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	<title>Espacio Devenir &#187; Psicoanálisis</title>
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	<description>Acompañamiento Terapéutico y Asistencia Clínica</description>
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		<title>Kristina: una clínica sin caso</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Mar 2014 15:18:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanálisis]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Esteban Espejo En este ensayo, el autor -conmovido por la manipulación y los usos que se han hecho de un supuesto saber &#8220;psi&#8221; sobre la muerte de Néstor Kirchner- se anima a reflexionar sobre el proceso de duelo y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Esteban Espejo</h4>
<h6>En este ensayo, el autor -conmovido por la manipulación y los usos que se han hecho de un supuesto saber &#8220;psi&#8221; sobre la muerte de Néstor Kirchner- se anima a reflexionar sobre el proceso de duelo y su elaboración en la esfera pública. A partir de una lectura de los goces y el amor desde la perspectiva lacaniana, se intenta pensar el duelo en Cristina Kirchner y los efectos que tiene en nuestra política argentina.</h6>
<h6>Presentado en Jornadas institucionales 2013 del Centro de Salud Mental Nº 1: “La clínica y la subjetividad de la época”, 4 de diciembre de 2013.</h6>
<p><span class="m" id="more-1201"></span></p>
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<p>Las pasiones y convicciones que nos atraen hacia determinadas coyunturas históricas no dejan de ser apuestas que corren la misma suerte que nuestro deseo: la indeterminación, la falta de garantía del resultado de esas apuestas. Es desde esta incertidumbre en que nos preguntamos por los principales personajes de nuestro drama argentino (Néstor y Cristina Kirchner) y por la escena que sigue teniendo efectos, aún: la muerte de él, el duelo de ella. No buscamos diagnosticar y llenar de sentidos psicológicos los acontecimientos –como lo suelen hacer las novelas históricas­–, sino forzar el sentido hasta agujerearlo. La política del psicoanálisis es el deseo; es la pregunta maldita que debemos hacernos una y otra vez frente a la que apenas encontramos efímeras resoluciones.</p>
<p>¿Cómo vivir sin garantías?, preguntan los amantes desconsolados. Preguntan gimiendo, sin llegar a enhebrar esas palabras imposibles. Preguntan con los temblores del deseo y la incertidumbre del amor, preguntan sin saber y sin exigir respuesta.</p>
<p>Entendemos el lado femenino desde dos aspectos que da Lacan: uno en el seminario 5 y otro en el 20. A partir de los 3 tiempos del Edipo, Lacan plantea que la salida para la mujer es por la vía del ser, identificándose al objeto de deseo del Otro, el falo. Sin embargo, el ser al que la mujer adviene no presenta la fijación e inmutabilidad que podríamos suponer de las esencias. Primero, el neurótico obsesivo e histérico si pueden servirse del falo es luego de haber afirmado en su inconsciente que nadie puede serlo ni nadie puede tenerlo. Esta estructura del inconsciente es otro modo de llamar a la castración. El Otro que parecía garantizarnos el mundo y sus sentidos está tachado, sus significaciones se sostienen en el significante de su falta (S (<span style="text-decoration: line-through;">A</span>)), que es el piso superior del grafo del deseo, la enunciación. Ser el falo, que es una de las posiciones femeninas, no responde a un esencialismo porque permite la máscara, las mil formas de parecer algo que no es. Esta resolución del complejo de Edipo siempre es tentativa, ya que debe atravesarla cada vez que pone a prueba su deseo, por eso ante cada situación en que se confronta con su deseo vuelve a pasar por la tragedia edípica, y hacerla, quizás, menos trágica. El dinamismo de la salida femenina está indicado en la “mascarada”: la mujer debe “rechazar lo que se es en el parecer (…). En cuanto mujer, se hace máscara. Se hace máscara precisamente para, detrás de esa máscara, ser el falo” (pág. 388, Sem. 5), el objeto de deseo. La máscara no sólo le permite a la mujer causar el deseo de Otro, sino soportar el suyo.</p>
<p>En las fórmulas de la sexuación, 15 años después de constituir el grafo del deseo, Lacan no sólo ubica que en el lado femenino esté el objeto de deseo del varón, allí también ubicará el otro goce. El término <span style="text-decoration: line-through;">La</span> hace referencia al lugar donde se identifica el sujeto del lado femenino, la singularidad de su condición femenina que no puede ampararse en un universal de La mujer. De aquí parten dos vectores: uno que se dirige al significante fálico ubicado en el lado masculino y otro hacia el significante de la falta en el Otro que está en su mismo lado femenino. Este vector Lacan lo denomina Otro goce porque está más allá del goce fálico, pero sólo puede advenir una vez que hay inscripción del significante fálico y que se establece su goce.</p>
<p>Ahora sí, vayamos a nuestro teatro argentino. Tantos medios opinaron sobre la salud de Cristina Kirchner, su locura, bipolaridad, narcisismo, delirios de grandeza, hasta parece ser la primera en tener el síndrome Castro (que puso en evidencia su propio creador, Nelson). Su historia clínica lleva muchos tomos y ninguna firma, porque las opiniones se reproducen hasta tal punto que ya no sabemos si hablan los que la odian, la critican o los que intentan comprender su fenómeno. Nuestra indagación es menos pretenciosa: no queremos ubicar síntomas que determinen su patología, sino pensar el viraje que dio en sus discursos políticos a partir de la muerte de Néstor Kirchner. Ella ya no podía ser la misma: produce una torsión en sus máscaras: desde la referencia constante a “él” en muchas de sus intervenciones públicas, invocando sus ideales, convicciones y anécdotas, hasta su tono, su emoción, esos afectos por los que a veces encontramos en los sujetos el lugar de su enunciación. No sólo están las producciones del inconsciente –la lectura de los significantes- para escuchar cuál es la posición de un sujeto, sino también algún gesto, algún quiebre brusco en la voz, una mirada extraña. Afortunadamente para los analistas, la pulsión también se puede escuchar.</p>
<p>A partir de que le faltó su hombre, Cristina comenzó a hablar desde todas partes: a través de sentidos e ideales políticos, a través de significantes íntimos que pesaban en su lengua, a través de la pulsión incesante de la voz, cuando ésta temblaba, gritaba o se detenía de repente.</p>
<p>“Yo fui su gran amor… Y él fue el mío”, confiesa en una reciente entrevista televisiva. ¿Cómo hacer el duelo de un amante, que además fue compañero de militancia, de vida, de historia? La falta que semejante muerte introduce no es sólo la ausencia real e imaginaria de ese cuerpo, sino que no haya –por lo menos provisoriamente- lugar donde esos símbolos se encarnen. En principio, hay un conjunto de significantes que quedaron dispersos, desorganizados porque esa persona que los portaba ya no está; esos significantes acéfalos provienen tanto de las marcas primordiales del inconsciente del sujeto como de las nuevas palabras que se inventan a partir de los encuentros y azares del amor. Pero quien hace un duelo no le bastan los significantes que representan al amado, algo del sujeto parece arrastrado junto a esa muerte y las palabras no bastan para restituirlo.</p>
<p>No sólo hubo una muerte, también un duelo; no sólo hubo un velatorio familiar, sino que se extendió a los sujetos que por algún motivo también sentíamos que algo de nuestros significantes había sido arrastrado junto a ese cadáver. Esos dos días fuimos una comunidad doliente, una Plaza de Mayo en silencio, un silencio más potente que cualquier himno peronista y que cualquier discurso eufórico. A veces, el silencio habla lo que no podemos expresar. Un silencio que sólo era interrumpido por algún ataque de llanto, algún grito ininteligible y un extraño significante surgido de la creación anónima de la comunidad: “¡Fuerza Cristina!”. ¿Qué podía significar semejante expresión en ese contexto? No era un simple pésame, era algo más… un significante azaroso que se convirtió en presagio.</p>
<p>A casi 3 años del fallecimiento, en una entrevista periodística Cristina dice: “Él tenía hacia mí más allá de nuestra relación militante, como muchos hombres –o tal vez como pocos, no sé, sólo él fue mi hombre. Él tenía hacia mí una relación instintiva de protección.” Luego agrega: “Verlo a él derrumbado para mí era muy fuerte porque para mí él era la imagen de la <strong>fortaleza</strong> y de la protección. Yo sentía que al lado de él a mí no me podía pasar nada.” Relata una escena en la que un grupo político les incendia el estudio de trabajo: “Él estaba parado en medio de las ruinas, literalmente, todavía salía humo. Estaba reconstruyendo y levantando el estudio.”.</p>
<p>Indudablemente, para ella Néstor Kirchner, “su hombre&#8221;, tenía un valor fálico por su potencia; había elegido a un hombre que sabía valerse del falo y dar garantías a su mujer. No sólo la protegía a ella, sino que era el hombre que podía pararse en medio de las ruinas y reconstruir su época. Estas garantías no implican un saber absoluto ni mucho menos; de hecho, en la misma entrevista Cristina señala algunos errores políticos, como el de haber elegido como compañero de fórmula presidencial de ella el vicepresidente que durante el mismo gobierno se convierte en líder de la oposición. La fortaleza a la que ella hace referencia y quizás incida en su elección amorosa, es el signo de que goce y deseo están produciendo sus efectos.</p>
<p>“¡Fuerza Cristina!”, se escuchó en la Plaza de Mayo, en el salón donde velaron a su compañero y amante, así como en las pintadas y carteles de los días subsiguientes. No era simplemente un pésame, sino el aliento que los duelantes clamábamos –un poco para Cristina, otro poco para nosotros mismos. Era un significante que azarosamente –como puedo serlo la <em>tyché</em>– podía conmover algo de aquella elección amorosa de Cristina así como promover la resistencia ante ese delicado momento político en que nos sumíamos: pocos días antes habían matado al militante Mariano Ferreyra, un año antes se habían perdido en las elecciones legislativas, había un vicepresidente opositor que no quiso renunciar a su cargo y las manifestaciones opositoras se habían multiplicado a partir de distintos movimientos agropecuarios. Esa fortaleza se aclamaba y exigía desde un auténtico sentimiento de desamparo: el líder del movimiento político ya no estaba y a la complicada imagen pública que hasta entonces tenía Cristina Kirchner se le agregaba las posibles rupturas internas del movimiento.</p>
<p>Es posible que el problema de todo duelo sea cómo responder frente al desamparo. ¿Qué hacer en el encuentro con el no-saber y con la evanescencia de las garantías que antes nos sostenían? Cristina no sólo sobrellevó su falta, sino la nuestra. Pero no lo hizo al modo delirante o perverso, obturando la falta con, por ejemplo, una máscara canalla de omnipotencia o redoblando el discurso del amo. Cristina pudo servirse de la falta que dejó el cuerpo real de su hombre así como de ese significante surgido de la comunidad duelante. La fortaleza (en términos de potencia) unida a la falta no volvió a este sujeto más autoritario, más agresivo o más soberbio en sus resoluciones. Llevó la falta hasta el punto en que convierte su potencia en acto: el hacer, la profundización de las políticas públicas que se habían iniciado en 2003.</p>
<p>La potencia del goce articulada al no-saber que nos abre el deseo es un modo de inscribir la tensión entre exceso y falta. El Otro goce que en el lado femenino parece desbocado, salvaje, puede encontrar su dique a través del amor, no el amor narcisista que nos reafirma en nuestro valor fálico, sino el amor a un muerto que ya no nos puede resguardar desde la tumba.</p>
<p>Cristina siempre fue una excelente oradora y transmisora de conceptos y propuestas, pero su tono a veces se volvía tan ideológico e intelectual        que marcaba una distancia con sus interlocutores y oyentes. Desde que está duelando a su hombre, sus discursos tienen un tono más íntimo, de una extraña confidencia con sus oyentes. No sólo lo transmite en el contenido (abundan las referencias a Néstor y a las políticas concretas con sus concomitantes sentidos históricos que él promovió), sino en la forma de expresión: en la ruptura de la voz por las inesperadas lágrimas y en la explicitación de sus afectos y convicciones que señalan hasta qué punto está concernida en lo que dice. La ideología pudo articularse con el deseo, con la función que le permitió servirse del nombre de su amante. Sin embargo, no perdió su función política, porque es muy notoria la diferencia entre los discursos dirigidos a los ciudadanos argentinos y a los que hace para mandatarios de otros países o empresarios y políticos locales; hay algo que cae en sus discursos locales cada vez que habla, como si necesitara de otros que la escuchen para hacer su duelo y dejar caer esa sombra del objeto amado para que no se le venga encima. Pero sería absurdo escuchar en estos discursos una mera catarsis o elaboración subjetiva; al mismo tiempo que puede elaborar su pérdida hace política, no deja de hacerla en ningún momento. Es más, quizás haya inventado nuevas funciones del político a partir de la coyuntura azarosa que le tocó, del hecho de que en pleno ejercicio del poder se muera quien no sólo era el líder político de su movimiento, sino también su amante y compañero de toda la vida.</p>
<p>En la citada entrevista surge este diálogo:</p>
<p>-         Ni siquiera en el momento de debilidad de él me sentía desprotegida.</p>
<p>-         ¿Y ahora quién la protege?</p>
<p>-         ¡Qué pregunta! (Piensa unos segundos.) Creo que él desde algún lado, soy muy creyente. Los seres que me quisieron y ya no están. Me protejo un poco yo, en lo que puedo. Me protege en cierta medida la gente que me quiere y me da mucha fuerza y me dice “no aflojes”. Es como que vos misma te das fuerza. El recuerdo de él, la memoria de él, lo que tengo que hacer en nombre de él.</p>
<p>Este tono al que hice referencia sería impensable sin los dos goces que se ponen en juego desde el lado femenino, el goce fálico y el Otro goce. El nombre de Néstor es su causa y el motor de sus búsquedas. Pero Cristina no sólo sigue dirigiéndose a ese portador del falo, sino que habla de lo que queda cuando ya no hay garantías. Si para ella Néstor Kirchner era quien le aseguraba una seguridad en el mundo, seguir haciendo política, seguir eligiendo hacer política en un mundo sin garantías es una apuesta de su deseo. Sin renunciar a las marcas significantes que construyó junto a su compañero, hace hablar a ese agujero que nos recuerda que no hay marcas significantes que nos den seguridad en el mundo, y que la apuesta por el deseo también no sólo implica servirse de esas marcas sino terminar de agujerearlas.</p>
<p>En este duelo está Cristina, aún; ahí mismo estamos nosotros y nuestra historia argentina, queriéndolo o no.</p>
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		<title>El amor en tiempos del cólera: falta y exceso</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Oct 2012 14:14:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanálisis]]></category>
		<category><![CDATA[Publicaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Esteban Espejo El escrito apuesta al acto amoroso en una época de incertidumbre, atravesada por el nihilismo que interpelaba a Nietzsche. A través de diversas figuras míticas del amor se articula el deseo y el goce a partir del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Esteban Espejo</h4>
<p>El escrito apuesta al acto amoroso en una época de incertidumbre, atravesada por el nihilismo que interpelaba a Nietzsche. A través de diversas figuras míticas del amor se articula el deseo y el goce a partir del Seminario 8 y el 20 de Lacan.</p>
<p>Presentado en la 3ª Jornada de Cátedra II de Psicoanálisis: Escuela Francesa, de la Facultad de Psicología de la UBA: “El <em>amor</em>…aún”; sábado 1º de Septiembre de 2012.</p>
<p><span class="m" id="more-1139"></span><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
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<h4 align="center">El amor en tiempos del cólera: falta y exceso</h4>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En <em>El amor en los tiempos del cólera</em> se cuenta la historia de un hombre que esperó el amor de una mujer toda su vida, desde su juventud hasta las arrugas de los cuerpos que parecían borrar la belleza de la que se había enamorado. Recién cuando la novela declina entendemos que la belleza no estaba en las pinceladas y los gestos de la mujer, sino en esa pasión que nuestro héroe sostuvo toda su vida a lo largo de los tiempos del cólera. Esta fue la apuesta que compartieron García Márquez y Lacan para no extraviarse en su tiempo. Dice en el Seminario 20: “el amor pide amor. Lo pide sin cesar. Lo pide… aun. Aun es el nombre propio de esa falla de donde en el Otro parte la demanda de amor”.<a title="" href="#_edn1">[i]</a></p>
<p>Nietzsche combatió a martillazos la filosofía que se preguntaba por el <em>qué</em> de la cosa, porque la respuesta siempre recaería en esencias y en fundamentos metafísicos oxidados. Su pregunta es <em>quién</em><a title="" href="#_edn2">[ii]</a>: en cada cosa que pensamos debemos interrogarnos por el quién de la cosa, es decir, por las fuerzas, lugares y sujetos que intervienen en ella. Por eso no preguntamos qué es el amor, sino quién es; así nos lanzaremos hacia los textos que además de dilucidarlo, lo ponen en acto.</p>
<p>Según perspectivas griegas, el amor se encarnó en Afrodita y en Eros. En la <em>Teogonía</em>, Hesíodo cuenta que en el principio existió el Caos; luego fue Gea (Tierra), Tártaro (inframundo) y Eros, “el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva el corazón de todos los dioses y todos los hombres y la sensata voluntad en sus pechos”<a title="" href="#_edn3">[iii]</a>. El amor –ya desde hace 2700 años– afloja los miembros del cuerpo y cautiva el corazón y la voluntad: en términos lacanianos, el amor tiene un registro real, simbólico e imaginario.</p>
<p>Otra versión de Eros es la que Lacan señala en el Seminario 8 a partir de una cita de <em>El banquete</em> de Platón: concebido por Poros (recurso, la abundancia) y Penía (aporía, la pobreza) en el cumpleaños de Afrodita. La Pobreza, que estaba relegada de la fiesta por su condición carente, aprovecha el momento en que la Abundancia duerme por el exceso de alcohol y se hace coger por él. La Pobreza se vuelve activa y pone en acto el único saber que tiene, como Sócrates, el saber de lo no sabido, el saber del amante que da lo que no tiene. De este coito nace el amor, del encuentro entre la abundancia y la carencia, entre el exceso y la falta, el goce y el deseo. ¿Acaso no tiene un poco de uno y un poco de otro, o de ambos al mismo tiempo? ¿Qué es el acto amoroso sino una ausencia llevada al extremo, la intensidad de un deseo que se aproxima a la voluptuosidad?</p>
<p>Si aludimos a los mitos griegos no es por una ridiculez erudita, sino porque el amor es en sí mismo un mito, un decir que conlleva una práctica sagrada. Lacan se cansa de señalarlo en el Seminario 8: los dioses son lo real; también afirma que “el nacimiento de Afrodita es cada día”<a title="" href="#_edn4">[iv]</a>. El mito aproxima esta dimensión real a una estructura significante, insistiendo que sus consecuencias acontecen cotidianamente. Con el sentido sagrado del amor nos distanciamos de ciertas versiones “líquidas” del mismo: muchos autores –filósofos, psicoanalistas, sociólogos– se regodean en el nihilismo y la imposibilidad de sostener el amor por infinidad de causas. Una de estas causas sería la práctica mercantilista, o sea, el ofrecimiento constante de objetos de consumo para nuestro placer inmediato. Siguiendo esta línea, nuestra época neohedonista estaría al servicio del placer pulsional desligado del amor y el deseo. Este horizonte desolador se intensifica si planteamos que esas prácticas hedonistas tienen la misma lógica que nuestro tiempo tecnócrata, es decir, gobernado por corporaciones que se sostienen en el abuso de la técnica y degradan la ciencia, como bien lo precisó Heidegger. Ahora bien, este panorama puede arrojarnos directamente al nihilismo si no hacemos intervenir Otra cosa, que es más una apuesta que una ideología.</p>
<p>Si nos preguntamos por el <em>quién</em> del amor, es decir, por la enunciación, por las fuerzas y lugares que intervienen en él, es porque seguimos sosteniendo su apuesta. “En el peligro está lo que salva”, citaba siempre Heidegger de su amado poeta, Hölderlin. Si el pensamiento y las prácticas amorosas están en peligro no es sólo por la desvergüenza del mercado y las imágenes que nos ofrecen en las pantallas, sino porque demasiados eruditos llevan el nihilismo de nuestra época hasta la náusea de Nietzsche, o sea, convierten el cólera de nuestra época en el mal irreparable, sin detenerse a pensar que en el mismo cólera puede existir la vacuna que nos salve de él, como lo intentó García Márquez en su hermosa novela. Para Nietzsche, el nihilismo –en su vertiente pasiva– era una voluntad de la nada, una fuerza que promovía la muerte sin ningún rastro de amor o ternura; le quitaba a la vida su poder de afirmación y sus valores creadores para arrastrarla a la miseria del resentimiento. Por eso despreciaba tanto a los ateos nihilistas como a los sacerdotes que degradaron el amor al confundirlo con la compasión y la culpa. En otro sentido, pero regidos bajo la misma fuerza, en la actualidad se invierten toneladas de investigaciones en afirmar la vacuidad del amor en nuestro tiempo, que es la consecuencia de refugiarse en la desacralización, es decir, en la pérdida de los espacios sagrados.</p>
<p>Si seguimos la intuición de que “en el peligro está lo que salva”, debemos pensar nuestra época hasta extraer una afirmación que no sea consecuencia de una previa negación. En el amor interviene una afirmación insensata que prescinde de motivos, y al mismo tiempo, su origen es una causa irremediable donde quien ama es el <em>ello</em> y no el <em>yo</em>. Por eso nunca podemos justificar el amor: allí se derriten las escenas promovidas por el yo ideal y las excusas de nuestra conciencia. Quizás el amor sea el acto que más nos aproxima a lo sagrado en nuestra época; quizás sea el resto que queda por fuera del cólera de nuestro tiempo. Y al mismo tiempo, el amor no es nada de eso; cuando intentamos cernirlo lo expulsamos al otro lado, afuera de la metáfora. ¿No es esto lo que seguía pulsando en Lacan, <em>Aún</em>, cuando todavía no estaba tan viejo para el amor?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Otra versión griega del amor nos lleva a Afrodita. En la <em>Teogonía</em>, Urano, el dios primordial del cielo, era un padre tirano que hacía sufrir a sus hijos durante el parto, y por ende, a Gea, madre de éstos. Gea les implora a sus hijos que maten a su padre para terminar con su despotismo; Cronos se ofrece a ello y planea junto a su madre la castración del padre. Durante el coito entre Gea y Urano, Cronos corta los genitales del padre y los arroja al mar: de estos genitales cortados y hundidos en el océano nace la espuma divina, Afrodita. La Diosa de la lujuria y la belleza nace adulta: podríamos presumir que su adultez implica un saber y un exceso, el exceso de la atracción sexual; para los griegos esta Diosa se hacía presente en cada acto erótico. Pero no olvidemos que Afrodita nació de unos genitales cortados; el padre de ella no fue Urano, sino su castración.</p>
<p><em>Aún</em>. Ocho años antes de morir Lacan aún seguía insistiendo: entreveía que en su enseñanza faltaba un discurso sobre los goces. Más que a un discurso, en el Seminario 20 comprimió sus palabras a dos fórmulas y al aforismo “No hay relación sexual”. ¿Fórmulas de qué? ¿Del goce en el lado masculino y femenino?, ¿del deseo? Fueron fórmulas que quisieron escribir el amor, y quizás fallaron. ¿No se dice por todas partes que no hay fórmulas para el amor, que los gestos tentativos que realizamos serán equívocos? Y sin embargo, esto no impide el acto amoroso, es más, lo precipita. El amor, en nuestra versión contemporánea, nace del equívoco, del malentendido entre dos lados sexuales que buscan siempre una cosa distinta a la que encuentran. Lacan afirma: “Lo que suple la relación sexual es precisamente el amor”.<a title="" href="#_edn5">[v]</a></p>
<p>El <em>$</em> del lado masculino se dirige al <em>a</em> del lado femenino; el <em>La</em> barrado del lado femenino (que es donde ubicamos al sujeto mujer) se dirige a dos puntos: hacia el significante fálico ubicado en el lado masculino y al significante de la falta en el Otro, ubicado en el lado femenino. Esta mera descripción es la figuración de la discordancia entre los sexos, el modo que encontró Lacan para <em>formularse</em> la no-relación sexual, es decir, la relación de la no-relación.</p>
<p>Ahora bien, el vector que se dirige del sujeto masculino al objeto <em>a</em>, es el vector del deseo, no porque el sujeto sea consciente de esa dirección, sino porque el objeto <em>a</em> lo causa tanto que no puede más que temer y temblar en esa atracción fulgurante. En esta línea puede intervenir la angustia. Por otra parte, en los dos vectores que parten de <em>La</em> tachado se encuentran dos dimensiones del goce: el goce fálico que goza de un órgano y el goce Otro que goza de un agujero, cuando el Otro se quedó tan desnudo que no puede inventar un significante más.</p>
<p>Y el amor, ¿dónde está el amor en estos vectores esquivos?</p>
<p>Afrodita nació del goce de un órgano con el océano, nació de un “sentimiento oceánico”, como Freud había definido esa experiencia de confundirse con el Todo. Lacan sostiene que “El amor es impotente (…) porque ignora que no es más que el deseo de ser Uno, lo cual nos conduce a la imposibilidad de establecer la relación de (…) dos sexos.”<a title="" href="#_edn6">[vi]</a> Esa tendencia constante de la pulsión al Todo o al Uno supone la imposibilidad de encontrarlos, pero esa tendencia no es vana, su residuo es el amor.  ¿No es el Otro goce una de las experiencias del amor, una plenitud desbordante que no se rige con los parámetros de carencia y completud? La plenitud del exceso no supone la totalidad a la que nos subordinaron algunos conceptos; en tanto experiencia, el exceso no implica una designación cuantitativa, tal como Uno o Todo. Si el exceso nos extravía, al igual que el éxtasis de los místicos, es porque el sujeto está partido cuando adviene. El exceso no completa al sujeto, es más, lo expone al riesgo de quedar un poco loco y un poco ciego, como el viejo Edipo que despierta del letargo del incesto. El exceso confirma que el sujeto está cortado por el significante y que sigue buscando desesperadamente su deseo, su goce, aún.</p>
<p>¿Dónde está el amor? Afrodita no sólo nació del sentimiento oceánico, sino de unos genitales cortados. La causa de su belleza, sexualidad y lujuria es la castración del Gran Otro, el primer Dios de dioses, Urano. ¿Acaso el amor no quedaría ligado al Otro goce, al exceso de la castración que goza de un agujero? ¿Y no sería este goce el que el amor arrastra hasta el deseo para otorgarle su dignidad?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El exceso de Afrodita nos lleva a la última versión del amor, Eros transformado en Dioniso: el goce de la vida que se afirma en cada cosa, a cada instante. Esta divinidad se expresa en las pasiones de Nietzsche, quien amó la danza, la música y la risa, amó los actos sagrados sin la excusa del Dios judeocristiano. Nuestros autores nihilistas contemporáneos viven con la nostalgia de ese Gran Otro que parecía funcionar en otra época, esos Grandes Relatos modernos que carecen de la vigencia y la violencia que antes tenían. Esos autores añoran la resurrección de Dios de cualquier modo posible. Nietzsche propuso otra dirección: agotado por la metafísica que proponía el Uno y el Todo, afirmó con Dioniso la proliferación de dioses, afirmación que no conlleva ninguna resignación sino un triunfo. Ese triunfo es el del amor que debe fragmentarse en nuestra época para sobrevivir; la multiplicidad no implica estar al servicio del hedonismo o de la poligamia, sino de los movimientos inagotables del amor. Nietzsche lo exigió todo: el cólera y el amor; el amor que cobra su mayor sentido luego de soportar el máximo riesgo de su aniquilación. En el peligro del cólera, nace el amor que lo salva.</p>
<p>El amor es quien ama, no lo que ama. El amor es quien ama, el no saber que lo convierte en amante sin que el yo pueda intuirlo y ande tan encandilado con ese cuerpo que cree entrever en el colectivo, el cine o la sombra de su cuarto. Amamos nuestra causa: el objeto insensato en una intimidad que no nos pertenece. Lejos del amor narcisista y de la demanda de amor –para ponerle un mote a esa búsqueda de reconocimiento y de afirmación del yo–, el amor no exige más que su propia pasión. Eso que presentimos como necesidad o fiebre por el otro cuerpo no es una demanda, sino la convulsión a la que a veces nos arrojan sus fuerzas.</p>
<p>En el Seminario 8, Lacan nos deja el guiño donde acontece el amor. <em>El banquete</em> de Platón es el relato de una celebración donde se reunieron algunos hombres para discutir lo que era el amor a través de varios discursos. Los personajes nos dan diferentes versiones sobre su consistencia, pero el amor no estaba en los discursos solemnes que criticaba Freud, sino en el gesto de una pasión. Alcibíades interrumpe la reunión, entre hipos y eructos de alcohol, con una declaración amorosa para Sócrates, donde elogia su belleza al mismo tiempo que indica la atracción irresistible que ejerce sobre él. Lacan afirma que “El elogio del otro sustituye, no al elogio del amor, sino al amor mismo”<a title="" href="#_edn7">[vii]</a>. El amor acontece en ese eructo con el que Alcibíades interrumpe esos vacuos discursos del amor, en esa embriaguez partida por ese objeto que falta. Allí ubica Lacan, a partir del mito que da Sócrates del nacimiento del amor, lo demoníaco. Este demonio del amor es el intermediario entre los dioses y los hombres, y agregamos, entre el exceso y la falta. En el demonio del amor transcurre la “Verdad del vino”, como llama Lacan a la aparición de Alcibíades; aquí transcurre el impudor, la posesión y el escándalo; el amor se produce en el espanto de dioses y hombres.</p>
<p>André Breton decía: “La belleza será convulsiva o no será”. Cualquier tendencia a la armonía queda saqueada por el amor maldito. Maldito, maldicho, queda el amor; sólo así puede hacerse acto, a partir de la cólera, del equívoco. El amor nos orienta en el análisis porque conjuga deseo y goce hasta un vértigo insospechado, donde interviene el mito que creó el sujeto para balbucear su acto sagrado. Aún hoy, sus dioses nos siguen interpelando desde la carencia y la plenitud, desde el éxtasis hasta la angustia.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<div><br clear="all" /></p>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
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<p>Bibliografía citada</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>[i] Lacan, J: (1975) <em>El Seminario, Libro 20</em>: <em>Aun</em>, Bs. As. Ed. Paidós, 2007; p. 12.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ednref2">[ii]</a> Deleuze, Gilles: (2002) <em>Nietzsche y la filosofía</em>, Editora Nacional, Madrid, p. 100-102.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ednref3">[iii]</a> Hesíodo: (2000) <em>Obras y fragmentos</em>, Ed. Gredos, Barcelona, p.16.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ednref4">[iv]</a> Lacan, J.: (2003) <em>El Seminario, Libro 8</em>: <em>La transferencia</em>, Bs. As. Ed. Paidós, 2008; p. 192.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ednref5">[v]</a> Lacan, J: (1975) <em>El Seminario, Libro 20</em>: <em>Aun</em>, Bs. As. Ed. Paidós, 2007; p. 59.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ednref6">[vi]</a> Lacan, J: (1975) <em>El Seminario, Libro 20</em>: <em>Aun</em>, Bs. As. Ed. Paidós, 2007; p. 14.</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="#_ednref7">[vii]</a> Lacan, J.: (2003) <em>El Seminario, Libro 8</em>: <em>La transferencia</em>, Bs. As. Ed. Paidós, 2008; p. 178.</p>
</div>
</div>
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		<title>La Sangre de Babel</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Sep 2011 15:25:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagotaich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanálisis]]></category>
		<category><![CDATA[Publicaciones]]></category>
		<category><![CDATA[Esteban Espejo]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Esteban Espejo La palabra y el mutismo en el análisis, la escritura y los mitos. La suspensión de la metáfora. Presentado en II Jornadas de la Cátedra II de Psicoanálisis: Escuela Francesa “Usos de la Metáfora”, agosto de 2010. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Esteban Espejo</h4>
<h6>La palabra y el mutismo en el análisis, la escritura y los mitos. La suspensión de la metáfora. Presentado en II Jornadas de la Cátedra II de Psicoanálisis: Escuela Francesa “Usos de la Metáfora”, agosto de 2010.</h6>
<p><span class="m" id="more-322"></span><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div><br />
Con la construcción de la Torre de Babel a partir de un único lenguaje los antiguos pretendieron igualar a Dios. Él, para conservar su lugar de saber absoluto, no demolió la torre con huracanes o rayos, sino que diseminó diferentes lenguas así sembraba en los hombres la confusión y la imposibilidad de construir la inmensa obra.</p>
<p>La caída de la torre de Babel es el mito más próximo a la función del lenguaje en la literatura y el psicoanálisis. Este mito nos confronta con la multiplicidad de significantes y significados y la pérdida de una unidad que concluya nuestro nombre.</p>
<p>Los poemas cazan lo salvaje de las cosas, la intuición metafísica del hombre que habita la tierra; es el testimonio que podemos recoger de los poetas que relatan su experiencia artística: trastornan el lenguaje al dar con algo entre el hombre y lo divino, el instante y lo eterno, el silencio y el grito. Así escuchamos la poesía, como un gemido, el balbuceo de un medio decir. Antonio Porchia, maestro en voces entredichas, indica:</p>
<p>“Voy perdiendo el deseo de lo que busco, buscando lo que deseo”;</p>
<p>o también expresa:</p>
<p>“Creías que destruir lo que separa era unir. Y has destruido lo que separa. Y has destruido todo. Porque no hay nada sin lo que separa”.</p>
<p>El privilegio de la palabra poética es su carácter interrumpido, cortado por los diferentes sentidos que podamos escuchar en un mismo significante. La literatura nace de la potencia de la multiplicidad que tuvo el hombre para acceder a las cosas; por eso es un habla fragmentaria, porque recorta simbólicamente algo que en lo real es total, distinguiendo determinados rasgos de las cosas por sobre otros, trazando en una caverna las marcas salvajes que separaban al animal de su signo. La primer escritura no sólo inició el mundo simbólico con leyes, religión y arte, sino que marcó el carácter inexorable: el ser humano, al necesitar del símbolo para vivir, siempre será una ficción, su propia metáfora.</p>
<p>Al inscribir el animal real a partir de un dibujo, y aún más, al figurarse a sí mismo cazando al animal, el hombre se separó de su animalidad pudiéndose ubicar como aquel que caza y dibuja al mismo tiempo, aquel que quedará en la memoria de la roca, del espejo. Para nacer, el ser humano debió multiplicarse, siendo dos o innumerables donde en lo real sólo éramos uno. ¿No son algunos poemas el intento de alcanzar esa unidad salvaje, comprobando en los mismos versos esa imposibilidad que señala la diferencia? Fernando Pessoa debió escindirse y multiplicarse para escribir:</p>
<p align="left">Sentirlo todo de todas las maneras,<br />
vivirlo todo desde todos los lados,<br />
ser una misma cosa de todos los modos posibles y al mismo tiempo,<br />
realizar en mí toda la humanidad en todos los momentos,<br />
en un solo momento difuso, profuso, completo y lejano.</p>
<p align="left">(…)</p>
<p align="left">Me multipliqué para sentir,</p>
<p align="left">para sentirme, necesité sentirlo todo,</p>
<p align="left">me desbordé, no hice otra cosa más que derramarme,</p>
<p align="left">me desnudé, me entregué,</p>
<p align="left">y hay en cada rincón de mi alma un altar a un dios diferente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De forma inversa al nacimiento donde dos cuerpos se unen para conformar uno, en este mito del lenguaje, el sujeto necesitó un segundo significante para constituir su lenguaje y extraviar la unidad completa del ser vivo. Al igual que el nieto de Freud debió arrojar un juguete para separarse de la madre y de lo que él fue para ésta, para nacer como seres humanos sólo pudimos hacernos metáfora, obra de arte que aunque perdida, nos quedan sus huellas para no olvidar el signo que fuimos, el poema que somos. Lacan dice en el Seminario 5 que la metáfora permite “la posibilidad no sólo de desarrollos del significante sino también de surgimientos de sentidos siempre nuevos, los cuales siempre depuran, complican, profundizan, dan sentido de profundidad a lo que, en lo real, no es más que pura opacidad”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La metáfora remite a una diferencia entre los significantes y al mismo tiempo una diferencia entre lo que se pretende nombrar y el nombre, o sea, entre la cosa y el significante. Este uso de la metáfora se percibe en el lenguaje más corriente cuando al querer describir cualquier situación cotidiana o explicar qué sentimos y pensamos respecto de los objetos que libidinizamos, necesitamos recurrir a otras palabras, recuerdos, imágenes que no estaban presentes en la situación que queríamos describir; además del movimiento metonímico por el que desplazamos el sentido de las palabras, necesitamos de comparaciones constantes que manifiestan cómo la metáfora exige partir para luego volver, aunque no volvamos a ser los mismos en esa vuelta. Este mecanismo nos viola, y más cuando se delata lo que no queríamos decir, o que no sabíamos que podíamos decir.</p>
<p><em>Ello</em> habla; la metáfora hace hablar a <em>ello</em>; <em>ello</em> nos habla. Por eso Lacan rastreó en los estudios del lenguaje la clave del inconsciente, no porque le interesara la lingüística al modo de un conocimiento del lenguaje, sino porque el inconsciente insiste en manifestarse con palabras, ese inconsciente que nos delata pero que también nos encauza cuando andamos desorientados por tantas opiniones, morales e intenciones del Yo. Escuchar la metáfora es escuchar la forma en que el sujeto puede decirse de diferentes modos, es abrir lo uno del determinismo biológico o cultural a la multiplicidad y al azar, en ese punto de confusión y máxima ambigüedad al que también confronta la metáfora poética. En esta ambigüedad reside el equívoco, la angustia que tal vez nos espera para desnudarnos y susurrarnos la diferencia entre el sentido que se fue y aquella verdad que nunca va a llegar.</p>
<p>Podría pensarse que el psicoanálisis parte de una apología de la diferencia, no para hacer militancia de una filosofía de Derrida, sino porque nació de la evidencia de esta diferencia, de esta pérdida entre el lenguaje y las cosas del mundo. Justamente, la causa donde se apoyó Freud estaba perdida, no tanto por el discurso capitalista sino porque nunca captamos la clave definitiva del deseo del sujeto, por eso todo deseo se vuelve metáfora de metáfora.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero la metáfora no es la única condición del arte. En el Seminario 11, con las diversas puntualizaciones del objeto <em>a</em>, Lacan reformula el lugar de la ausencia para el psicoanálisis y da un paso que con la creación metafórica era impensable. La ausencia ya no será sólo el paradigma del registro simbólico, sino que al delinear el objeto <em>a</em> como vacío real que causa el deseo y alrededor del cual se produce el movimiento pulsional, le permite marcar la creación de la obra de arte que llama “la lluvia del pincel”. En la producción artística el objeto <em>a</em> está en función de causa de deseo:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Si un pájaro pintase, ¿no lo haría dejando caer sus plumas, una serpiente sus escamas, un árbol desarugándose y dejando llover sus hojas? Esta acumulación es el primer acto en el deponer la mirada. Acto soberano, sin duda, puesto que pasa a algo que se materializa y que, debido a esa soberanía, volverá caduco, excluido, inoperante, todo cuanto, llegado de otro lado, se presentará ante ese producto. (Seminario 11, p. 121)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El instante del acto artístico soberano Lacan lo distingue del segundo tiempo donde la obra concluida se aparta del creador en la circulación social y lo que vuelve es caduco e inoperante porque la operación de desprendimiento del objeto ya fue realizada. Lacan señala una función del objeto <em>a</em> como causa del acontecimiento artístico cuando este objeto queda ubicado como deseo <em>al</em> Otro y como un <em>dar-a-ver</em>:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>la mirada opera en una suerte de descendimiento, descendimiento de deseo (…) En él, el sujeto no está del todo, es manejado a control remoto. (…) se trata de una especie de deseo <em>al</em> Otro en cuyo extremo está el <em>dar-a-ver</em>. ¿En qué sentido procura sosiego ese <em>dar-a-ver</em> –a no ser en el sentido de que existe en quien mira un apetito del ojo? Este apetito del ojo al que hay que alimentar da su valor de encanto a la pintura. (p. 122)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Se habla mucho acerca de los recursos de la creación artística como forma privilegiada de comunicación y de intercambio cultural, así como de sus reiterados efectos terapéuticos sobre los sujetos. Es la apología del arte como lazo social, pero ¿en qué sentido entender esta comunicación? Las obras artísticas violan la comunicación cerrada del sentido común donde habría un supuesto acuerdo entre nosotros y el supuesto autor: la poesía, dice Aldo Pellegrini, contribuye <em>a la confusión general</em>, rasgo que nos acerca al malentendido, el equívoco que experimentamos en un análisis. Las obras que más conmueven, turbándonos a veces, nos dejan una pregunta ardiente: ¿qué quiso decir con esto?, como si preguntando por el significado de la supuesta intención del supuesto autor, pudiéramos concluir el problema del arte, clausurar el <em>diálogo inconcluso</em>.</p>
<p>La pregunta sobre quién habla en la obra de arte es la que podemos hacernos respecto del inconsciente, porque en ambos espacios el sujeto está suspendido en una hiancia, apertura pulsional del discurso o del acto artístico. En la poesía se anula la posibilidad de decir “yo”, o si decimos “yo” es para traicionarnos, para traicionar el secreto del arte. Así como la resolución de la duda a partir del “yo pienso” es la traición al inconsciente, el “yo” utilizado para designar una voluntad del autor que sabe perfectamente lo que quiere comunicar con su obra, es traicionar el pacto tácito que juraron nuestros ancestros al escribirse con metáforas en la piedra. “Ello habla”, ello habla el inconsciente y el arte. Siguiendo a Blanchot, la voz que habla en la obra es la tercera persona: “Él habla”, a condición de no revelar jamás quién es ese “Él” y nunca reducirle mediante interpretaciones psicológicas o biográficas a la persona del autor. En esa sustitución de “yo” por “Él” se esconde el secreto de la literatura, secreto que el lenguaje ni siquiera divulgó a los dioses. Escribimos, hablamos no sólo con metáforas, sino siendo nosotros mismos metáforas, hablados por Otros. Esto lo lleva a Blanchot a intuir la Ausencia del Libro y el absurdo que tan bien conoció Kafka.</p>
<p>De todas formas, no podemos evitar la traición, el sacrilegio del pacto sagrado con el silencio. Decimos “yo” por la impotencia de no saber decir “Él”, “ello”, “nadie”. Así como en un análisis recorremos el arduo camino de andar castrados y extranjeros de nuestra lengua, el acontecimiento artístico exige la renuncia a aquella comunicación donde obra, autor y receptor se confunden en un diálogo que anula las preguntas que nos servían como signos para soportar el medio decir de la poesía, las letras que encandilan la oscuridad.</p>
<p>Los surrealistas convirtieron esta evidencia literaria en poesías:</p>
<p>“Sueño que canta hace temblar a las sombras.”</p>
<p>“La chiquilla anémica hace ruborizar a los maniquíes encerrados.”</p>
<p>“Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado”</p>
<p>“Llegaron como ángeles pintados llevando en grandes soperas el vino de los inocentes”</p>
<p>La poesía es un lazo furioso con las palabras que no supimos decir o escuchar, con los semejantes que escuchan aquello que no quisimos decir, que olvidan lo que hubiéramos deseado que retuviesen. Más que un lazo social o de uno por uno, la poesía tal vez sea un lazo de deseo por deseo, un látigo que nos deja desnudos cuando menos lo esperábamos, una emboscada por símbolos que se unen y superponen en metáforas que nadie puede explicar. Así hallamos el amor que nos desconcierta, en los gestos y signos ambiguos que recuerdan la ficción del hombre y su lenguaje, el nacimiento de la salvaje escritura siempre distinta a sí misma.</p>
<p>Pero este lugar desde donde el sujeto está sometido a hablar nos incomoda, nos hastía; por eso Maurice Blanchot pregunta en <em>El</em> <em>diálogo inconcluso</em>: “¿cómo expresarse de otro modo sin ponerse a sí mismo en entredicho?”</p>
<p>Para su amigo George Bataille el hombre no puede escapar de la comunicación; y para no dejarla como un acto de servidumbre, Bataille apuesta por una comunicación soberana:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La “comunicación” no puede realizarse de un ser pleno e intacto a otro: necesita seres que tengan el ser en ellos mismos puesto en juego, situado en el límite de la muerte, de la nada (…) En la “comunicación”, en el amor, el deseo tiene la nada por objeto. (…) El deseo soberano, que roe y alimenta la angustia, compromete al ser a buscar el más allá de él mismo. (…) Es mi ausencia lo que presiento en el desgarramiento. [Esta comunicación se establece] entre dos seres puestos en juego –desgarrados, suspendidos, inclinados uno y otro sobre su nada. (Bataille, <em>Sobre Nietzsche</em>, p. 50-51)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Bataille intuye que una comunicación auténtica –al igual que la relación sexual– se da entre dos ausencias, sin contar que la misma comunicación está hecha de palabras, de ausencias. Este planteo nos recuerda a la situación analítica donde el analizante y el analista están marcados por dos faltas, aunque éstas no se correspondan entre sí, por un lado el deseo del sujeto, por otro el deseo del analista. Si seguimos los textos de Bataille encontramos que esta comunicación excede el lenguaje y sus movimientos metafóricos en el horror, la seducción, gestos equívocos, en una palabra tan desnuda y vacía que arde de amor loco y deseo extraviado. De forma similar, en las contraseñas que despierta un análisis retenemos el asombro, la risa, el amor, la angustia, el erotismo que sólo nos brindan las metáforas fallidas, aquellos modos de decir que por suerte nunca alcanzarán la completitud de la palabra.</p>
<p>¿Cómo soportar el punto en que las metáforas se detienen sin tener que buscar nuevos significantes, nuevos sentidos para continuar apoyados en algo? Aunque el carácter fallido de la metáfora nos deje el consuelo de encontrar en esa falla el deseo o la belleza de un poema, es en el lugar donde ya no es posible hacer metáforas el momento en que andamos desnudos de significaciones que terminan acuchillando la causa. Por eso ni el psicoanálisis ni la literatura pretenden decirlo todo o recorrer la máxima cantidad de sentidos posibles, sino conservar el instante de angustia, de vértigo mudo que a veces produce el punto final de un poema o el corte de sesión: el momento extremo del no-saber, que como bien intuyó Bataille nos devuelve a la risa inesperada, a la turbación de un amor irreconocible, al fulgor de una muerte sagrada.</p>
<p>El encuentro con la desnudez y la interrupción de la producción metafórica del inconsciente, pueden darse en el punto final de una obra o en el corte de sesión. También en la experiencia del autor ante la página en blanco, donde todavía no está claro qué quiere significar y cómo, así como justo en el momento previo a hablar en el inicio de una sesión. Así vivimos, entre mitos, entre lo que había antes de la palabra y lo que quedará después de ésta. En esos instantes previos y posteriores al habla quizás surja lo salvaje y sagrado que persiguió Bataille, que antecede y excede la metáfora.</p>
<p>Podemos imaginar que los habitantes de Babel, desgarrados por la pérdida del lenguaje universal y la caída de su Torre, dejaron de hablar por unos minutos, o tal vez por años. Luego del castigo de Dios pero antes de apropiarse de las nuevas lenguas que Él diseminó por la tierra, permanecieron mudos. En esta suspensión del discurso quizás encontraron por unos momentos la clave secreta del habla: el instante en que ya no queda significado o significante que continúe la aventura metafórica.</p>
<p><em>¿Cómo había llegado a querer,</em> se pregunta Blanchot, <em>la interrupción del discurso? …una interrupción fría, la ruptura del círculo. Y enseguida ello había sucedido: el corazón que cesa de latir, la eterna pulsación hablante que se detiene.</em></p>
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		<title>Escuchar la locura</title>
		<link>https://espaciodevenir.com/publicaciones/escuchar-la-locura/</link>
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		<pubDate>Sun, 28 Aug 2011 22:11:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Esteban Espejo]]></category>
		<category><![CDATA[Psicoanálisis]]></category>
		<category><![CDATA[Publicaciones]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Esteban Espejo Relato de la experiencia de coordinación de dos talleres grupales, la significación de la locura y la problematización de que el saber psicoanalítico devenga en instrumento de poder. Presentado en Jornadas del Servicio 31-A del Hospital Borda, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Esteban Espejo</h4>
<h6>Relato de la experiencia de coordinación de dos talleres grupales, la significación de la locura y la problematización de que el saber psicoanalítico devenga en instrumento de poder.<br />
Presentado en Jornadas del Servicio 31-A del Hospital Borda, a cargo de la Lic. Cristina Gartland, en diciembre de 2009.</h6>
<p><span class="m" id="more-119"></span></p>
<h6><div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div></h6>
<div style="border-top: 1px solid #DDD; height: 1px; margin: 10px 0px; "></div>
<p>El presente trabajo nace de la experiencia de coordinar 2 talleres en el Servicio 31-A del Hospital Borda desde hace 3 años, a cargo de la Lic. Cristina Gartland. Uno fue el taller de “Lectura de textos literarios” y el segundo, que actualmente sigue en funcionamiento, es el de “Lectura y comentario de noticias”. Éste fue mi primer acercamiento a eso que llamamos vagamente “locura”. Justamente, la inexperiencia e ignorancia en este campo a veces permite acercarnos de mejor modo, en especial en este tipo de dispositivo terapéutico como son los talleres.</p>
<p>Recuerdo que uno de los primeros obstáculos con que me había encontrado para trabajar era el choque del ambiente del Hospital, donde el espacio y el tiempo tenían una práctica y una lógica muy diferente de lo que se llama “mundo exterior”. En este ambiente no sólo se revelaba la humedad y fisuras edilicias, el control institucional del tiempo y de las actividades de los cuerpos de los pacientes, sino también la locura de ellos junto con cierto abandono social. En mi experiencia hubo un primer momento cuyo obstáculo principal estuvo signado por la locura muda, inexpresable. Este obstáculo –que en principio era exclusivamente mío– se resignificaba a partir del desarrollo del taller; esa asfixia en el pecho, en el estómago o en la garganta se transformaba en la apertura del habla, en ese texto literario que leíamos, que escuchábamos, donde la palabra no sólo contenía la capacidad de significar, sino la potencia de convertirse en voz, en ritmo significante. A partir de estos textos nuestra iniciativa era devolver la palabra a los pacientes, y en ese espacio era donde se entrelazaban saberes, experiencias, recuerdos y, por qué no, fantasías que alojaban la locura hasta expresar sus incoherencias, ambigüedades y el estallido del discurso cuando pierde la idea directriz, a veces por suerte. Por eso, uno de los objetivos principales del taller era que esa locura pudiera expresarse, o mejor, que algo hable más acá y más allá de la misma. Se apuntaba a una determinada forma de locura, en la que el sujeto no quedase pasivo frente a esa densidad institucional del Borda, sino que pudiera decir su palabra, y tal vez, más allá de ésta, su propio nombre.</p>
<p>Para un sujeto del que se dice que está loco –y especialmente en instituciones que tienden a ser “cerradas” o “totales”– el nombre es uno de los pocos rasgos que conserva algo familiar. Cuando un sujeto ingresa a un neuropsiquiátrico va perdiendo, a veces olvidando, lo que él significa para los demás, y lo que los demás y las cosas que tiene o que hace significan para él. El nombre propio también puede hundirse en el olvido, y rescatarlo, pronunciarlo era uno de los gestos más subjetivantes; y no sólo sigue siendo la posibilidad de que integre una nomenclatura, sino de aproximarnos a una intimidad, aún más que llamarlo por el apellido. En una sociedad como la nuestra que expulsa la locura para poder constituirse en un conjunto que pretende ser “sano” y “razonable”, el lugar donde queda el loco es el de exiliado en su propio país. Se lo llamó por mucho tiempo “alienado”, indicando una exclusión indeterminada, porque no se especifica respecto a qué queda alienado. En este marco de alienación generalizada algo que parece tan nimio como llamar a un paciente por su nombre y hacerle preguntas, a veces es despertarlo, devolverle la posibilidad de que pueda ubicarse en un grupo o en una actividad, o que pueda pensar qué siente o piensa sobre los espacios en que está implicado. Tanto en el taller de textos literarios como el de noticias se trata de una voz, una voz que es un lugar abierto para quien pueda y quiera tomar, y desde allí expresar una opinión, una sensación que pueda ser compartida por otros o no. Por eso, la dinámica del taller es un espacio colectivo que intenta amparar cada singularidad, donde éstas se encuentran y desencuentran.</p>
<p>El acto de hablar involucra al nombre y lo excede. Cuando hablamos, lo hacemos desde ciertas identificaciones, y en este sentido, estamos en relación con nuestro propio nombre, con la forma en que los otros nos nombraron. Además, al hablar a veces nos soltamos de los nombres que nos inventaron los otros, cuando el discurso se excede a sí mismo y a las leyes que lo gobiernan: en este lugar se manifiesta algo de la locura. Pero ¿cómo puede expresarse esta locura? Las fisuras y la libertad exasperante de este discurso nos acercan a algo más que a un delirio o una alucinación, que son las formas clásicas que desde el estructuralismo del psicoanálisis indica la palabra del psicótico. Y en el punto en que el carácter subversivo e instituyente del discurso psicoanalítico se vuelve parte del universal de lo instituido, se obturan los vértigos que en principio son imposibles de rotular, como esa palabra, a veces mortífera o moribunda, que el loco deja oír. El mismo Foucault percibe en su texto oral <em>El orden del discurso</em>, que aunque el psicoanálisis ubique y escuche desde otro lado a la locura, sigue manteniendo una línea de separación social del discurso de la locura a partir del “armazón de saber” que ejerce –al igual que las instituciones y saberes clásicos.</p>
<p>Siguiendo a Foucault, podríamos pensar que en la concepción de la locura y cierta forma que el psicoanálisis tiene de abordarla, está implícita una práctica y un saber unidos al poder; es allí donde podemos ubicar lo que Foucault señala como voluntad de verdad, en tanto “prodigiosa maquinaria destinada a excluir”. Pero el filósofo no se contenta con remarcar este desvío y este movimiento de exclusión, sino que busca algún rumbo posible en diversos escritores.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Todos aquellos, que punto por punto en nuestra historia han intentado soslayar esta voluntad de verdad y enfrentarla contra la verdad justamente allí donde la verdad se propone justificar lo prohibido, definir la locura, todos esos, desde Nietzsche a Artaud y a Bataille, deben ahora servirnos de signos, altivos sin duda, para el trabajo de cada día.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No es casual que Foucault se oriente en estos tres autores, cuyas obras no pretendían consolidar un sistema de pensamiento, sino acceder a la palabra fragmentaria y contradictoria, al azar y al acontecimiento, al otro lado de la razón, donde se revela el inconsciente, pero también la locura. Así lo expresa George Bataille:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La poesía abre la noche al exceso del deseo. La noche abandonada por los estragos de la poesía es en mí la medida de un rechazo –de mi loca voluntad de exceder el mundo. La poesía también excedía este mundo, pero no podía cambiarme.</p>
<p>(…)</p>
<p>Continuaba impugnando los límites del mundo, viendo la miseria de quienes se conforman con él y no pude soportar mucho tiempo la facilidad de la ficción: exigí la realidad y me volví loco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un taller terapéutico puede soportar el habla fantasiosa, un chiste inesperado y hasta expresiones poéticas, como también el testimonio de la locura, la tristeza de los fines de semana o el tiempo que se ensancha hasta hacerse insoportable. ¿Cómo podemos escuchar estos dichos desde el psicoanálisis? Tal vez sea necesario preguntarnos una y otra vez la función de nuestra práctica en los tiempos que corren, confrontar el trabajo que sostenemos todos los días.</p>
<p>Tanto Freud como Lacan reflexionaron sobre el porvenir del psicoanálisis desde distintas épocas. Quizás ahora nos toque a nosotros hacerlo en una época que parece la contratara del no-saber, donde todo está demasiado a la vista y sobre cada cosa se tiene información y una técnica. Después de todo, el psicoanálisis siempre estuvo al costado de su época, y podríamos decir, al costado de la unidad que pretende el Yo de la modernidad. La potencia del inconsciente nos deja también desnudos a los psicoanalistas, como hizo con el mismo Freud; y es esa incertidumbre que nos sorprende en los sueños y síntomas la que tal vez debamos soportar. En este sentido, el porvenir del psicoanálisis no sólo depende de que el discurso capitalista lo excluya, sino de que los psicoanalistas podamos soportar el deseo sin convertirlo en saberes que lo clausuren.</p>
<p>¿Será posible que nos permitamos escuchar una palabra que tenga una íntima relación con la locura pero no con la psicosis, una palabra que desgarre el habla común y que no interpretemos patológicamente, al modo de la deficiencia? En estos tiempos donde el psicoanálisis se integra por momentos a la máquina capitalista, donde el éxito es el exceso de saber y la técnica de resolver y conocerlo todo, en especial los diagnósticos, tal vez podamos –recordando el romanticismo– devolverle la sensibilidad a la locura, cierta belleza donde nos permitamos sorprendernos y callar la máquina de la teoría y la utilidad. Sin hacer de la locura una apología ingenua, quizás podamos escucharla a partir de una ética que posibilite una mayor dignidad a los pacientes.</p>
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<p>&nbsp;</p>
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		<title>El decir del silencio</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Aug 2011 21:49:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Psicoanálisis]]></category>
		<category><![CDATA[Publicaciones]]></category>
		<category><![CDATA[Esteban Espejo]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Esteban Espejo Puntos de confluencia entre el discurso poético y el analítico, en particular en relación a la pregunta por el deseo. Presentado en 1ª Jornada de Cátedra II de Psicoanálisis: Escuela Francesa, de la Fac. de Psicología de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Por Esteban Espejo</h4>
<h6>Puntos de confluencia entre el discurso poético y el analítico, en particular en relación a la pregunta por el deseo.<br />
Presentado en 1ª Jornada de Cátedra II de Psicoanálisis: Escuela Francesa, de la Fac. de Psicología de la UBA: Homenaje a Osvaldo Úmerez, 2009.</h6>
<p><span class="m" id="more-116"></span></p>
<div class="ilike"><script language="javascript" type="text/javascript">document.write("<iframe src=\"http://www.facebook.com/plugins/like.php?width=380&amp;show_faces=1&amp;layout=standard&amp;href=" + window.document.location + "\" scrolling=\"no\" frameborder=\"0\" style=\"border:none; overflow:hidden; width:380px; height:65px;\" allowTransparency=\"true\"></iframe>");</script>
        </div><br />
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<p>Este escrito quisiera recordar a Osvaldo Umerez, por ser uno de los pocos profesores cuya enseñanza siempre apuntaba un poco más allá del saber del conocimiento: una palabra privilegiada que conmovía más que conceptos y saberes instituidos, una palabra que nos agarra sorpresivamente, como el inconsciente y la poesía. De hecho, gran parte de este escrito surgió hace varios años, justo después de concluir la cursada como alumno de esta Cátedra.</p>
<p>En el siguiente trabajo nos proponemos reflexionar sobre una relación posible entre el análisis y la poesía, a partir de Martin Heidegger y Paul Celan. Lamentamos si resulta un tanto críptico, pero justamente, estas relaciones nunca podrán ser claras, porque siempre giramos en este fallido intento de decir nuestra palabra, la palabra donde queríamos expresar la vida. Así lo confirma un poema de Beckett.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>La expresión de que no hay nada que expresar,</em></p>
<p><em>nada con que expresarlo, nada desde lo que expresarlo,</em></p>
<p><em>no poder expresarlo, no querer expresarlo,</em></p>
<p><em>junto con la obligación de expresarlo.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>En otra lengua, Paul Celan -el poeta alemán obsesionado por la imposibilidad de decir- afirma: “los poemas están de camino: rumbo hacia algo. ¿Hacia qué? Hacia algo abierto, ocupable, tal vez hacia un tú posible, hacia una realidad posible a la palabra”. En este sentido, la poesía no sería sólo una forma de la literatura, sino un movimiento que incita la apertura, el encuentro de la palabra con algo real. Esta apertura parte del silencio, de la ausencia, y como si lo circundara, las letras se van combinando entre los intervalos que surgen del decir, de la imposibilidad de decir.</p>
<p>¿No será la poesía una pregunta por la esencia del hombre? Pregunta, como las más profundas, que no pueden ser contestadas sino mediante otros acertijos, otras incertidumbres sobre las que mora la falta del hombre, nuestra fiel ausencia, quizás nuestra esencia, si es que podemos darnos el lujo de poseer una. La pregunta por la poesía del hombre es esencial, rara vez el modo en que la respondemos al habitar el mundo.</p>
<p>Desde esta perspectiva, no habría una gran diferencia entre el deseo y la poesía, ya que el primero es una pregunta que insinúa nuestra mayor intimidad: la falta inicial sobre la que erigimos un fantasma, síntomas y significaciones. ¿Acaso no se escribe <em>desde</em> la pregunta, <em>desde</em> el deseo? ¿Iniciar un poema no es persistir en el deseo, cuya una de sus consecuencias será la insatisfacción, al igual que el absurdo camino de la escritura de no poder encontrar el punto final que complete el texto de todos los tiempos?</p>
<p>Somos poetas en escasos momentos, fieles a nuestros ancestros nómades que mudaban de hogar rápidamente; ¿no ocurre lo mismo con los fugaces instantes en que nos posicionamos desde nuestro deseo? ¿No nos posicionamos como poetas, analistas o analizantes sólo en los momentos en que accedemos a este deseo que es una causa vacía, a este decir fallido? ¿No será ése el lugar de la belleza en un análisis? Nuestras preguntas son impertinentes, quizás salvajes, pero luego se diluyen en los miasmas del anhelo, entre la vacuidad que nos deja la esperanza de hallar un señuelo que nos redima. ¿No es esta pulsación la tragedia del inconsciente, que en el momento en que se revela también se desvanece? “Eurídice dos veces perdida”, decía Lacan en el Seminario 11, recordando la pérdida ininterrumpida para Orfeo de su amada, a quien no le bastó descender en el infierno para buscar el anzuelo de aquello que creía ser su deseo. Desde el psicoanálisis, la misma búsqueda y el desencuentro de ese objeto perdido es condición para desear y vivir; al igual que la escritura poética que, como lo plantea Maurice Blanchot, es necesario que se mantenga irrealizada, inconslusa. De todas formas, cuando actuamos como poetas trascendemos nuestro nombre y nuestro linaje, abriéndonos a un espacio, como diría Heidegger, ocupado por el <em>Ser</em>. De algún modo, el arte y la brújula del deseo combaten el nihilismo profano de nuestros tiempos, abriendo hiancias en la pretensión de completud de las prácticas y discursos capitalistas. Cuando habitamos poéticamente esgrimimos un nuevo <em>desde</em>, una pregunta, un espacio desde el que antes, sucumbidos por las demandas y el regodeo narcisista, no podíamos soportar. A partir de este <em>desde</em>, esta enunciación, tal vez seamos capaces de expresar nuestra palabra. Cito un poema de Paul Celan:</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Habla también tú</em></p>
<p><em>sé el último en hablar,</em></p>
<p><em>di tu decir.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Habla.</em></p>
<p><em>Más no separes el No del Sí.</em></p>
<p><em>Da a tu decir sentido:</em></p>
<p><em>dale sombra.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>El habla que Celan nos propone expulsa el sentido común y la comprensión, no admite contradicción entre el No y el Sí, por eso nos acerca a nuestras sombras. “No existe No en el inconsciente”, decía Freud; se podría pensar en una afirmación previa a las formas lógicas del pensamiento, que son la base de la ciencia. Esta forma de hablar nos sitúa en un <em>desde</em>, en un íntimo resto de algo que fuimos pero al que nunca más podremos retornar, sino en instantes: tal vez en el amor y en su desgarro, en ese amor inmerso en el desconocimiento de no saber qué amamos en el otro -qué nos falta- y en qué nos quiere el otro -qué le falta al Otro.</p>
<p>Pero, ¿cómo acceder a aquel <em>desde</em> y a la <em>escucha</em> y al <em>habla </em>que éste promueve? A través de un <em>dejar ser</em>, podría responder Freud, de la asociación libre: un acto de palabras que nos lleve sin excusas ni comprensiones a aquello que <em>es</em>. Heidegger nos va socorrer en esta explicación: “Jamás vamos hacia los pensamientos. Ellos vienen hacia nosotros”. El pensar de Heidegger confluye con el psicoanálisis en que debemos estar despojados del yo, la conciencia y la voluntad para escuchar el silencio y los pensamientos que parten de éste. Aquí ubicamos la enunciación, el <em>desde</em>. ¿Cómo ser más precisos con este <em>desde</em> que escapa de las leyes del sentido común y del exceso de la razón que nos arrastran al olvido?</p>
<p>El método del psicoanálisis nos lleva -similar a la dirección de Heidegger hacia el “verdadero pensar”- hacia el saber no sabido, hacia una experiencia de nuestro propio inconsciente que no es sin un movimiento pulsional. Hay palabras que nos marcan para siempre, palabras ligadas al pensamiento inconsciente y a nuestros órganos, significantes anudados a lo real. En la poesía hay múltiples ejemplos, basta recordar la desesperada búsqueda de Artaud y su <em>Pesa-nervios</em>. ¿Y no es éste el carácter de toda poesía, palabras que hacen acto, escritura que se hunde en nuestro carne, como lo intuía el mismo Artaud?</p>
<p>Heidegger afirma: “El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar”. En este fragmento se percibe una apuesta poética, aunque también reconozca sus límites. Es a partir de la imposibilidad de la realización donde, según Heidegger, podremos alcanzar el poema, en palabras que nombran la vida de forma esquiva. Una famosa sentencia dice: “Llegamos demasiado tarde para los dioses y demasiado temprano para el Ser, cuyo poema iniciado es el hombre”.</p>
<p>Y en este marco, ¿cuál es la función del analista, sino marcar la ausencia que orienta a todo hombre y hacerla hablar, escucharla, con la condición de que permanezca abierta? Que la falta se mantenga es una forma de habitar en el deseo, que es al mismo tiempo renunciar a la completud y aceptar el más allá del Otro, el punto en que el Otro del lenguaje se quedó sin palabras, mudo, permitiendo el silencio donde inventamos, como en un poema, nuestro íntimo decir. La función del analista es propiciar este <em>desde</em>. Lacan pronuncia una fórmula sobre la posición del analista en el Seminario 11 del año 64’: “<em>el arte de escuchar casi equivale al del bien decir”</em>: sólo al escuchar la palabra del analizante es posible un bien decir, el del inconsciente. De otro modo, sería el mismo analista el que inventase los dichos del sujeto –y por lo tanto su decir, su enunciación– cuando tendría que haber permanecido en silencio, en posición de no saber. Esto no implica un mutismo donde la interpretación quede abolida.</p>
<p>Amar el saber inconsciente es uno de los amores más difíciles de soportar, porque aparece en un instante en que nuestros sentidos tropiezan, en que no podemos reconocernos a nosotros mismos. Forzando los términos, la función del analista consistiría en abrir un desierto donde el sujeto busque el <em>ser</em> que lo conduzca a su propio poema, que aunque estéril para acceder a la completud de la existencia, lo acerque a ella y a todo lo que en ella brota, incluso a la muerte. ¿No decía Lacan, retornando a Freud, que todo deseo es deseo de muerte?</p>
<p>Las mismas leyes del inconsciente tienen su causa en el azar, como si ciertos fragmentos imprevisibles del lenguaje excedieran el determinismo con que se pretende reducir al sujeto. El inconsciente y el pensamiento poético, por más que hayan sido enmarcados en “teorías del conocimiento”, son una experiencia subjetiva que fundan un <em>porque sí</em> que no admite coherencia o utilidad, donde la moral de las demandas y deberes del Otro se transforman en una ética del deseo.</p>
<p>Necesitamos las preguntas, aunque desconozcamos sus respuestas. La pregunta nos abre ante la inmensidad del mundo y de nuestra orfandad más desnuda que no sabe de la muerte y la sexualidad. ¿Y no es el oficio del analista permitir el silencio donde se abra la pregunta en que se manifiestan los ecos más íntimos, la historia singular que el sujeto capturó del Otro y vivió? Tal vez la pregunta sea nuestra respuesta imposible, o quizás el acto del deseo contenga la pregunta y la exceda, como una culminación de la dialéctica.</p>
<p>Quizás debamos ser más poetas y menos científicos: no por un prejuicio caprichoso contra la ciencia, sino porque acercándonos al habitar poético se podrá perseguir un habla que no nos engañe tanto, no porque nos lleve al descubrimiento de una verdad universal, sino porque nos acerca a nuestra humilde verdad inconsciente. Esta verdad singular surge de las formaciones del inconsciente y de la palabra poética que se revelan en el instante, produciéndose la agudeza, un plus de sentido, una forma metafórica que revela belleza donde antes reinaba la monotonía del muro del lenguaje; es el momento en que el analista señala la imprecisión donde el <em>ser</em> acontece. Lacan lo formula así en <em>La dirección de la cura… </em>: “¿A qué silencio debe obligarse ahora el analista (…) para que la interpretación recobre el horizonte deshabitado del ser donde debe despegarse su virtud alusiva?” Justamente, la interpretación también es poética ya que alude el decir sin terminar de expresarlo.</p>
<p>Es condición de esta apertura de la belleza y de nuestro inconsciente que acontezca en un instante, tras el cual quedamos desnudos y nuevamente siervos del yo. Por suerte, nuestro inconsciente nos despierta en sueños y chistes de esta servidumbre. En este sentido, la dirección de la cura implica la soberanía del deseo y la responsabilidad ante éste, ante las agudezas y creaciones metafóricas que nos despierten de la servidumbre del yo, la represión y el olvido. Aunque se hayan perdido los lazos con el mundo, ¿qué otra posición digna nos queda que enfrentar esta pérdida, responsabilizarnos de nuestra inefable escisión, tanto en el lugar de analizantes como de analistas?</p>
<p>¿Cómo ser poetas, analistas poetas, en tierras en que el hastío, la náusea, la mezquindad del conocimiento chorrean en nuestras palabras, dichos y amor? Soportar el decir, aquello que no puede ser dicho, es resistir como sujeto singular, transformando el conocimiento en no saber, el bullicio en silencio y la escritura en poema.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Bibliografía consultada</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>- Beckett, Samuel: <em>Obra poética</em>, Madrid, Ed. Hiperion, 2003.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>- Celan, Paul: &#8211; “Discursos”. En <em>Obras completas</em>; Madrid, Ed. Trotta, 1999.</p>
<p><em>                          - De umbral en umbral</em>. Madrid, Ed. Hiperion, 2005.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>- Heidegger, Martín: &#8211; <em>Carta sobre el humanismo</em>, Bs. As., Editorial CEF, 1989.</p>
<p>- “El camino al habla”. <em>De camino al habla</em>. Editorial Serbal. Barcelona, 1987.</p>
<p>-“&gt;…poéticamente habita el hombre…&lt;”. En <em>Conferencias y artículos</em>. Ediciones del Serbal, Barcelona, 1991</p>
<p style="text-align: left;">                                        -“De la experiencia del pensar”. En <em>Desde la experiencia del pensar</em>. Madrid, Abada Editores, 2005.</p>
<p style="text-align: left;">- Lacan, Jaques: &#8211; “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en <em>Escritos 2. </em><em>Buenos Aires, Ed. </em>Siglo XXI, 2003.</p>
<p style="text-align: left;">                                &#8211; Clases 2 y 10 en <em>Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis</em>. Buenos Aires, Ed. Paidós, 2007.</p>
<p style="text-align: left;">                                &#8211; Clases 1y 2 en <em>Seminario V: Las formaciones del Inconsciente</em>.  Buenos Aires, Ed. Paidós, 2007.</p>
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