freud ubica la ética del psicoanálisis.</h6>
<p>&nbsp;</p>
<p><span class="m" id="more-243"></span></p>
<h6><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div></h6>
<p>&#8220;Setenta años me han enseñado a aceptar la vida con alegre humildad”, comenzó diciendo el profesor Freud.<br />
La escena en que tuvo lugar nuestra conversación fue su casa de verano en el Semmering, una zona montañosa de los Alpes austríacos donde le agrada reunirse a la Viena elegante.<br />
Desde el momento en que una afección maligna de la mandíbula superior hizo necesaria una operación, Freud usa una ortopedia mecánica para facilitarle el lenguaje.<br />
&#8220;Detesto mi mandíbula mecánica porque la lucha con el mecanismo me consume tanta preciosa energía. Sin embargo, prefiero una mandíbula mecánica a no tener ninguna. Todavía prefiero la existencia a la extinción.</p>
<p>&#8220;Quizá los dioses son bondadosos con nosotros&#8221;, siguió diciendo el padre del psicoanálisis, &#8220;al hacernos la vida cada vez más desagradable a medida que envejecemos. Al final, la muerte parece menos intolerable que las múltiples cargas que arrastramos&#8221;.</p>
<p>Freud rehúsa admitir que el destino se haya ensañado con él con especial malicia.</p>
<p>“¿Por qué – dijo tranquilamente – debería esperar algún favor especial? La vejez, con sus manifiestas incomodidades, nos llega a todos. Golpea a un hombre aquí y a otro allá. Sus golpes siempre se descargan en un lugar vital y la victoria final pertenece inevitablemente al Gusano Conquistador.</p>
<p>¡Todas las luces se apagan!<br />
Y sobre cada forma temblorosa<br />
La cortina, como un palio mortuorio,<br />
Cae con el ímpetu de una tormenta,<br />
Y los ángeles, pálidos y macilentos,<br />
Sublevados, descorren el velo, y afirman<br />
Que la representación es la tragedia del “Hombre”,<br />
Y su héroe el Gusano Conquistador.<br />
No me rebelo contra el orden universal. Después de todo – continuó el maestro indagador del cerebro humano – he vivido más de setenta años. Tuve suficiente para comer, gocé de muchas cosas: la camaradería de mi mujer, mis hijos, las puestas de sol. Observé crecer las plantas en primavera. De vez en cuando disfruté de estrechar una mano amiga. Una vez o dos encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo pedir?”<br />
Yo le dije: Usted ha tenido fama. Su trabajo afecta a la literatura de toda la tierra. Por su causa, el hombre mira a la vida y a sí misino con ojos diferentes. Y recientemente, en su septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo ¡con la excepción de su propia universidad!<br />
&#8220;Si la Universidad de Viena me hubiera reconocido sólo me habría puesto en un aprieto. No hay razón para que ellos decidieran aceptarme a mí o a mi doctrina porque tengo setenta años. No le concedo ninguna importancia especial a los decimales.<br />
“La fama nos llega sólo después de muertos y, francamente, lo que venga después de mi muerte no me concierne. No aspiro a la gloria póstuma. Mi modestia no es una virtud”.<br />
¿No le significa nada saber que su nombre sobrevivirá?<br />
“No me parece tan seguro, pero aun en el caso de que ocurriera, no me significa nada en absoluto. Estoy mucho más interesado en el destino de mis hijos. Espero que su vida no sea tan dura. No puedo hacérsela más fácil porque la guerra prácticamente agotó mi modesta fortuna, los ahorros de toda una vida. Sin embargo, afortunadamente, la edad no es aún una carga demasiado pesada. ¡Todavía puedo con ella! Mi trabajo me sigue dando placer”.<br />
Recorríamos de arriba abajo un pequeño sendero en el escarpado jardín de la casa. Freud con sus sensitivas manos acarició tiernamente un arbusto en flor.<br />
“Estoy mucho más interesado en este capullo – dijo – que en nada de lo que pueda sucederme después que muera”<br />
¿Entonces usted es en realidad un profundo pesimista?<br />
“No lo soy, no permito que ninguna reflexión filosófica estropee mi disfrute de las cosas simples de la vida”<br />
¿Cree en alguna forma de persistencia de la personalidad después de la muerte?<br />
&#8220;No he pensado nada sobre eso. Todo lo que vive, perece. ¿Por qué debería yo sobrevivir?”<br />
¿Le gustaría volver de alguna forma, reintegrarse desde el polvo? En otras palabras, ¿no desea la inmortalidad?<br />
“Francamente, no. Si uno reconoce los motivos egoístas que subyacen a toda conducta humana, no tiene el más leve deseo de retornar. La vida, moviéndose en círculo, podría volver a ser la misma.<br />
Por otra parte, incluso si la eterna recurrencia de las cosas, para usar la frase de Nietzsche, volviera a reinvestirnos con nuestras vestiduras carnales, ¿de qué beneficio podría sernos esto, sin memoria? No habría enlace entre el pasado y el futuro.<br />
Por lo que a mí concierne, estoy perfectamente contento de saber que el eterno fastidio de vivir terminará algún día. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una interminable lucha entre el yo y su entorno. El deseo de prolongar la vida indebidamente me parece absurdo.&#8221;<br />
¿Desaprueba los intentos de su colega Steinach de extender el ciclo de la existencia humana?<br />
“Steinach no hace intentos de prolongar la vida, meramente combate la vejez. Estimulando el reservorio de energía dentro de nuestros cuerpos, ayuda al tejido a resistir la enfermedad. La operación de Steinach a veces detiene accidentes biológicos infortunados como el cáncer, en sus estadios tempranos. Hace la vida más vivible, pero eso no significa que haga que valga más la pena vivirla.”<br />
No hay razón por la que deseáramos vivir más tiempo. Pero hay muchas razones para desear vivir con la menor cantidad posible de incomodidades.<br />
“Soy tolerablemente feliz porque estoy agradecido por la ausencia de dolor y por los pequeños placeres de la vida, por mis hijos y por mis flores”.<br />
Bernard Shaw afirma que nuestra vida es demasiado corta. Piensa que el hombre puede, si lo desea alargar la duración de la vida humana haciendo jugar su voluntad sobre las fuerzas de la evolución. Piensa que la humanidad puede recobrar la longevidad de los patriarcas.<br />
&#8220;Es posible – replicó Freud – que la muerte misma pueda no ser una necesidad biológica. Quizá morimos porque queremos morir. Incluso del mismo modo que el odio y el amor por la misma persona habitan en nuestro interior al mismo tiempo, la vida combina, con el deseo de mantenerse, un ambivalente deseo de su propia aniquilación.<br />
Igual que una banda de goma extensible tiene la tendencia a volver a asumir su forma original, toda materia viva, conciente o inconcientemente, anhela recobrar la completa y absoluta inercia de la existencia inorgánica. El deseo de vida y el deseo de muerte conviven lado a lado dentro de nosotros.<br />
La Muerte es la compañera del Amor. Juntos gobiernan el mundo. Este es el mensaje de mi libro Más allá del principio del placer.”<br />
En el comienzo el psicoanálisis dio por sentado que el Amor era lo más importante. Hoy sabemos que la Muerte es igualmente importante.<br />
&#8220;Biológicamente, cada ser viviente, no importa cuán intensamente bulla la vida dentro de él, anhela el Nirvana, anhela el cese de la ‘fiebre llamada vida’, anhela retornar al seno de Abraham. El deseo puede ser disfrazado por circunloquios variados. Sin embargo, ¡el último objeto de la vida es su propia extinción!&#8221;.<br />
Eso, exclamé, es la filosofía de la autodestrucción. Justifica el autosacrificio. Lógicamente conduciría al mundo al autosuicidio previsto previsto por Eduard von Hartmann.<br />
&#8220;La humanidad no elige el suicidio porque la ley de su ser aborrece el camino directo hacia su objetivo. La vida debe completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, el deseo de vida es suficientemente fuerte para contrabalancear el deseo de muerte, aunque en el final el deseo de muerte pruebe ser más fuerte.<br />
Nos ilusionamos con la idea de que podemos vencer a la Muerte a voluntad. Lo cual quizá sería posible si no fuera porque tiene un aliado en nuestro propio interior.<br />
En ese sentido – agregó Freud con una sonrisa – estamos justificados en decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.&#8221;<br />
Empezó a hacer frío en el jardín. Continuamos nuestra conversación en el estudio. Observé sobre el escritorio de Freud una pila de manuscritos con su prolija escritura.<br />
¿Sobre qué está trabajando?, le pregunté.<br />
&#8220;Estoy escribiendo una defensa del análisis profano, el psicoanálisis practicado por profanos. Los doctores quieren declarar ilegal todo análisis que no sea hecho por médicos recibidos. La historia, el viejo plagiador, se repite siempre igual después de cada descubrimiento. Los doctores luchan al comienzo para que no se imponga una nueva verdad. Después, tratan de monopolizarla&#8221;.<br />
¿Tuvo usted mucho apoyo del campo profano?<br />
&#8220;Algunos de mis mejores alumnos son legos&#8221;<br />
¿Sigue practicando intensamente el psicoanálisis?<br />
&#8220;Ciertamente. En este mismo momento estoy trabajando sobre un caso difícil, desenmarañando los conflictos psíquicos de un interesante nuevo paciente&#8221;.<br />
Mi hija también es psicoanalista, como usted ve&#8230;&#8221;<br />
En ese momento la Srta. Anna Freud apareció seguida por su paciente, un muchacho de once años, inequívocamente anglosajón por sus rasgos. El chico parecía perfectamente feliz, completamente inconsciente de un conflicto o alteración en su personalidad.<br />
¿Alguna vez, le pregunté al Profesor Freud, se analizó usted mismo?<br />
&#8220;Naturalmente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos estamos más capacitados para analizar a otros&#8221;.<br />
&#8220;El psicoanalista es como el chivo expiatorio de los hebreos. Otros cargan sus pecados sobre él. Debe ejercitar su arte hasta el límite para deshacerse de la pesada carga depositada sobre él.&#8221;<br />
Siempre tengo la impresión, observé, de que el psicoanálisis induce en todos aquellos que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. No hay nada en la vida humana que el psicoanálisis no pueda hacernos comprender. &#8220;Tout comprendre c&#8217;est tout perdonner&#8221; “Comprender todo es perdonar todo”.<br />
&#8220;Al contrario – tronó Freud mientras sus rasgos asumían la orgullosa severidad de un profeta hebreo – comprender todo no es perdonarlo todo. El psicoanálisis nos enseña no sólo lo que podemos soportar sino también lo que debemos evitar. Nos dice qué es lo que debe ser exterminado. La tolerancia del mal no es de ningún modo un corolario del conocimiento.&#8221;<br />
Repentinamente comprendí por qué Freud había luchado tan amargamente contra aquellos de sus seguidores que habían desertado de él, por qué no pudo perdonarles su alejamiento del camino recto del psicoanálisis ortodoxo. Su sentido de la rectitud es la herencia de sus antecesores. Una herencia de la que él está orgulloso, tan orgulloso como de su raza.<br />
&#8220;Mi lengua es el alemán, me explicó. Mi cultura y mi formación son alemanas. Me consideraba a mí mismo intelectualmente un alemán, hasta que me di cuenta del incremento del perjuicio antisemítico en Alemania y en la Austria alemana. Desde ese momento, ya no me considero más alemán. Prefiero considerarme judío.&#8221;<br />
De algún modo esta observación me desilusionó.<br />
Me parecía que el espíritu de Freud debía morar en las alturas, más allá de cualquier prejuicio de raza, que no debía ser manchado por ninguna clase de rencor. Sin embargo, su genuina indignación, su honesta cólera me lo hizo más atractivamente humano.<br />
¡Aquiles sería intolerable si no fuera por su talón!<br />
Me agrada, Sr. profesor, observé, que usted también tenga sus complejos, que también usted traicione su mortalidad.<br />
&#8220;Nuestros complejos – replicó Freud – son la fuente de nuestra debilidad, pero también a menudo son la fuente de nuestra fuerza.&#8221;<br />
Me pregunto, observé, ¡qué clase de complejos tengo!<br />
&#8220;Un análisis serio – replicó Freud – toma al menos un año. Puede incluso llevar dos o tres. Usted está dedicando muchos años de su vida a la caza del león. Ha buscado, año tras año, las figuras descollantes de su generación, invariablemente hombres mayores que usted. Roosevelt, el Kaiser, Hindenburg, Briand, Foch, Joffre, George Brandes, Gerhart Hauptmann y George Bernard Shaw…”<br />
Es parte de mi trabajo.<br />
&#8220;Pero es también su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted está buscando el gran hombre que tome el lugar del padre. Es parte de su complejo paterno.&#8221;<br />
Vehementemente negué la aseveración de Freud. Sin embargo, reflexionando, me pareció que podría haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugerencia casual. Podía ser el mismo impulso que me llevaba hacia él.<br />
“En su Judío errante, agregó, usted extiende su búsqueda hacia el pasado. Siempre es el mismo Cazador de Hombres.”<br />
Desearía, observé después de un momento, poder permanecer aquí suficiente tiempo para echar un vistazo a mi corazón a través de sus ojos.<br />
¡Quizá, como la Medusa, moriría de terror enfrentando a mi propia imagen! Pero sé mucho de psicoanálisis, y temo que me anticiparía o trataría de anticiparme a sus interpretaciones.<br />
&#8220;La inteligencia en un paciente – replicó Freud – no es una desventaja. Por el contrario, a veces facilita la tarea.&#8221;<br />
En este punto, el maestro del psicoanálisis difiere de muchos de sus adherentes que rechazan cualquier autointerpretación del paciente en tratamiento.<br />
La mayoría de los psicoanalistas emplea el método freudiano de la &#8220;libre asociación&#8221;. Estimula al paciente a decir todo lo que le venga a la mente, no importa cuán estúpido, obsceno, inoportuno o irrelevante pueda parecer. Siguiendo huellas aparentemente insignificantes, puede rastrear hasta su guarida a los dragones psíquicos que lo rondan. Le disgusta que el paciente desee cooperar activamente, porque temen que una vez que la dirección de la búsqueda comience a quedar clara para él, sus deseos y resistencias luchando inconscientemente para preservar sus secretos puedan lograr despistar al cazador psíquico y hacerle perder el rastro. También Freud reconoce este peligro.<br />
A veces me pregunto, dije cuestionadoramente, si no seríamos más felices sabiendo menos de los procesos que forman nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le sustrae a la vida todo encanto cuando conduce cada sentimiento a su original claustro de complejos. No nos hemos vuelto más felices descubriendo que todos albergamos en nuestros corazones al salvaje, al criminal y a la bestia.<br />
&#8220;¿Cuál es su objeción a las bestias? replicó Freud, prefiero infinitamente más la sociedad de los animales que la sociedad humana.&#8221;<br />
¿Por qué?<br />
&#8220;Porque son mucho más simples. No sufren de una personalidad dividida ni de la desintegración del yo, que resulta de los intentos del hombre de adaptarse a pautas de la civilización demasiado altas para su mecanismo intelectual y psíquico.<br />
El salvaje, como la bestia, es cruel, pero carece de la mezquindad del hombre civilizado. La mezquindad es la revancha del hombre sobre la sociedad por las restricciones que ésta le impone. Esta necesidad de venganza anima al reformador profesional y al buscavida. El salvaje le puede cortar la cabeza, se lo puede comer, lo puede torturar, pero le ahorrará los continuos pequeños aguijoneos que a menudo vuelven casi intolerable la vida en una comunidad civilizada.<br />
Los más desagradables hábitos e idiosincrasias del hombre, sus mentiras, su cobardía, su falta de reverencia, son engendrados por su incompleta adaptación a una civilización determinada. Es el resultado de los conflictos entre nuestros instintos y nuestra cultura.<br />
¡Cuánto más agradables son las simples, directas e intensas emociones de un perro, moviendo la cola o ladrando su displacer! Las emociones del perro – agregó Freud pensativamente – nos recuerdan a algunos de los héroes de la antigüedad. Quizás ésa es la razón por la que inconscientemente le damos a nuestros canes los nombres de los héroes antiguos, tales como Aquiles y Héctor.&#8221;<br />
Mi propio perro, interrumpí, se llama Ajax.<br />
Freud sonrió.<br />
Estoy contento, agregué, de que no pueda leer. ¡Sería un miembro menos deseable en la casa si pudiera gruñir sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!<br />
Incluso usted, profesor, encuentra la existencia demasiado compleja. Sin embargo, me parece que usted mismo es parcialmente responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes de que inventara el psicoanálisis no sabíamos que nuestra personalidad estaba dominada por una beligerante hueste de complejos altamente objetables. ¡El psicoanálisis ha hecho de la vida un complicado rompecabezas!<br />
&#8220;De ningún modo -replicó Freud-, el psicoanálisis simplifica la vida. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reorganiza el laberinto de impulsos extraviados y trata de volver a enrollarlos al carrete al que pertenecen. O, para cambiar la metáfora, provee el hilo que conduce a un hombre fuera del laberinto de su propio inconsciente.&#8221;<br />
Superficialmente parece, sin embargo, que la vida humana no tendría por qué ser tan compleja. Y cada día alguna nueva idea propuesta por usted o por alguno de sus discípulos vuelve el problema de la conducta humana más complejo y más contradictorio.<br />
“Por lo menos el psicoanálisis nunca le cierra la puerta a una nueva verdad”<br />
Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, quedan adheridos a cada pronunciamiento que emana de usted.<br />
&#8220;La vida cambia y el psicoanálisis también cambia, observó Freud, estamos sólo en los comienzos de una nueva ciencia.&#8221;<br />
Me da la impresión de que la estructura científica que usted ha erigido es muy elaborada. Sus principios, la teoría del desplazamiento, de la sexualidad infantil y de la simbología del sueño, parecen ser fantásticamente permanentes.<br />
&#8220;Sin embargo, le repito, estamos solo al comienzo. Yo soy únicamente un iniciador. Tuve éxito en sacar a la superficie monumentos enterrados en el sustrato de la mente. Pero donde yo he descubierto unos pocos templos, otros pueden descubrir un continente.&#8221;<br />
¿Todavía pone el énfasis más importante en el sexo?<br />
&#8220;Le replico con las palabras del gran poeta Walt Whitman: &#8216;Careceríamos de todo, si careciéramos de sexo&#8217;. De todos modos, le acabo de explicar que hoy le doy casi la misma importancia a lo que está &#8216;más allá&#8217; del placer: la muerte, la negación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman el dolor ¡como un paso hacia la aniquilación! Explica por qué todos los hombres buscan el descanso, por qué el poeta agradece que<br />
Cualesquiera que sean los dioses,<br />
que la vida no dure eternamente<br />
que los muertos no resuciten nunca,<br />
y que incluso el río más fatigado<br />
pueda, ondulando, llegar finalmente al mar”.<br />
Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero al revés que usted, considera el sexo poco interesante.<br />
“Shaw – replicó Freud sonriendo – no comprende el sexo. No tiene la más remota concepción del amor. No hay una verdadera relación amorosa en ninguna de sus obras. Toma en broma la pasión amorosa del César, quizá la pasión más grande de la historia. Deliberadamente, por no decir maliciosamente, despoja a Cleopatra de toda grandeza y la degrada en la imagen de una mujer insignificante y frívola.<br />
La razón de la extraña actitud de Shaw hacia el amor, y de su negación del motivo primordial de todos los asuntos humanos, lo cual priva a sus obras de atractivo universal, a pesar de su enorme interés intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, Shaw mismo enfatiza la vena ascética de su temperamento.<br />
Pude haber cometido muchos errores, pero estoy completamente seguro de que no me equivoqué cuando enfaticé la importancia del instinto sexual. Es porque es tan fuerte que el instinto sexual choca más frecuentemente con las convenciones y las salvaguardas de la civilización. La humanidad, en su propia autodefensa, busca negar su suprema importancia.<br />
El proverbio dice que si usted rasca al ruso, por debajo aparece el tártaro. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán lejos pueda aparentemente estar de la esfera sexual, y esté seguro de que descubrirá en alguna parte el instinto primal al que la vida debe su perpetuación.&#8221;<br />
Verdaderamente usted ha tenido éxito en imprimir este punto de vista en todos los nuevos escritos. El psicoanálisis le ha dado nuevas energías a la literatura.<br />
“También ha recibido mucho del a literatura y de la filosofía. Nietzsche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente hasta dónde su intuición anticipó nuestros descubrimientos. Nadie ha reconocido más profundamente los motivos duales de la conducta humana, y la insistencia del principio del placer sobre su interminable vaivén. Su Zaratustra dice:<br />
Dice la pena: ¡Vete!<br />
En cambio, el placer solicita eternidad,<br />
¡Solicita inextinguida, oh, profunda eternidad!”<br />
El psicoanálisis puede ser menos ampliamente discutido en Austria y Alemania que en los Estados Unidos, pero su influencia en la literatura es, sin embargo, inmensa.<br />
“Thomas Mann y Hugo von Hofmansthal nos deben mucho. Schnitzler siguió extensamente en paralelo mi propio descubrimiento. Expresa poéticamente mucho de lo que yo intento transmitir científicamente, pero ocurre que el Dr. Schnitzler es no sólo un poeta sino también un científico”.<br />
Usted, repliqué, no es sólo un científico sino también un poeta. La literatura americana, seguí diciendo, se ha elevado con el psicoanálisis. Rupert Hughes, Harvey O`Higgins y otros se han hecho sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O`Neill y Sydney Howard están profundamente en deuda con usted. El cordón de plata es meramente una dramatización del complejo de Edipo.<br />
“Lo sé – replicó Freud – y aprecio el cumplido, pero tengo miedo de mi propia popularidad en los Estados Unidos. El interés americano en el psicoanálisis no es muy profundo. La extensiva popularización conduce a una aceptación superficial sin una investigación seria. La gente meramente repite las frases que aprende en el teatro o en la prensa. ¡Imaginan que comprenden el psicoanálisis porque parlotean como cotorras! Prefiero el estudio más intenso del psicoanálisis en los centros europeos.<br />
América fue el primer país en reconocerme oficialmente. La Universidad de Clark me concedió un grado honorario cuando todavía sufría el ostracismo en Europa. No obstante, América ha hecho pocas contribuciones originales al estudio del psicoanálisis.<br />
Los americanos son inteligentes generalizadores, pero raramente son pensadores creativos. Sin embargo, el trust médico tanto en los Estados Unidos como en Austria, intenta apoderarse del campo. Pero dejar el psicoanálisis sólo en manos de los doctores podría ser fatal para su desarrollo. Una educación médica es a menudo tanto una desventaja como una ventaja para un psicoanalista. Es una desventaja si algunas convenciones científicas aceptadas se incrustan muy profundamente en la mente del estudiante”.<br />
¡Freud debe decir la verdad a cualquier costo! No puede forzarse a halagar a América donde tiene la mayoría de sus admiradores. No puede aún a los setenta prestarse a ofrecer la paz a la profesión médica, la cual incluso en la actualidad lo acepta de mala gana.<br />
A pesar de su intransigente integridad, Freud es el alma de la urbanidad. Escucha pacientemente cada sugerencia, no intentando nunca crear en su entrevistador alguna forma de temor reverencial. ¡Raro es el huésped que deja su presencia sin algún regalo o alguna muestra de hospitalidad!<br />
La noche había caído.<br />
Para mí ya era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez albergó el esplendor imperial de los Habsburgo.<br />
Freud, acompañado por su mujer y su hija, trepó, para despedirme, los escalones que conducían desde su refugio de la montaña a la calle. Me pareció gris y triste mientras levantaba la mano como despedida.<br />
&#8220;No me haga aparecer como un pesimista, remarcó después del último apretón de manos, yo no desdeño al mundo, ¡expresar desprecio por el mundo es sólo otro modo de cortejarlo, de ganar audiencia y aplausos!&#8221;<br />
&#8220;No, no soy un pesimista, ¡no mientras tenga a mis hijos, a mi mujer y a mis flores!<br />
&#8220;Afortunadamente – a agregó sonriendo – las flores no tienen ni carácter ni complejidades. Amo mis flores. Y no soy infeliz, al menos no más infeliz que los otros.&#8221;<br />
Traducción del inglés: Beatriz Castillo<br />
*Tomado de The Penguin Book of Interviews. An Anthology from 1859 to the present days, Unidres, Ed. C. Silvesier, 1994. Traducción del inglés: Beatriz Castillo para la revista &#8220;Conjetural&#8221;.<br />
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