Lo que debe faltar en un escrito

Por Jorge Baños Orellana

En este texto se parte de una referencia personal para pensar la función de lo escrito. El autor traza una analogía en el método estético para lograr una buena fotografía con la posición del autor al realizar un texto. Lo que falta en la foto –la mirada de su autor- es lo que está expuesto de otra manera, el punto decisivo que convierte la fotografía en una obra de arte. En el escrito sucede lo mismo: si el autor reniega de su falta y no la da-a-ver (como lo formula Lacan en el Seminario 11 a propósito de la obra pictórica), las palabras arrojadas no tendrán la función del escrito ya que prescindirán de su causa. Sin embargo, exponer la falta no implica intencionalidad alguna, más bien, implica exponer sin saber las faltas del decir, aquellas escenas removidas de un relato o de un film. Se mantiene la abertura de lo esencial de la obra, que de pretender explicitarlo perdería su potencia como causa.
Baños Orellana también nos sugiere plantear un problema al interior de la comunidad analítica: diferenciar “entre escritos regidos por faltas productivas, cualesquiera sean, y escritos cuya única falta es la de la mezquindad del yo o de la educación”. Este punto puede orientar nuestros escritos en función de la ética del deseo y no del discurso universitario aliado de los artículos científicos que forcluyen la falta.


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Lo que debe faltar en un escrito

Por Jorge Baños Orellana

“Con sordas privaciones y magros vacíos,

me redujo y fui reengendrado con ausencias,

sombras, muerte, cosas que nada son”.

John Donne

Puede que haya dicho: “Todo el arte del encuadre fotográfico está en no confundir el visor con una ventana”. Pero es improbable que, para esa ocasión, él eligiera la brevedad de relámpago de un aforismo. Como mi padre era adepto a la elocuencia de razonamientos pormenorizados, supongo que, apenas desenvolví y colgué al cuello mi primera cámara reflex, se puso a hilar la argumentación que jamás olvidé y que, palabra más, palabra menos, decía lo siguiente: “Cada vez que miramos algo, quedamos prendidos a una parte del gran espectáculo de lo que entra por los ojos. Algo nos atrapa y el resto de lo que se ve permanece en brumas. Sólo eso que la atracción destaca merece permanecer dentro del encuadre. Hay que arreglárselas para prescindir de todo lo demás. Tus fotos serán verdaderas fotografías si registran exclusivamente tu mirada, no el campo ocular de lo que ves. Los aficionados domingueros reservan para lo que miran apenas el centro de la composición. Al hacer un retrato, por ejemplo, sitúan la cara del modelo en el pequeño círculo donde se cruzan las diagonales del visor, cediendo el resto de la superficie a montones de cielo, de árboles o de muebles. Gran derroche, gran error. Confunden el visor con una ventana. Entonces, al recibir las copias, el aficionado se sorprende por la discordancia de lo que esperaba reencontrar y lo que aparece efectivamente; porque eso que, mientras sostenía la cámara, figuraba bajo la bruma impuesta por su indiferencia, resucita en la copia con una nitidez no menos privilegiada que la del resto. Es que el rollo no es alguien sino algo que hace un registro maquinal, impávido: no mira, solamente ve. El arte de corregir el encuadre es el de disponer ausencias y cada fotógrafo es la perseverancia de un modo de quitar. El público estimará, después, si vale o no lo que dejaron permanecer, pero ese es otro tema”.
Atesoré la recomendación presintiéndola como muestra de que, con doce años recién cumplidos, uno accedía a otro modo de ser considerado por los adultos. Ellos me librarían de ser un paria simbólico en un mundo evidentemente hecho de artificios (había admitido, para mis adentros, que sin su ayuda jamás habría adivinado el truco de encuadrar la falta). Pero, es sabido, los educadores rara vez permiten revisar el fondo de la galera del mago. Con el paso del tiempo ni aprendí tanto como esperaba ni me convertí en fotógrafo; sin embargo, al borronear las primeras páginas como psicoanalista, la lejana lección del encuadre vino a extenderse, sin pedir permiso, a los territorios de la lectura y la escritura.
Algo anuda la fábrica de las imágenes, de los textos y de los conceptos; porque cuando se escribe eludiendo la falta, a los escritos les acontece lo mismo que a las fotos del aficionado. También el visor de la máquina de escribir reclama ser despojado de nubes, ramas y decoración de interiores. Siguiendo la distinción de Leonardo rescatada por Freud, escribir resulta menos una tarea per via di porre que per via di levare: menos un acto de agregar lo que nos dictan las musas de la teoría y la clínica, que uno de quitar lo que nos impone la dictadura del sentido común y lo que se nos pega de los abrojos institucionales (dígame a qué escuela pertenece y le diré qué frases hechas se le adherirán este año).
Por eso, cuando entrevemos que falta esa falta en un escrito analítico –y habitualmente son suficientes los tres primeros párrafos para detectarla– es señal para no seguir leyendo ni insistir con otros escritos de la misma firma. (Si esta fórmula le parece despiadada, considere antes de eliminarla la magnitud del daño hecho a la circulación del psicoanálisis por artículos y libros cometidos con el único desvelo de figurar). Además, la atención prestada a lo que debe faltar en los escritos tiene, en contrapartida, un corolario ventajoso: el de descubrir que el designio de un escrito o de un autor meritorios se vuelven mucho más legibles si desentrañamos la lógica y la poética de su encuadre, si tomamos nota de lo que deja de decir y no sólo de lo que dice.
Se trata de anotar cuáles son los casilleros de la gran grilla de la cosa analítica que un escrito dejó en blanco, renunciando a la tentación de imputar esos casilleros mudos a la ignorancia del autor. Debemos dar crédito al supuesto de que son omisiones deliberadas e incluso sacrificadas de una escritura (¡Cómo me gustaría agregar tal cosa, pero aquí no va!); de que son el dibujo de la sombra de una falta propiciatoria. Quien escribe sujeto al juego heurístico de alguna restricción no lo hace por desconocer o necesariamente despreciar lo que deja a un lado. (¿Usted juzga automáticamente como daltónico o enemigo de los colores a un fotógrafo partidario del blanco y negro? No, ni aún en el caso de escucharlo elogiar las imágenes monocromáticas a expensas de las demás, porque usted sabe que todo manifiesto artístico ha de ser algo obcecado). A propósito, los manifiestos son un atajo invalorable en el empeño de descubrir lo que un escrito deja fuera de cuadro: la mayoría de los verdaderos escritos tienen la delicadeza de incluir, más temprano que tarde, la declaración de su falta. Pero basta de remembranzas, abstracciones y tips, concentrémonos en un ejemplo concreto.
El sujeto según Lacan me parece el caso más pertinente. Tiene las siguientes ventajas: (1) se trata de un libro breve y recién distribuido (si usted quiere, podrá convalidar o recusar sin mayor demora lo que diré a continuación); (2) esta firmado por Guy Le Gaufey, cuyos escritos merecen desde hace tiempo un respeto casi unánime de la comunidad lacaniana, aunque, al mismo tiempo, (3) suele ser etiquetado como un autor daltónico a la clínica analítica, aunque quienes así lo sostienen reconocen que Le Gaufey tiene más horas de analista en ejercicio que la mayoría de ellos y una ganada fama de buen practicante; por último, (4) mientras escribía este artículo, él vino a Buenos Aires a presentar El sujeto según Lacan en un seminario que llamó Lacan per via di levare… Por lo que vengo sosteniendo, a todo escrito interesante sobre Lacan le correspondería la marca genérica de Lacan per via di levare, lo que los diferencia es cómo consiguieron merecerla; luego, si Le Gaufey autodenominaba de esa forma la tarea del nuevo libro, su seminario era la oportunidad servida en bandeja para anotar lo que un escrito analítico no dice, solicitar al autor que lo corrobore y preguntarle por qué apostó a esa y no a otra parcialidad del encuadre.
En la página 9 encontré el manifiesto del libro. Viene antecedido por el argumento (el propósito es destilar lo esencial de la expresión canónica “El significante representa al sujeto para otro significante”) y por la indicación de situar las apariciones y variantes de dicha fórmula en el curso de escritos y seminarios de Lacan. Pero, renglón seguido, se levanta una dura objeción: “Esta búsqueda textual no constituye sin embargo, más que un primer despeje. Quedar inmovilizados únicamente en el lugar del hallazgo, y no inspeccionarlo más que en sus meandros internos, es correr el riesgo de quedar en breve plazo destinado al culto del héroe”. Entonces, nada de desempolvar borradores, de un plumazo Le Gaufey tacha (primera exclusión) la vía crucis de la genética textual. ¿La tilda de culto del héroe o del Autor para situar, en la cima, el Parnaso colectivo de los contemporáneos de Lacan? Tampoco. Se deshace, también, (segunda exclusión) del cuento de la producción coral: “No hay ninguna necesidad aquí de suponer que [Lacan] leyó a todos los autores que intervinieron en el campo que opera, o de imaginar no sé qué ósmosis que lo habría alcanzado a través de membranas culturales más o menos porosas”. Así, las dos puertas del contexto de descubrimiento quedan fuera del cuadro.
Buscando ratificarlo, intervengo en el seminario con el siguiente comentario: “Para El sujeto según Lacan no hay contemporáneos. Supongo que fue por eso que cuando se detiene en la decisiva mención que Lacan hace de Maine de Biran [1766-1824], usted resume las ideas de Biran apelando a un libro de 1944 de Raymond Vancourt (personaje ausente en el friso biográfico de Roudinesco), y se desentiende del seminario de 1947-48 de Merleau-Ponty en la École Normale Supérieure [La unión del alma y el cuerpo en Malebranche, Biran y Bergson], que incluye una sesión entera dedicada a las ideas de Biran acerca del esfuerzo del sujeto, precisamente lo subrayado por Lacan. Sobran pruebas de que Lacan mantuvo intercambios estrechos con Merleau-Ponty, etc…”
Primero vino el chiste (“¡Es que no lo tengo en mi biblioteca!”), luego el reconocimiento de que prefirió evitar el embrollo del contexto de descubrimiento. ¿Para qué? Esto lo responde la página 9, es para concentrarse en el contexto de justificación: “La biblioteca del lector, su escritorio, donde los seminarios [de Lacan] se codean con textos muy distintos, he aquí el campo operatorio sobre el que ese hallazgo [la fórmula] encuentra –o no– su racionalidad”.

 

Es decir, Le Gaufey apuesta a que no será en ningún libro de la biblioteca de Lacan (¡fuera la novela del descubrimiento!), sino en alguno de la biblioteca del lector donde se hallará el plan de las razones de “El significante representa al sujeto para otro significante”. Y lo demuestra… Concretamente, la tesis de El sujeto según Lacan sostiene que focalizándonos en ciertos aspectos del averroísmo del siglo XII, destacados por un libro de Alain de Libera publicado el 2002 (treinta y un años después de la muerte de Lacan), se hace posible elucidar la racionalidad del núcleo duro de la cortejada fórmula.
El proceder no era inédito, en su reciente presentación de la autobiografía de Collingwood admite: “No razoné diferente [en 1997], cuando, queriendo comentar el estadio del espejo tal como Lacan lo inventara y sostuviera a lo largo de su enseñanza, procuré circunscribir un valor para la imagen humana que no fuera el de una ‘representación’ (…) Para lograrlo, convenía remontarse hasta el siglo XVII, en que apareció y expeditamente triunfó el concepto de representación en arte, filosofía, política. Pero el azar de las publicaciones arrojó a mi escritorio una traducción [de 1989] del Discurso contra los iconoclastas [del siglo IX] de Nicéforo (…) mostrando una concepción coherente y ajena a la noción moderna de la imagen asaltada por la representación”. Aún así, El sujeto según Lacan trae de nuevo la claridad de nominar e inscribir, a la vera de Foucault, Collingwood, Agamben y otros, su encuadre; consistente en destacar afinidades inadvertidas, amistades silenciosas entre hombres y mujeres que, sin saberlo y cada tantos siglos, se rompen la cabeza en torno a un dilema lógico común que se hunde y resurge según una arqueología de parsimonia mineral y remociones volcánicas, nunca en el barullo de parentela y de la corta duración de la transmisión genealógica.
¿Y los casos clínicos? Están debidamente omitidos por pertenecer al caserío de los contemporáneos. En el seminario algunos preguntaron por qué el libro desatendía el hecho de que, antes de lanzar la fórmula, Lacan había analizado minuciosamente el “caso” Hamlet. La respuesta estaba prevista en página 14: “Allouch se ocupó suficientemente de eso…”. Otros soslayamos añadir que Lacan también habría llevado antes agua a ese molino comentando largamente el caso de la tosesita de Ella Sharpe; decirlo y que se escuchara como un reproche era un desatino. Lo único atinado sería ponerse a escribir acerca del sujeto según Lacan también desde esta otra perspectiva, confiando que, a su turno, los lectores collingwoodianos no recriminarán las omisiones nuestras. Que la navaja de la gran biblioteca analítica no practique su incisión entre escritos genealógicos y escritos arqueológicos (como los de Le Gaufey), sino entre escritos regidos por faltas productivas, cualesquiera sean, y escritos cuya única falta es la de la mezquindad del yo o de la educación.

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