Breviario de los vencidos (Selección)

Por Emile Cioran

 “Todas  las  edades  huyen  y permanecen entre el ser y el no-ser, vestigio vibrante en el nihilismo místico de las insolaciones”.
Texto clave del pensador rumano acerca de sus experiencias místicas y la impotencia de éstas. Última obra escrita en rumano, antes de hacer del francés su idioma predilecto: es quizás por este motivo que dicha obra tiene un matiz de nostalgia y verdades destruidas que provocan como consecuencia un ácido cinismo al mismo tiempo que la ternura por la ausencia.


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Emile Cioran – Breviario de los vencidos (Selección)

3

A  mis  semejantes  ya  los  conozco.  A  menudo  he  leído  en  sus  ojos ausentes y vacíos el sinsentido de mi destino o he reposado de mis rebeldías durante las  pausas  de  sus  miradas.  Pero  su  angustia  no  me  es  ajena.  Ellos quieren,  quieren,  incesantemente.  Y  cómo  no  había  nada  que  querer,  mis  pies pisaban  sus  huellas  como  si  fueran  espinas,  mi  sendero  serpenteaba  por  el lodo de sus anhelos y blanqueaba con una inútil aureola su búsqueda vana.

Ellos no saben que el paraíso y el infierno son floraciones de un instante, del instante mismo, que no hay nada más allá de la fuerza de un éxtasis inútil. En su camino de mortales, no he encontrado la parada eterna sobre la bóveda de los instantes.

Veo  un  árbol,  una  sonrisa,  un  orto,  un  recuerdo.  ¿Acaso  no  existo  yo ilimitadamente en cada uno de ellos? ¿Qué otra cosa puedo esperar además de esa visión definitiva, esa incurable visión del relámpago temporal?

Los hombres sufren de futuro, irrumpen en la vida, huyen en el tiempo, buscan.   Y   nada   me   hiere   más   que   sus   ojos   anhelantes,   vanos   pero desprovistos de vanidad.

Yo sé que todo es final, que solamente existe un instante, cada instante, que el árbol de la vida es un estallido de eternidad, reversible en los actos del ser.

Y, así, ya no quiero nada. A menudo, cuando me encuentro en las noches que erigen los fondos del mundo,  ¿cómo saber si soy o no soy? Y, entonces, ¿se puede ser o se puede no ser? O bien, atrapado en las vagas ondulaciones de  la  música,  perdido  en  medio  de  ellas,  purificado  de  los  azares  de  la respiración, ¿cómo me parecería a mis semejantes?

No  tener  sino  una  meta:  ser  más  inútil  que  la  música.  En  ella  no encuentra  uno  ni  el  es  ni  el  no  es.  ¿Dónde  te  encuentras  como  tumultuosa víctima de su hechizo? ¿No es acaso ella un ninguna-parte sonoro?

Los  hombres  no  saben  ser  inútiles.  Ellos  tienen  caminos  que  seguir, puntos que alcanzar, necesidades que realizar. ¡No saborean la imperfección, cuando el “sentido” de la vida es el éxtasis de esa imperfección! Pero, ¿cómo revelarles la simplicidad de este misterio, cómo seducirlos con el resplandor de un misterio y embriagarlos con tan sencilla fascinación? Qué noches y qué días acuden a mi mente…

Silencio  nocturno  en  los  jardines  del  sur…¿Sobre  quién  se  inclinan  las palmeras?  Sus  ramas  parecen  ideas  fatigadas.  En  otro  tiempo,  cuando  en  la sangre llevaba más alcohol y más España, mi furia las habría hecho volverse hacia el cielo, mi pasión habría enderezado su cansancio terrenal y los latidos de  mi  corazón  las  habrían  empujado  hasta  la  proximidad  de  las  estrellas. Ahora soy feliz de que ramas pensantes me separen de los astros, de saborear al amparo de su brisa una dulce soledad, de anonadarme en el esplendor de una tierra divinizada por la noche.

Si viviésemos en jardines, no habría sido posible la religión. Su ausencia nos ha empujado a anhelar el paraíso. El espacio sin flores ni árboles impele a los ojos a mirar al cielo y recuerda a los mortales que su primer antepasado hizo un breve alto en la eternidad y descansó fugazmente a la sombra de los árboles. La historia es la negación del jardín.

Debo mis esperanzas a las noches. Sobre las alas de la oscuridad, fuera del espacio, solo entre la materia y el sueño, elevo los aromas de la decepción a fragancias de felicidad. Nada me parece imposible en la noche, ese posible sin tiempo.  Todo  es  más  que  posible,  pero  el  futuro  no  está.  Las  ideas  devienen pájaros de pensamiento y ¿adónde vuelan? A una trémula eternidad, como un éter roído por las reflexiones.

…  Así  he  llegado  a  contemplar  el  sol  con  un  extraño  interés.  ¿Qué malentendido llevó a los hombres a robarle sus turbulencias y a transformarlas en algo provechoso? ¿Qué falta de poesía hizo a un astro puro degradarse  en monstruo utilitario? ¿No nos hemos acercado todos demasiado humanamente a  sus  rayos  luminosos  y,  creyéndolos  fuente  de  lo  real,  le  concedimos demasiada realidad? ¿Por qué habremos proyectado la finalidad hasta el mismo cielo?

Yo no sé hasta dónde es el sol. Pero sí sé muy bien hasta qué punto yo ya no soy bajo el sol. Quien a orillas del mar, durante horas seguidas, con los ojos entornados,  paralelamente  al  tiempo,  durante  la  horizontal  del  sueño  y  tan fugaz  como  la  espuma  sobre  la  arena  dorada,  no  ha  sentido  la  mezcla  de felicidad y de nada de ese derroche de resplandor, ése no conoce ninguno de los peligros que la belleza ha traído al mundo.

Yo creía ser joven bajo el sol y me encontré sin edad. Y si a media noche tenía  años,  ya  no  los  tenía  en  el  meridión.  Todas  las  edades  huyen  y permanecen entre el ser y el no-ser, vestigio vibrante en el nihilismo místico de las insolaciones.

 

 

 

6

Piedad estética: tener un respeto religioso a las apariencias, hollar la tierra sin  la  nostalgia  del  cielo,  creer  que  todo  puede  ser  una  flor  y  no  solamente absoluto. Si nunca lamentaste el carecer de alas para no profanar la naturaleza con tus crueles pasos humanos, entonces nunca has amado esa tierra. Cuantas veces la descubría, otras tantas la sentía en el corazón y no bajo las plantas de mis  pies;  durante  los  momentos  de  desarraigo  miraba  a  los astros  y  los  veía transformarse en cera y derretirse en una sangre que entonces olvidaba al cielo. Puedes mirar a lo alto todo lo que quieras: no conocerás el estremecimiento de los raros encuentros con esa tierra que menosprecias al caminar. Pero, cara a cara con ella, a solas con su tránsito, ¡qué suspiros de fraternal desconsuelo, de  íntima  amargura  te  llevan  a  unirte  con  ella  en  un  conmovedor  abrazo! ¡Bastante han sufrido mis ojos con vosotros, ángeles, santos y bóvedas!

Ahora quiero aprender a respetar a la gleba. ¿Podré mirar hacia abajo con la misma pasión que levantaba mis párpados en estremecimientos verticales? ¿Qué   vicio   y   qué   tormentos   viciosos   han   empujado   al   ojo   hacia   lo sobrenatural?  La  religión  lo  aparta  de  su  destino  natural:  ver.  Tras  el cristianismo, los ojos dejaron de ver.

El mismo hombre que va de puntillas por las losas de la iglesia, escupe en los jardines, si bien, solamente bajo los ramajes, la alegría de los pensamientos mezclados con los sentidos tendría que erigir un templo y urdir una mitología de la sensación.

¿Qué voy a hacer con el cielo, que ignora lo que significa marchitarse, o lo que es el sufrimiento y el éxtasis de la floración? Quiero estar con las cosas destinadas  a  ser  y  morir  con  ellas,  que  de  igual  forma  están  destinadas  a  la muerte. ¿Por qué os he hablado de extinción a vosotros, astros eternos?

He estado buscando demasiado tiempo a la nada en otra parte. Pero retorno a los  mundos  donde  soplan  las  penalidades.  Por  ellos  deambularé  como  un ermitaño sediento de pecado.

 

 

 

9

Sé que, por algún rincón de mí, hay un diablo que no puede morir. No me  hace  falta  un  oído  aguzado  para  las  torturas  refinadas  ni  tampoco  el sentido del gusto para el vinagre de la sangre, sino solamente el silencio sordo que presagia un quejido prolongado. Entonces reconozco el peligro. Y si me vuelvo hacia el Mal despótico y envilecedor, suber por los aires, al cerebro, a las paredes, divinidad súbita, severa y destructora.

Estás  inmóvil  y  esperas.  Te  estás  esperando.  Pero,  ¿qué  vas  a  hacer contigo? ¿Qué te vas a decir, rodeado como estás de tanto no-decir?

¿Qué pasa a través del silencio? ¿Quién pasa? Es tu mal que está pasando a través de ti, fuera de ti, es una omnipresencia de tu misterio negativo.

¿Piensas en lo que quieres ser? Tus pesares no tienen futuro. Ni ningún futuro es tuyo. En el tiempo ya no tienes cabida; en el tiempo yace el horror.

Y entonces te vas. Al marcharte te olvidas. Y en tu caminar eres otro y siendo, ya no eres.

 

 

 

10

Dos  atributos  tiene  el  hombre:  la  soledad  y  el  orgullo.  Él  vive  sobre  la tierra para sacarlos a la luz. Pero entonces aparece la religión: un sistema de remedios que  socavan  la  existencia.  ¿Por  qué  la  habrán  inventado?  ¿Qué necesidad es la que ha segregado tanto veneno?

Miro  al  sol  y  me  pregunto:  ¿para  qué,  no obstante,  la  religión?  Vuelvo  la cabeza hacia la tierra, en cuyas calamidades me revuelco y de las que soy su cómplice, y no entiendo por qué tendría que huir de ella.

Siempre que he salido disparado al cielo, la amargura sublunar me sonreía y  descendía  hacia  la  tierra  sediento  de  pasiones.  Cuando  ella  rebose  ideales, entonces  ya  no  habrá  lugar  alguno  para  la  soberbia  ni  para  la  tristeza  y  la abandonaré. Pero mientras siga siendo liza para tormentos inspirados, ¿qué se me ha perdido en otra parte?

La religión trata de curarnos de los males que ponen precio a la vida. La soledad y el orgullo son males positivos. La ausencia mediante la cual uno se vuelve algo más.

Nunca  ha  estado  seguro  en  las  perfumadas  incertidumbres  de  la  tierra, salvo en los éxtasis incrédulos. Mi corazón se derramaba a lo largo y ancho del mundo,  sin  esperar  respuesta  alguna.  Temblor  de  oración  al  que  le  basta  su propia fuerza.

Demasiado  hemos  tendido  las  manos  suplicantes  a  un  cielo  ausente: ¿cuándo   se   volverán   hacia   la   agridulce   infinitud   del   tiempo?   Éxtasis introspectivo de la arcilla, tierra contagiada de narcisismo…

El  hombre  no  ha  inventado  un  error  más  precioso  ni  una  ilusión  más sustancial que el yo. Respira y se imagina que es único; el corazón le late porque es él.  ¿Cómo  se  mantendría  derecho  en  el  panteísmo?  ¿Y  cómo  sería  con  un dios  por  encima  de  él?  Sea  cual  fuere  la  religión,  no  puede  fructificar  en  la naturaleza.

He querido liberarme. Y todas las creencias de los mortales me exigieron que  abjurara  de  mí.  Desde  los  Vedas,  pasando  por  Buda  y  Cristo,  no  he descubierto más que enemigos de mi necesidad. Me ofrecieron la salvación en mi ausencia; todos me exigieron que me privara de mi mismo. Ser yo ellos, o su Dios, ser anónimo en la nada, cuando mi orgullo reclama mi nombre incluso en la nada.

Y  no  sólo  eso.  También  me  exigían  vencer  el  dolor.  Pero  sin  él,  la naturaleza resulta insípida, es la sal de la vida; lo que ésta tiene de insoportable es la sangre de la existencia.

Amar, tener compasión, esperar, realizarse.  Una escala de la monotonía, para quién no quiere ser un animal bajo el cielo ni un pordiosero en el estéril horizonte de un cualquiera absoluto.

¿Liquidar mi sufrimiento en otros? ¡Descubrir siempre semejantes y más semejantes!  ¿Ser  feliz  estercolando  sus  majaderías,  cultivando  sus  bajezas  y matando mi entusiasmo por el desprecio?

El yo es una obra de arte que se nutre del sufrimiento que la religión tiene como misión calmar. Pero la nobleza del hombre es única: esteta de su propia individualidad.  Establecerá,  mediante  el  dolor,  la  belleza  de  su  limitación  y creará su sustancia consumiéndose. El hombre es arte porque es altanero y está solo. Se sirve mejor de la tierra que del cielo como pretexto para embellecer y labrar su existencia.

Las  religiones  son  insensibles  al  encanto  de  la  nada  inmanente,  a  la apariencia  como  tal.  El  hechizo  de  la  inutilidad  y  el  extravío  dentro  de  uno mismo les son ajenos. También la tierra les es ajena. Por ese motivo quieren liberarnos del yo, de la más extraña florescencia que hay bajo el sol.

Si  la  existencia  individual  es  de  una  atracción  tan  brutal  se  debe  a  que nació de un desequilibrio, de una desigualdad del fondo original de la vida. Las religiones  quieren  nivelar  la  diversidad;  suprimir  la  individuación.  El  sentido de la liberación es la desaparición del pronombre.

No soporto otro absoluto salvo mi accidente. Dado que soy, la ilusión de mi existencia me parece mi sentido supremo. No voy a enmendar nada de este acontecimiento.

Todos  nosotros  somos  convalecientes  de  nacimiento  de  nuestra  propia individuación.  Se  es  hombre  porque  no  nos  curamos  de  ella,  permanecemos irremediablemente en nosotros mismos.

¿Fundirte en la naturaleza, en la humanidad, en Dios? Pero si antes de que pueda actuar tu voluntad te has ahogado ya en ti mismo.

Soñaba  que  había  muerto,  buscaba  mis  huesos  por  los  astros  y  me encontré a los pies del Yo plañendo mi identidad.

La sombra, comparada con el sueño, presta a la existencia un exceso de inconcreción. Después de haber inventado mundos y haberlos perdido por los espacios, de pronto se da uno cuenta de que anhela algo que fuera (el Yo) una sombra de ser en medio de una ausencia general de existencia.

Las religiones me enseñaron la senda de la felicidad, a costa mía. Pero la ilusión  de  estar  aquí  es  más  estimulante  que  la  serenidad  de  no  estar  en ninguna parte, de estar en los cielos.

… Y entonces volví a la tierra y renuncié a la liberación.

 

 

 

17

He  leído  la  escritura  del  hombre.  He  peregrinado  por  sus  páginas,  he ojeado sus ideas. Sé hasta dónde han llegado los pueblos y cuán lejos les llevó la tentación del espíritu. Algunos padecieron por inventar fórmulas, otros por engendrar  yerros  o  por  coagular  el  tedio  en  la  fe.  Todos  dilapidaron  sus riquezas por miedo al espectro del vacío. Y cuando ya no creyeron en nada, y como  la  vitalidad  no  podía  sostener  el  aleteo  de  los  engaños  fecundos,  se entregaron a las delicias del ocaso, a la languidez del espíritu agotado.

Lo que ellos me enseñaron, esa curiosidad devoradora que me llevaba por los meandros del devenir, es como un charco de aguas muertas en donde se refleja  la  carroña  del  pensamiento.  A  las  furias  de  la  ignorancia  debo  todo cuanto sé. Cuando todo lo que he aprendido desaparece, entonces, desnudo, con el mundo desnudo frente a mí, empiezo a entenderlo todo.

Fui  compañero  de  los  escépticos  de  Atenas,  de  los  descerebrados  de Roma, de los santos de España, de los pensadores nórdicos y de los brumosos ardores  de  los  poetas  británicos,  libertino  de  las  pasiones  inútiles,  adorador vicioso y abandonado de todas las inspiraciones. …Y al final de todo, he vuelto a encontrarme conmigo mismo. Reanudé el camino sin ellos, explorador de mi propia ignorancia. El que da un rodeo a la historia  se  desmorona  violentamente  en  sí  mismo.  Cuando  el  esfuerzo  del pensamiento llega a su límite, el hombre se queda más solo que al principio, sonriendo inocentemente a la virtualidad.

No son las hazañas temporales del hombre las que te pondrán sobre las huellas de tu realización. Afronta el instante con valor, sé implacable con tu fatiga, no son los hombres quienes te revelarán los arcanos que yacen en tu ignorancia. Es el mundo el que se esconde en ella. Basta con que escuches en silencio y lo oirás todo. No existen ni verdad ni error, ni objeto ni figuración. Presta oídos al mundo que yace en algún rincón de ti mismo y que no precisa mostrarse  para  ser.  Todo  existe  en  ti,  incluso  espacio  de  sobra  para  los continentes del espíritu.

Nada  nos  precede,  nada  coexiste,  nada  nos  sigue.  El  aislamiento  de  la criatura es el aislamiento del todo. El ser es un jamás absoluto.

¿Quién  puede  estar  tan  falto  de  orgullo  hasta  el  punto  de  tolerar  que exista algo fuera de sí mismo? Antes que tú, resonaron cánticos; después de ti, continuará la poesía de las noches, ¿de dónde sacarás la fuerza para soportarlo?

Si,  en  el  desastre  del  tiempo,  en  el  milagro  de  una  presencia  no  soy contemporáneo de la creación y la destrucción de la naturaleza, lo que he sido y lo que soy ni tan siquiera se aproximan al estremecimiento que provoca un leve asombro.

Fuente: Emile Cioran – Breviario de los vencidos, Tvsqvets, Barcelona, 2010

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